Habían pasado tres días, pero mi mente seguía atrapada en aquella casona de campo.
Intentaba concentrarme en la rutina de mi pequeña pastelería, en el olor reconfortante de la mantequilla derritiéndose y en el sonido rítmico de la batidora, pero era inútil. Cada vez que cerraba los ojos, el rugido de los motores y el bullicio del salón desaparecían, reemplazados por una voz pausada que me decía que mis flores de azúcar tenían alma.
Me miraba las manos mientras amasaba, sintiendo todavía el fantasma de un pulgar cálido acariciando mi piel. Era ridículo. Yo, la chica que analizaba cada emoción como si fuera un enemigo a batir, la que medía sus pasos para no molestar a nadie, estaba comportándose como la protagonista de una novela rosa. Me sentía cursi, expuesta, y extrañamente viva. Una corriente de electricidad parecía recorrer mis venas cada vez que recordaba el sutil aroma a madera y lluvia que emanaba de él.
El tintineo de la campana sobre la puerta de entrada me sobresaltó.
Me limpié las manos apresuradamente en el delantal y salí de la cocina trasera con una sonrisa profesional ensayada. Pero la sonrisa se congeló en mis labios y mi corazón dio un vuelco violento contra mis costillas, perdiendo el ritmo por completo.
Ahí estaba él.
Abraham ya no llevaba la camisa de franela desgastada ni el cinturón de herramientas, pero mantenía esa misma presencia imponente y tranquila que me había desarmado tres días atrás. Vestía una camiseta oscura que enmarcaba sus hombros fuertes y unos vaqueros limpios. Al verme, sus ojos marrones se encendieron con un brillo cálido, y esa sonrisa ladeada que arrugaba tiernamente sus ojos volvió a aparecer, robándome el aire de los pulmones en un segundo.
—Hola, Lía —dijo, y escuchar mi nombre en su voz baja se sintió como una caricia directa al alma.
—Abraham... —atiné a decir, sintiendo que mis mejillas se teñían de un rosa encendido—. ¿Qué... qué haces por aquí? No me digas que hay otra boda en crisis.
Él soltó una risa suave, un sonido profundo que pareció llenar todo el local, haciendo que las mariposas que creía haber domado en mi estómago se desbocaran otra vez. Se acercó al mostrador de madera, acortando la distancia entre nosotros, y apoyó los brazos con parsimonia. Su cercanía física era magnética; podía oler de nuevo ese perfume tan suyo, limpio y masculino, mezclado con el dulce aroma de mis pasteles. El mundo exterior volvió a desvanecerse en un parpadeo.
—Para nada —confesó, fijando su mirada honesta y profunda en la mía, sin pestañear—. La verdad es que llevo tres días intentando quitarme de la cabeza el sabor de unas rosas de azúcar... y a la artesana que las creó. Así que me inventé la excusa de que necesitaba urgentemente algo dulce para el café. Pero la verdad es que solo quería verte.
Mi mente, acostumbrada a levantar muros ante cualquier muestra de afecto, intentó buscar una señal de alarma, pero la pureza en sus ojos la silenció. Sus palabras eran de una cursilería directa, sin filtros, pero salían de su boca con una verdad tan transparente que me estremeció el pecho. Nadie se había tomado el tiempo de buscarme solo por mí. Nadie había cruzado la ciudad solo para ver a la chica detrás de la harina.
—¿Ah, sí? —susurré, apoyando mis manos en el mostrador para ocultar el leve temblor de mis dedos—. ¿Y encontraste la tienda fácilmente?
—Tu talento deja rastro, Lía —respondió él, bajando un poco la voz, volviéndola un secreto íntimo entre los dos. Estiró una de sus manos, esa mano grande y fuerte de carpintero, y con una delicadeza abrumadora, rozó el dorso de mis dedos sobre la madera—. Te busqué porque en ese salón lleno de gente artificial, tú fuiste lo único real. Y no podía quedarme con las ganas de saber si tu sonrisa era tan dulce como los pasteles que haces.
Un escalofrío delicioso me recorrió la columna ante su tacto. El contacto de su piel cálida contra la mía volvió a encender esa chispita dorada que él había plantado en mi pecho. Me quedé mirándolo, perdida en la inmensidad de sus ojos marrones, sintiendo que por primera vez en mis veintitrés años, alguien me miraba de verdad. No a la niña asustada, no a la repostera perfecta... sino a mí.
—Bueno... —logré articular, con el corazón latiéndome en la garganta y una sonrisa genuina dibujándose en mi rostro—. Entonces creo que tengo el pastel perfecto para ti. Pero tendrás que tomártelo conmigo.
Abraham ensanchó su sonrisa, y en ese silencio compartido, en el pequeño espacio de mi tienda, entendí que el pasado seguía ahí, pero que tal vez el futuro ya no me quedaba tan grande.