Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

Capítulo 9: Una propuesta tallada en el presente

El olor a barniz fresco y madera pulida llenaba la pastelería. Durante dos semanas, Abraham había pasado cada noche trabajando en la remodelación, transformando los planos del papel en una realidad palpable. La nueva barra de roble brillaba bajo los focos de luz cálida y las repisas flotantes encajaban perfectamente en las paredes, dándole al local una atmósfera de ensueño.

​Era domingo por la tarde y la tienda estaba cerrada al público. Yo estaba limpiando la superficie de la nueva barra, admirando la suavidad del trabajo de Abraham, cuando él salió de la parte trasera cargando una pequeña caja de madera de nogal, minuciosamente tallada con relieves de rosas en la tapa.

​Tenía una expresión seria, casi nerviosa, algo que nunca antes había visto en su rostro siempre calmado.

​—Lía, ¿puedes dejar el paño un segundo? —pidió, y su voz sonó un poco más ronca de lo habitual.

​Dejé el paño a un lado, con el corazón empezando a latir a un ritmo acelerado. Él se acercó a mí, colocó la cajita sobre la barra de roble que él mismo había construido y tomó mis dos manos entre las suyas. Sus palmas estaban tibias, pero sus dedos temblaban imperceptiblemente.

​—He pasado toda mi vida midiendo cosas, Lía —comenzó a decir, fijando sus ojos marrones en los míos con una intensidad que me hizo contener el aliento—. Midiendo la madera, calculando la resistencia de las estructuras, asegurándome de que todo encaje a la perfección para que no se rompa. Pero cuando te vi entrar a ese salón con tu pastel y tus rosas de azúcar, toda mi lógica se fue a la basura. Contigo no tuve que medir nada; simplemente sentí. Supuse que era amor a primera vista, pero ahora sé que es mucho más que eso. Es la certeza de que no quiero un solo día de mi vida donde tú no estés.

​Mis ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente. La cursilería y la belleza de sus palabras eran tan puras que sentí un nudo de felicidad absoluta en el pecho.

​—Abraham... —mi voz se quebró.

​—Déjame terminar, que estoy usando toda mi valentía aquí —sonrió de lado, con los ojos brillando de emoción. Con una mano, abrió la cajita de nogal. En el interior, reposando sobre un lecho de virutas de madera perfumadas, había un anillo de oro blanco con un pequeño diamante incrustado—. No te ofrezco una vida perfecta, Lía, pero te ofrezco estas manos. Unas manos que van a trabajar todos los días para hacerte feliz, que van a sostener las tuyas cuando el trabajo sea pesado y que van a construir el hogar que nos merecemos en este presente. Lía, mi pastelera mágica... ¿te casarías conmigo?

​El mundo se detuvo. El olor a madera, la luz dorada de la tarde, el anillo brillando... todo era perfecto. Me arrojé a sus brazos, rodeando su cuello con fuerza mientras las lágrimas de felicidad resbalaban por mis mejillas.

​—¡Sí! ¡Sí, un millón de veces sí, Abraham! —exclamé contra su oído.

​Él me levantó en el aire, haciéndome dar una vuelta mientras su risa feliz llenaba todo el local. Cuando me puso los pies en el suelo, me colocó el anillo con dedos temblorosos y me besó con una pasión y una ternura que me hicieron saber que, a partir de ese instante, nuestros destinos estaban sellados.




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