Más allá de lo que ven mis ojos: Las verdades del corazón

Capítulo 10: Flores de azúcar y altares de roble

Dicen que el amor verdadero no necesita de grandes discursos, sino de pequeños instantes donde dos almas deciden dejar de caminar solas.

​El día de la boda, la casona de campo donde nos conocimos lucía completamente diferente. Ya no había el caos histérico de los walkie-talkies ni obreros corriendo de un lado a otro. El jardín estaba decorado con hileras de luces cálidas que parpadeaban como estrellas atrapadas bajo el cielo del atardecer.

​En el centro del altar, se erguía imponente el gran arco de madera arqueada que Abraham había terminado de construir para esta ocasión. El roble estaba pulido a la perfección, brillando con un tono dorado bajo el sol poniente. Y justo al lado, en la mesa principal, se encontraba el pastel de bodas más hermoso que jamás había creado: tres pisos cubiertos de fondant blanco y coronados por un bouquet espectacular de rosas de azúcar, hechas pétalo a pétalo con mis propias manos.

​Cuando llegó el momento de caminar hacia el altar, el sonido de la música ambiental pareció desvanecerse. Mis ojos se fijaron únicamente en el final del pasillo.

​Allí estaba él. Abraham vestía un traje oscuro que estilizaba su figura fuerte, pero mantenía esa misma mirada tranquila y honesta que me había enamorado desde el primer segundo. Al verme avanzar, una sonrisa gigante y conmovida se dibujó en su rostro, y vi cómo se limpiaba discretamente una lágrima de la mejilla.

​Llegué a su lado y él tomó mis manos. El contacto de su piel cálida contra la mía me dio el anclaje que necesitaba. Sus manos seguían teniendo esas pequeñas marcas de carpintero, y las mías las leves quemaduras de la repostería, pero al entrelazarse, encajaban de una forma tan perfecta que parecía que habían sido diseñadas la una para la otra desde el principio de los tiempos.

​—Estás hermosa, Lía —susurró, con una voz tan baja y llena de devoción que me estremeció el alma.

​—Tú no te quedas atrás, carpintero —respondí con una sonrisa temblorosa de felicidad.

​La ceremonia avanzó como en un hermoso sueño. No hubo promesas exageradas, solo la verdad de nuestro día a día. Cuando llegó el momento de los votos, Abraham me miró fijamente, apretando mis dedos con suavidad.

​—Lía, prometo poner mi fuerza a tu servicio, cuidar de tus sueños y recordarte todos los días la magia que tienes en las manos. Prometo ser tu cable a tierra y el altar que te sostenga siempre.

​—Abraham —dije, sintiendo una lágrima de dicha rodar por mi mejilla—, prometo endulzar tus días, caminar a tu ritmo y recordarte que el descanso también es un regalo. Prometo que mis manos siempre estarán listas para entrelazarse con las tuyas en este presente que construimos juntos.

​—Por el poder que me confiere el Estado, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

​Abraham no esperó un segundo más. Me tomó de la cintura con esa firmeza protectora que adoraba y me atrajo hacia él, sellando nuestros votos con un beso profundo, tierno y eterno. Los aplausos y los vítores de nuestros invitados estallaron a nuestro alrededor, pero para nosotros, el universo entero se reducía a ese abrazo.

​Mientras nos girábamos hacia nuestros seres queridos, tomados de la mano, miré de reojo nuestro pastel y el altar de fondo. Flores de azúcar y polvo de madera. Dos mundos distintos que se habían encontrado en medio del caos para demostrar que el amor a primera vista puede convertirse en la estructura más sólida y dulce de la vida. Nuestro presente, finalmente, acababa de empezar.

FIN




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.