El sol despuntaba tímidamente en el horizonte cuando Olivia salió de casa. La ciudad, aún adormilada, parecía respirar más lentamente a esa hora. Las calles estaban casi vacías, y el sonido de sus pasos resonaba en los adoquines como un eco lejano. Llevaba su uniforme dentro de una mochila desgastada, y una chaqueta fina la protegía del frío matutino.
El camino al "Café Rosales" era corto, pero Olivia siempre lo aprovechaba para ordenar sus pensamientos. Aquella mañana, sin embargo, su mente era un torbellino de emociones que no lograba controlar. El sueño que había tenido seguía rondándole, como una niebla que se negaba a disiparse. No era la primera vez que Axel aparecía en sus sueños, pero este había sido diferente. Más real.
El ruido de un camión de reparto interrumpió sus pensamientos. Olivia cruzó la calle apresuradamente, saludando con un gesto al repartidor que bajaba cajas de pan en una panadería cercana. "Concéntrate, Olivia", se dijo a sí misma. Era solo un día más. Tenía que serlo.
Cuando llegó al café, el ambiente tranquilo de la mañana ya empezaba a llenarse con el aroma del café recién molido y el sonido de los platos colocados en las mesas. Sara estaba en la barra, canturreando una canción de moda mientras preparaba las primeras tazas del día.
—Buenos días, Oli —la saludó con una sonrisa radiante.
—Buenos días. ¿Has dormido algo? —preguntó Olivia mientras dejaba su mochila en la trastienda.
—Lo justo para sobrevivir. Pero ya sabes cómo es esto: café por la mañana y todo solucionado.
Olivia sonrió ligeramente mientras se ponía el delantal. El café tenía un aire diferente a primera hora. Antes de que llegaran los clientes habituales y el bullicio inundara el lugar, había una paz especial que ella disfrutaba. Era su momento favorito del día.
Axel también estaba despierto temprano. Su rutina matutina comenzaba siempre de la misma manera: un desayuno ligero, seguido de una sesión de estiramientos y ejercicios suaves. Mientras se preparaba, podía oír el leve murmullo de la televisión en el salón, donde un reportero deportivo hablaba sobre el próximo partido del Barcelona.
Sin embargo, aquella mañana, su mente estaba menos enfocada de lo habitual. Los entrenamientos, las tácticas, incluso las críticas constructivas del entrenador... todo parecía flotar en un segundo plano. Había algo que no lograba sacar de su cabeza: la camarera del café.
"¿Por qué sigo pensando en ella?", se preguntó mientras ataba los cordones de sus zapatillas. Era un pensamiento absurdo, sin sentido. Había pasado menos de un minuto junto a ella el día anterior, y apenas habían intercambiado palabras. Pero había algo en su mirada, en su presencia, que le había dejado una impresión inesperada.
Terminó de prepararse y salió al aparcamiento donde lo esperaba su coche. El día sería largo, con entrenamiento intensivo y reuniones con el cuerpo técnico. Pero mientras conducía hacia la ciudad deportiva, no podía evitar sentir una pequeña punzada de curiosidad.
En el café, los primeros clientes comenzaron a llegar. Olivia y Sara se movían con agilidad entre las mesas, sirviendo cafés y desayunos, sonriendo a los habituales y asegurándose de que todo estuviera en orden. El reloj avanzaba lentamente, y la rutina del día se instalaba como una melodía conocida.
Sin embargo, Olivia no podía evitar mirar de reojo hacia la puerta cada vez que alguien entraba. Sabía que era una tontería. Axel no venía todos los días, y aunque lo hiciera, eso no significaba nada. Pero su mente traicionera seguía alimentando la posibilidad.
—¿Esperando a alguien? —preguntó Sara de repente, acercándose con una bandeja vacía.
—¿Qué? No, claro que no.
—Ajá, seguro. —Sara la miró con una ceja arqueada—. Ayer no parabas de mirar hacia su mesa, y hoy estás igual. Olivia, te lo digo como amiga: si te gusta alguien, deberías hacer algo al respecto.
—No es eso, Sara. Solo... estaba distraída.
Sara no insistió, pero su sonrisa burlona dejó claro que no le creía ni una palabra. Olivia suspiró y se concentró en la mesa que estaba limpiando, intentando ignorar el calor que subía a sus mejillas.
Las horas pasaron, y la mañana dio paso a la tarde. El café estaba más lleno que de costumbre, con estudiantes ocupando las mesas traseras y oficinistas disfrutando de una pausa para el almuerzo. Olivia apenas tuvo tiempo de pensar mientras iba y venía con bandejas cargadas de platos y tazas.
Pero entonces, justo cuando estaba terminando de atender a un grupo de clientes en la terraza, la puerta del café se abrió y una figura familiar entró.
Axel.
El mundo pareció detenerse por un instante. Olivia lo vio caminar hacia su mesa habitual junto a la ventana, saludando brevemente al camarero que estaba en la barra. Llevaba una sudadera gris y unos vaqueros oscuros, un atuendo sencillo que contrastaba con la atención que inevitablemente atraía a donde fuera.
Olivia sintió cómo su corazón comenzaba a latir más rápido. Por un momento, se quedó congelada en el lugar, sin saber qué hacer. Luego, recordando dónde estaba, se obligó a respirar profundamente y regresó al interior del café.
—Mesa cinco, ¿verdad? —preguntó Sara, mirando a Axel con una sonrisa divertida.
—Sí, yo me encargo —respondió Olivia rápidamente, casi sin pensarlo.
Sara le lanzó una mirada curiosa pero no dijo nada, dejándole el camino libre. Olivia tomó un bloc de notas y una pluma antes de dirigirse a la mesa, intentando que sus manos no temblaran demasiado.
Cuando llegó, Axel ya estaba revisando el menú, aunque al verla se detuvo y le dedicó una leve sonrisa.
—Hola de nuevo —dijo él, con una voz tranquila que parecía resonar más de lo necesario en la mente de Olivia.
—Hola. ¿Qué tal? —respondió ella, sorprendiéndose a sí misma por lo natural que sonaba su voz.
—Bien, gracias. ¿Y tú?
Olivia parpadeó, desconcertada por la pregunta. No esperaba que él iniciara una conversación, y menos aún que pareciera genuinamente interesado.