Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

Capítulo 4: Las marcas en las manos y los hilos del presente

El café humeaba entre los dos, dejando que el aroma tostado se mezclara con el dulzor residual de la cocina. Nos habíamos sentado en la única mesa pequeña junto al ventanal de la tienda, esa que solía reservar para los clientes que querían probar muestras antes de encargar un evento. Tener a Abraham sentado allí, ocupando el espacio con su cuerpo grande y su energía tranquila, hacía que mi pastelería se sintiera completamente distinta. Más cálida. Menos solitaria.

​Él dio un sorbo a su taza y luego saboreó el trozo de tarta de arándanos que le había servido. Cerró los ojos un segundo, disfrutando el sabor, y cuando los abrió, me miró con una intensidad que me hizo removerme en la silla.

​—Te lo dije en la boda y te lo repito ahora: esto es pura magia, Lía —dijo, dejando la taza sobre el plato con cuidado—. Tienes un don increíble.

​—Es solo práctica —respondí, bajando la mirada hacia mis propias manos, entrelazadas sobre el regazo—. Luyo horas midiendo ingredientes, aprendiendo a controlar la temperatura, el tiempo... En la cocina, si sigues las reglas y mides cada gramo, nada se rompe. Es mi mundo, el lugar donde sé exactamente qué va a pasar después.

​Abraham se inclinó un poco hacia delante, apoyando los codos en la mesa. Su mirada bajó hacia mi mano y, con una delicadeza extrema que me congeló el pulso, la tomó y la giró suavemente hacia arriba, dejando mi palma al descubierto. Sus dedos, grandes y un poco ásperos, rozaron la piel de mi muñeca.

​—¿Y estas? —preguntó con voz suave, señalando con su pulgar una pequeña marca blanquecina cerca de mi dedo índice—. Parecen marcas de batalla.

​—Quemaduras leves —confesé, sintiendo que el corazón me daba un vuelco por la electricidad de su contacto—. De las bandejas del horno. A veces, por la prisa de entregar un pedido a tiempo, olvidas el guante. Son los gajes del oficio cuando lo das todo por tu negocio.

​Él sonrió de lado, pero sus ojos reflejaban una ternura que me encogió el pecho. Con mucha suavidad, pasó la yema de su dedo sobre la pequeña cicatriz, como si con ese simple roce pudiera borrar cualquier cansancio.

​—A mí me parecen medallas —susurró, mirándome fijamente a los ojos—. Dicen que no le tienes miedo al trabajo duro y que le pones el alma a lo que creas. Mis manos también están llenas de historias de mi día a día. Mira.

​Extendió su otra palma. Estaba cruzada por líneas profundas y la piel endurecida por el roce constante con las herramientas de la carpintería.

​—Cada marca en mis manos es un mueble terminado, una estructura que logré poner en pie, un día de esfuerzo —contó, mirando su propia mano con orgullo antes de volver a conectar sus ojos marrones con los míos—. Me gusta saber que puedo construir cosas reales. Cosas que sostienen a los demás. Como tú con tus pasteles. Siento que, a nuestra manera, ambos creamos algo hermoso de la nada.

​Sus palabras cayeron en mi mente con una calidez abrumadora. Era tan fácil hablar con él; no había dobles intenciones, no había pretensiones. Era un hombre honesto, un trabajador que entendía el valor de la dedicación actual porque lo llevaba tatuado en la piel.

​—Es una bonita forma de verlo —dije en un susurro, dándome cuenta de que no había retirado mi mano de la suya. Sus dedos seguían sosteniendo los míos con una firmeza protectora que me hacía sentir extrañamente segura—. A veces, con el ritmo del día a día, las entregas y la presión de sacar el negocio adelante yo sola, me cuesta detenerme a ver el lado bonito. Solo veo el cansancio.

​Abraham apretó mis dedos con suavidad, un gesto sutil que se sintió como un cable a tierra.

​—Bueno, para eso estoy aquí hoy —dijo, mirándome con una cursilería tan pura y directa que me derritió por dentro—. Para recordártelo. No tienes que llevar todo el peso tú sola, Lía. Estás construyendo algo increíble en pleno 2026 con esta pastelería. Eres fuerte, pero también está bien parar un segundo a tomar un café. Si la presión del trabajo se vuelve muy pesada, avísame. Yo tengo buenas herramientas en mi camioneta... y soy experto en asegurar estructuras que amenazan con tambalearse.

​Una sonrisa genuina, libre de tensiones, se dibujó en mi rostro. Le sostuve la mirada, disfrutando de la calidez de sus manos atrapando las mías, mientras el sol de la tarde entraba por el ventanal, iluminando el polvo de azúcar que flotaba en el aire entre los dos. Por primera vez en mucho tiempo, el presente se sentía absolutamente perfecto.




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