El camino por la montaña se volvía cada vez más estrecho y resbaloso. Las criaturas de pelaje verde seguían avanzando sin esfuerzo, como si conocieran cada piedra y rincón del lugar. Elissabat, en cambio, resbalaba constantemente, con el musgo pegado a sus zapatos y las piernas empapadas.
-Esto no puede empeorar. -murmuró, justo antes de que una densa niebla comenzara a cubrir el sendero.
Las criaturas se detuvieron frente a una gran grieta en la montaña. Una especie de cueva se abria ahí, en la roca húmeda, con simbolos grabados en su entrada, similares a los que Elissabat había visto alguna vez en los archivos secretos de su madre. Pero nunca le habían permitido leerlos.
-¿Qué es esto?
Las criaturas emitieron un zumbido extraño, como si intentaran comunicarse. Luego, una por una, se internaron en la grieta y desaparecieron.
Elissabat vaciló. Algo en su interior le decía que no debía entrar pero algo más fuerte le gritaba que ahídentro encontraría respuestas.
Avanzó con cuidado. El interior de la cueva era más cálido, pero también más oscuro. A lo lejos se escuchó un sonido sordo como un latido . Cada vez más fuerte. Cada vez más cercano.
Y entonces lo vio.
Una criatura gigantesca dormía en el fondo de la cueva. Su cuerpo parecía hecho de musgo antiguo, tierra y raices.
Tenía un pelaje verde mucho más espeso y sucio que los demás, y en su cabeza destacaban cinco enormes cuernos como lanzas de piedra. Su respiración era pesada. El suelo vibraba con cada exhalación.
Pero lo más aterrador no era su tamaño, ni sus cuernos, ni sus garras. Era lo que tenía en su brazo, un símbolo grabado. El mismo símbolo que llevaba el parche del uniforme de su madre, el símbolo de la corporación.
-¿Qué?
Se acercó un poco más. En una de las paredes, entre raices y humedad, vio algo enterrado. Lo desenterró con las manos y sacó un artefacto rectangular, cubierto de barro: era una tablet de la base científica. Estaba rota, pero la pantalla encendió por un segundo. Suficiente para mostrar una palabra.
"Noxus"
-¿Qué tiene que ver con todo esto?
En ese momento, la criatura gigante abrió un ojo. Uno solo. Brillaba con un resplandor verdoso, y la estaba mirando directamente a ella.
Elissabat dio un paso atrás. El aire se tornó más denso, más caliente. Las criaturas pequeñas comenzaron a reunirse a su alrededor, observando en silencio, como si esperaran su reacción.
En la cueva había un tipo de saliva verde y brillante
Las paredes estaban cubiertas de simbolos brillantes, parecidos a los que Robecca había visto. Pero estos no estaban grabados: flotaban en el aire, suspendidos como luz liquida. En el centro de la cueva, una estructura de piedra negra se alzaba como un altar.
En su curiosidad se acercó y en cuanto sus dedos rozaron la piedra, un rugido profundo retumbó desde el fondo de la montaña. El suelo temblo. Las pequeñas criaturas huyeron, chillando de miedo. El altar se iluminó de pronto, proyectando una imagen en el aire: cinco niños (ella incluida), y detrás de ellos, una puerta brillante entre mundos. Luego, la imagen cambió: mostraba a su madre, junto a otros cientificos, y un simbolo antiguo: un ojo rodeado por espinas.
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Editado: 30.07.2025