Hay momentos en el presente que se sienten tan intensos que eres plenamente consciente de que los recordarás toda la vida mientras están ocurriendo.
Un mes después de nuestra noche en el taller, la complicidad entre nosotros había echado raíces profundas. Abraham ya no solo me visitaba para tomar el café; se había aprendido de memoria mis horarios, mis manías con el orden de las bandejas y la forma en que arrugaba la nariz cuando una receta no salía exactamente como yo quería.
Ese martes, la campana de la puerta sonó con un ritmo diferente, más impaciente.
Asomé la cabeza desde la cocina y lo vi entrar cargando un enorme rollo de papel grueso bajo el brazo. Venía con las mangas de la camisa remangadas y esa sonrisa gigante que lograba acelerarme el pulso instantáneamente.
—¿Y ese misterio? —pregunté, apoyándome en el mostrador mientras me limpiaba las manos en el delantal.
—Es el futuro, Lía —dijo, con una chispa de emoción en sus ojos marrones que me encendió algo en el pecho.
Extendió el papel sobre la mesa de madera del rincón, revelando un plano de diseño de interiores dibujado a mano con una precisión impecable. Me acerqué, intrigada, y al fijar la vista me llevé una mano a la boca. Era el diseño de mi pastelería, pero completamente transformado. Abraham había diseñado una ampliación maravillosa: una larga barra de roble pulido que recorría el ventanal para que los clientes se sentaran, repisas flotantes de madera texturizada para exhibir los pasteles y un espacio central mucho más amplio y acogedor. En una esquina del plano, con su caligrafía firme, había escrito: “El rincón de la magia de Lía”.
—Sé que te gusta tener tu espacio seguro y bajo control —dijo, acortando la distancia entre los dos y tomándome suavemente de la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo cálido—. Pero sé cuánto deseas hacer crecer este lugar. Así que pasé las últimas noches diseñando esto para ti. Quiero construirlo yo mismo. Con estas manos. Quiero que tu negocio sea tan grande como tu talento.
Sentí que los ojos se me humedecían por una oleada de emoción pura. Sus palabras eran tan dulces, tan increíblemente cursis, pero la mirada que me dirigía era de un compromiso tan real que me desarmó por completo. Nadie se había desvelado nunca pensando en cómo hacer mi mundo más hermoso.
—Abraham... esto es hermoso, pero es demasiado trabajo para ti —susurré, subiendo mis manos a su cuello, acariciando la línea de su mandíbula.
—Para mí nunca es demasiado si se trata de ti —interrumpió, bajando la voz, volviéndola un susurro magnético que me erizó la piel. Se inclinó y unió su frente con la mía, permitiéndome respirar su perfume a bosque—. Llevo toda la vida construyendo cosas para los demás, Lía. Pero esto... esto quiero construirlo contigo. Quiero que pongamos los cimientos de nuestra vida en este mismo presente.
Cuando sus labios finalmente buscaron los míos en un beso lento, profundo y lleno de promesas silenciosas, entendí que los planos de Abraham no solo iban a transformar mi pastelería, sino mi existencia entera.