Más allá del juicio

La construcción del "yo"

La vida carece de un sentido intrínseco, pues no existe una finalidad previa inscrita en la existencia humana; lo que hay es un marco de contingencia en el que el individuo emerge sin manual ni dirección predeterminada. Desde esta perspectiva, el sentido no se descubre, se construye.
Dicho sentido surge cuando el sujeto alcanza un grado suficiente de autoconciencia y reflexividad, es decir, cuando logra reconocerse como agente de sus decisiones y no únicamente como resultado pasivo de condicionamientos biográficos, sociales o afectivos. La pregunta por el “quién soy” deja de ser descriptiva y se vuelve normativa: no apunta a lo que se es, sino a lo que se decide ser.

En este proceso interviene la identidad narrativa, entendida como la integración coherente entre pasado, presente y proyección futura. El individuo dota de significado a su experiencia al organizarla en un relato propio, donde el sufrimiento, el error y la contradicción no son anomalías, sino variables constitutivas del desarrollo del yo.
Así, el sentido vital no es un estado estable ni una verdad alcanzada de una vez y para siempre, sino una construcción dinámica, revisable y vulnerable. Se sostiene en la congruencia entre valores, acciones y proyecto personal. Cuando esta coherencia se rompe, emerge el vacío existencial; cuando se restablece, incluso el dolor adquiere función y significado.

En última instancia, vivir con sentido no implica encontrar respuestas definitivas, sino asumir la responsabilidad radical de otorgarlas. La vida no tiene sentido por sí misma: lo adquiere cuando el individuo se reconoce como autor, y no solo como espectador, de su propia existencia.




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