Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

Capítulo 6: El compás de la madera y la dulzura del tiempo

​A veces, la rutina se transforma cuando alguien camina a tu lado. Tras aquella mañana en la que Abraham me regaló el rodillo de cerezo, las semanas comenzaron a volar, envueltas en un compás nuevo, mucho más cálido. Él se había convertido en un faro de calma en medio de mi caos diario de entregas y masas que levar. No importaba qué tan largo hubiera sido mi día, saber que al final de la jornada escucharíamos el motor de su camioneta afuera de la pastelería me hacía sonreír de inmediato.

​Esa noche era diferente. Por primera vez, era yo quien visitaba su terreno: su taller de carpintería.

​El lugar era enorme, de techos altos y vigas expuestas, iluminado por hileras de bombillas de luz cálida que colgaban del techo. El aire estaba impregnado de un olor delicioso y profundo a madera recién cortada, pino, laca y un toque de resina. En el centro, una gran mesa de trabajo de roble macizo estaba cubierta de planos, sargentos de sujeción y virutas rizadas que caían al suelo como pequeños resortes dorados.

​Abraham estaba de espaldas a mí, concentrado en lijar el borde de lo que parecía ser el lateral de un gran mueble. Llevaba una camiseta gris ajustada, salpicada de polvo de madera fina, y los músculos de sus brazos se tensaban con cada movimiento rítmico y seguro. Me quedé un momento en la entrada, simplemente observándolo, disfrutando de la paz que me transmitía verlo en su elemento.

​Al escuchar mis pasos sobre la madera del suelo, se detuvo, apagó la lijadora de mano y se giró. Sus ojos marrones se iluminaron al instante con ese brillo honesto que ya conocía de memoria, y dejó la herramienta a un lado mientras se sacudía un poco los brazos.

​—Lía —dijo, y su voz profunda pareció resonar con eco entre las maderas del techo—. Llegaste justo a tiempo. Estaba terminando los últimos detalles de este encargo.

​—Huele increíble aquí dentro —confesé, dando unos pasos hacia él y mirando a mi alrededor con genuina fascinación—. Es como entrar a un bosque en medio de la ciudad.

​—Es un desastre de polvo, en realidad —bromeó él, con esa sonrisa ladeada que siempre me desarmaba las defensas—. Pero es mi rincón seguro. Pasa, no te quedes ahí.

​Me acerqué a la mesa principal. Mis ojos se posaron en una pequeña esquina del banco de trabajo, perfectamente limpia y despejada. Sorprendentemente, Abraham había colocado allí un mantel individual de lino, dos tazas de porcelana listas y un termo con agua caliente. Al lado, yo dejé la caja rosa con un par de pasteles individuales de chocolate y frambuesa que había horneado esa tarde pensando en él.

​—Veo que te tomaste muy en serio lo de tomar el té —dije con una risa suave.

​—Te prometí que la próxima vez me tocaría a mí atenderte, ¿no? —respondió, acortando la distancia entre los dos. Se paró frente a mí, mirándome desde su altura con una ternura abrumadora. Estiró una de sus manos grandes y, con un toque tan sutil que me erizó la piel, retiró un mechón de pelo que se me había escapado detrás de la oreja—. Además, quería que vieras dónde paso mis horas cuando no estoy robándote minutos en tu pastelería.

​El corazón me dio un vuelco. Sus dedos bajaron suavemente por mi mejilla, dejando un rastro de calidez que me hizo cerrar los ojos por un breve segundo. Cuando los abrí, su mirada seguía fija en la mía, tan profunda y transparente que sentí que podía leerme por completo.

​—Es hermoso lo que haces, Abraham —susurré, indicando el mueble a medio terminar.

​—La madera tiene su propio ritmo, Lía. No puedes forzarla. Tienes que escucharla, entender sus vetas, sus nudos... y trabajar con ellos, no en su contra. —Hizo una pausa, y su mirada se volvió aún más dulce, bajando un segundo a mi boca antes de volver a mis ojos—. Un poco como nosotros. Dos personas que trabajan duro, que tienen sus propias marcas, pero que cuando se juntan... construyen algo que se siente jodidamente real.

​Un vuelco eléctrico me sacudió el estómago ante su confesión. Su cursilería no era ensayada; era la verdad directa de un hombre que no sabía fingir lo que sentía. Sin pensarlo, rompí el espacio que nos separaba y coloqué mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido firme y acelerado de su corazón bajo la tela de su camiseta.

​—Me gusta el 'nosotros' —admití en un susurro, sintiendo mis mejillas arder, pero sosteniéndole la mirada—. Mucho más de lo que imaginé que me gustaría.

​Abraham ensanchó su sonrisa, una expresión de pura felicidad que le iluminó el rostro. Colocó sus manos grandes sobre mi cintura, atrayéndome un poco más hacia él, con una firmeza que me hizo suspirar.

​—A mí también, Lía —respondió, bajando la voz—. Y pienso asegurarme de que esta estructura que estamos creando no se caiga nunca.




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