El murmullo constante de la cafetera llenaba el ambiente con un ritmo casi hipnótico, como si fuese el latido del pequeño local. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el dulzor de los croissants que reposaban en el mostrador. El "Café Rosales" era uno de esos lugares que parecían sacados de otra época, con sus paredes color crema decoradas con fotografías en blanco y negro de la ciudad de Barcelona y sus mesas de madera gastada que llevaban años siendo testigos de conversaciones, risas y silencios compartidos.
Olivia estaba detrás del mostrador, sirviendo un café con leche a un cliente habitual. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, después de meses de trabajar en el mismo lugar. Levantó la vista un instante, solo para confirmar que el nivel de clientes estaba bajo control. A pesar de la rutina, no podía evitar que algo dentro de ella se agitara al mirar hacia la esquina más cercana a la ventana.
Ahí estaba él.
Axel Rinaldi, aunque todo el mundo lo llamaba Axel, ocupaba su mesa habitual, aquella junto al ventanal que daba a la calle principal. Llevaba una sudadera gris que parecía tan cómoda como su expresión serena. Frente a él descansaba un vaso de agua y un pequeño plato con una tostada a medio comer. Su teléfono móvil estaba sobre la mesa, pero no parecía estar prestándole atención. Su mirada estaba fija en el exterior, observando la gente que pasaba apresurada bajo el sol de media tarde.
Olivia sabía que no debía mirarlo más de la cuenta. Era una regla no escrita que se imponía a sí misma desde el primer día que lo vio entrar al café, hace ya varios meses. Pero siempre era igual: un vistazo rápido, como un ladrón que teme ser descubierto, y luego volvía a concentrarse en su trabajo. Hoy no fue diferente, aunque algo en su interior le pedía que lo mirara un segundo más, que tratara de descifrar en qué pensaba o por qué parecía tan tranquilo en medio de la vorágine de la ciudad.
-¿Olivia? -La voz de su compañera, Sara, la sacó de su trance. Sara era un par de años mayor y siempre le decía que tenía que relajarse un poco más. Ahora la miraba con una sonrisa divertida mientras dejaba un par de platos vacíos en la barra-. Deberías aprender a disimular. Lo vas a asustar si sigues mirándolo así.
-No estoy mirando a nadie -respondió Olivia apresuradamente, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.
-Claro que no -se burló Sara, limpiándose las manos con un trapo-. ¿Por qué no le hablas? Es un cliente fijo, y no muerde. Bueno, creo que no.
-Es solo un cliente, Sara. Nada más.
Sara se limitó a alzar una ceja, claramente incrédula, antes de volver a atender a otro cliente. Olivia suspiró, deseando tener un poco de la seguridad que su amiga mostraba. Axel no era un cliente cualquiera, eso lo sabía. Desde que él había comenzado a frecuentar el café, se había convertido en el protagonista silencioso de sus pensamientos. No era solo que fuera famoso o que todo el mundo supiera quién era. Había algo más, algo en la manera tranquila en que se movía, en la forma en que parecía alejado del bullicio a pesar de que su vida estaba constantemente bajo los reflectores.
El sonido de la puerta del café abriéndose rompió el ambiente, seguido por un grupo de chicos que entraron hablando en voz alta. Olivia reconoció a algunos de ellos de inmediato: James Grey, Luke Davis, Mike Rosh, todos compañeros de Axel. Su llegada llenó el lugar de energía y risas, contrastando con la calma que había hasta entonces.
-¡Eh, Axel! -gritó Mike desde la entrada, moviendo la mano para saludarlo-. ¿Cómo es que siempre llegas antes que nosotros? ¿Te gusta tanto este sitio o ya tienes algo aquí que te interesa?
Axel alzó la mirada y sonrió levemente, pero no respondió. En su lugar, hizo un gesto con la mano, invitándolos a sentarse con él. Olivia se movió rápidamente detrás del mostrador, preparándose para atender el aumento repentino de trabajo. Sara le dio un codazo suave, acompañándolo con una sonrisa de complicidad.
-Esta es tu oportunidad. Están todos aquí. Vamos, rompe el hielo.
Olivia negó con la cabeza, sintiendo un nudo en el estómago. ¿Cómo podría? Axel y sus amigos parecían vivir en un mundo completamente distinto al suyo. Mientras ellos hablaban de partidos, entrenamientos y sus planes para el fin de semana, ella estaba preocupada por el horario de clases y el pago de la matrícula. No era solo una barrera de fama, sino de realidades opuestas.
A medida que atendía las mesas, trataba de ignorar la mesa llena de risas y bromas. Pero no pudo evitar escuchar fragmentos de su conversación. Axel hablaba poco, como siempre, pero su voz era calmada, casi musical. Luke y Mike, por el contrario, llevaban la batuta de la charla, provocando risas constantes en los demás.
Cuando Olivia finalmente llegó a su mesa para tomarles el pedido, sintió cómo su corazón latía con fuerza. Sara tenía razón en algo: no mordían. Pero eso no significaba que no fuera intimidante estar tan cerca de ellos. Axel la miró por un breve instante cuando se acercó, y ese simple gesto fue suficiente para hacerla sentir que sus piernas temblaban.
-¿Qué queréis tomar? -preguntó, esforzándose por sonar profesional.
Luke pidió un café solo, Mike optó por un batido de chocolate, y James, siempre indeciso, acabó pidiendo lo mismo que Mike. Axel no añadió nada; parecía satisfecho con su vaso de agua.
-Gracias -dijo él simplemente, mirándola por un segundo más antes de volver la vista a sus compañeros.
Ese "gracias" fue casi imperceptible, pero para Olivia significó el mundo. Mientras regresaba al mostrador, con el bolígrafo aún en la mano, no pudo evitar sonreír para sí misma. Puede que fuera una tontería, pero esos pequeños momentos, esos instantes de conexión, aunque fueran fugaces, eran suficientes para encender una chispa en su mundo.
Y así continuaba su rutina. Ella, tras el mostrador, robando miradas entre sorbos de café. Él, en su mesa, aparentemente ajeno a lo que significaba para ella. Ambos, separados por una barrera invisible pero, quizás, no insalvable.