Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

Capítulo 5: El sabor de la complicidad

​Hay una línea muy delgada entre la timidez y la expectativa. Después de nuestra tarde de café en la pastelería, el presente comenzó a moverse a un ritmo diferente, uno dictado por las visitas silenciosas y las miradas compartidas. Abraham ya no era un extraño; se había convertido en la persona que buscaba con la mirada cada vez que sonaba la campana de la puerta, deseando con todas mis fuerzas ver aparecer su silueta fuerte y su sonrisa tranquila.

​Ese viernes por la mañana, el local estaba inusualmente tranquilo. El sol de invierno entraba en diagonales doradas por el gran ventanal, iluminando las motas de polvo de azúcar que flotaban en el aire.

​Estaba concentrada decorando una docena de cupcakes, aplicando el glaseado con la manga pastelera en movimientos concéntricos y precisos, cuando el aroma a madera y aire fresco me anunció su llegada antes de que la propia campana sonara.

​Levanté la vista y lo vi. Venía con una chaqueta ligera de mezclilla y el pelo un poco alborotado por el viento de la calle. Traía una pequeña bolsa de papel madera en la mano y esos ojos marrones que, cada vez que me miraban, hacían que todo el ruido del mundo exterior se apagara por completo.

​—Hola, pastelera —dijo, apoyándose en el mostrador con esa confianza innata y relajada que tanto me fascinaba.

​—Hola, carpintero —respondí, sintiendo que una sonrisa gigante se dibujaba en mi rostro sin que pudiera evitarlo—. Vienes temprano hoy. ¿No tienes estructuras que salvar?

​—Hoy mi única prioridad es salvarme a mí mismo del antojo de verte —contestó con una cursilería tan directa y honesta que me hizo tragar saliva y sentir un calorcito delicioso en las mejillas. Dejó la bolsa de papel sobre la madera—. Te traje algo. Pasé por la feria artesanal cerca de mi taller y, en cuanto lo vi, supe que tenía que ser tuyo.

​Miré la bolsa con curiosidad. Al abrirla, saqué un objeto hermoso: un rodillo de cocina hecho de madera de cerezo, perfectamente pulido, con un veteado suave y rojizo que brillaba bajo la luz del sol. Era una pieza única, hecha a mano, que se adaptaba perfectamente al peso de mis dedos.

​—Es madera de cerezo —explicó, dando un paso lateral para quedar más cerca de mí, rompiendo esa distancia que nos separaba—. Es resistente, suave y no absorbe la humedad. Pensé que tus manos mágicas merecían herramientas que estuvieran a tu altura. Yo mismo le di el acabado final en mi taller anoche para asegurarme de que no tuviera ninguna imperfección.

​Me quedé mirando el rodillo, conmovida por el nivel de detalle y atención que Abraham ponía en cada cosa que hacía por mí. Nadie se había preocupado nunca por las herramientas de mi oficio, ni por hacer mi día a día más ameno.

​—Es precioso, Abraham... de verdad. Nadie había tenido un detalle así conmigo —susurré, levantando la mirada para conectar con sus ojos.

​Él no respondió con palabras. En su lugar, acortó por completo el espacio entre los dos. Rodeó el mostrador con pasos lentos y se plantó justo frente a mí. Su cercanía física me cortó el flujo de aire por un segundo; era tan alto, tan firme, y emanaba una seguridad que me hacía sentir completamente protegida.

​Estendió su mano grande y, con una delicadeza que me erizó la piel, atrapó mis manos, que aún sostenían el rodillo de madera. Sus dedos ásperos se entrelazaron con los míos, creando un contraste perfecto de texturas.

​—Quiero que cada vez que trabajes en este lugar, recuerdes que hay alguien afuera que admira lo que haces, Lía —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro magnético—. Alguien que piensa en ti cada vez que toca un trozo de madera. Me tienes completamente hechizado desde el primer segundo en que te vi con esas rosas de azúcar.

​El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Mis defensas habituales no tenían fuerza contra su honestidad. Me incliné levemente hacia él, buscando su calor, y por primera vez, fui yo quien rompió la última barrera. Me puse de puntillas y apoyé mi mano libre en su pecho, sintiendo el latido rápido y fuerte de su propio corazón.

​—Tú también me tienes pensando en ti más de lo que debería, Abraham —confesé en un hilo de voz, mirándolo directo a los labios.

​Él ensanchó su sonrisa, una expresión de pura felicidad, y antes de que pudiera decir nada más, se inclinó para darme un beso corto, tierno y lleno de una ternura abrumadora en la comisura de los labios. Fue un roce suave, una promesa silenciosa que dejó mi piel temblando y mis pensamientos completamente suspendidos en el aire.

​Cuando se separó apenas unos centímetros, sus ojos marrones brillaban con una intensidad que me confirmó lo que ya sabía en el fondo de mi alma: el presente a su lado era el único lugar donde quería estar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.