Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

​Capítulo 8: Tormentas de verano y el peso de la harina

El cielo de la tarde se había teñido de un gris plomizo y espeso, anunciando una de esas tormentas de verano que descargan con furia y sin aviso. Dentro de la pastelería, el ambiente se sentía igual de eléctrico, pero por razones muy distintas.

​Tenía encima el pedido más grande del mes: cincuenta cajas de macarons de frambuesa y tres pasteles de alta repostería para un evento empresarial que se retrasó a última hora y ahora exigía la entrega esa misma noche. Mis manos se movían a una velocidad frenética; el segundero del reloj de la pared parecía correr en mi contra, y el calor del horno encendido a máxima potencia me hacía sentir atrapada. El merengue amenazaba con bajarse por la humedad del ambiente y el estrés empezaba a nublarme la vista.

​Justo cuando sentí que las fuerzas me flaqueaban y que el tiempo me ganaba la partida, la puerta de la tienda se abrió de golpe.

​Era Abraham. Venía con el pelo ligeramente húmedo por las primeras gotas de lluvia. No hizo preguntas. No necesitó que le explicara nada; le bastó con mirar el caos de bandejas sobre el mostrador, mi delantal manchado y la expresión de puro agobio en mi rostro para entenderlo todo.

​Dejó sus cosas a un lado, se remangó los brazos con decisión y caminó directo hacia el fregadero para lavarse las manos.

​—Dime qué hago, Lía —dijo, con esa voz profunda que actuaba como un bálsamo instantáneo sobre mi ansiedad—. Soy todo oídos y todas manos.

​—Abraham, no puedes... esto es repostería, es todo muy exacto, te vas a manchar... —alcancé a decir, con la voz entrecortada por la prisa.

​Él se plantó frente a mí, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su pecho. Con una suavidad abrumadora que contrastaba con la tormenta que arreciaba afuera, me tomó de los hombros, obligándome a mirarlo. Sus ojos marrones desprendían una calma absoluta.

​—Mírame, Lía. Respira —susurró, y su pulgar acarició mi mejilla—. Te lo dije: no estás sola en esto. Si tenemos que pasar la noche entera horneando, lo haremos. Dime cómo te ayudo a sacar este pedido adelante.

​Lo que siguió en las siguientes dos horas fue una danza perfecta. Mientras los primeros truenos resonaban con fuerza en el exterior y la lluvia golpeaba el gran ventanal, dentro de la tienda se respiraba una intimidad mágica. Abraham, con sus manos grandes y ásperas, doblaba el cartón de las cajas con una precisión milimétrica. De vez en cuando, me miraba de reojo y me dedicaba palabras tan tiernas que lograban que el cansancio físico desapareciera por completo.

​En un momento, mientras yo batía la crema con desesperación, un poco de azúcar glass voló por el aire, aterrizando directamente en la punta de mi nariz.

​Abraham soltó una carcajada limpia y profunda. Dejó la caja que estaba armando, se acercó a mí por la espalda y envolvió mi cuerpo con sus brazos, atrapándome contra su pecho cálido.

​—Tienes un poco de magia en la cara, pastelera —susurró muy cerca de mi oreja, haciéndome temblar.

​Con la yema de su dedo, limpió suavemente el azúcar de mi nariz, pero no se alejó. Se quedó allí, abrazándome por la cintura mientras yo sostenía el cuenco, permitiéndome apoyar mi espalda contra su torso firme. Podía sentir el latido rítmico y fuerte de su corazón golpeando contra el mío.

​—Gracias, Abraham —dije en un susurro, girando un poco la cabeza para mirarlo—. De verdad... no sé qué habría hecho hoy sin ti.

​—No tienes que agradecérmelo nunca, Lía —respondió, mirándome con una honestidad tan pura que me robó el aliento—. Tu negocio es tu sueño, y tu sueño ahora también es el mío. Ver cómo tus manos crean esta dulzura me tiene completamente hechizado.

​Terminamos el pedido justo a tiempo, mientras la tormenta afuera empezaba a amainar. Al ver todas las cajas perfectamente alineadas, me giré hacia él. Estaba cubierto de una fina capa de harina blanca en los brazos y la camiseta, luciendo ridículamente guapo. Lo abracé con todas mis fuerzas, sabiendo con absoluta certeza que mi presente estaba entrelazado al suyo para siempre.




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