Capítulo 1:
El saco de boxeo vibró con un golpe seco.
Luego otro.
Y otro.
Gael no se detenía.
El sudor le recorría la frente, el pecho subiendo y bajando con una cadencia rápida, casi furiosa. El gimnasio estaba medio vacío, pero aun así nadie se acercaba demasiado a él cuando entrenaba así. Porque cualquiera que lo conocía bien, sabía el peligro que podría correr cuando Gael perdía el control... el aire se volvía pesado, su cuerpo se tensaba nublándole la mente por completo.
—¡Otra vez estás exagerando, Gael! —gritó uno de los entrenadores desde el borde del tatami. Él siguió golpeando, descargando todo lo que llevaba dentro, nadie conocía los demonios que atormentaban a Gael Thomas, ni el pasado que lo hacía perder el juicio.
—No golpees solo por golpear, precisión, precisión, Gael...—lo volvió a regañar el entrenador suplente.
Pero no hubo respuesta.
Solo un golpe más fuerte.
El saco se balanceó violentamente.
—¡Te dije que estabas abriendo la guardia!
Ahora sí se detuvo en seco, el entrenador retrocedió de golpe, temía que le sucediera lo del último.
—Terminé—respondió sin más.
Se quitó los guantes sin mirar a nadie, los dejó caer al suelo y pasó por el gimnasio como si nada de lo que había alrededor le importara lo más mínimo.
—¿Ya te vas? —preguntó alguien.
Gael no respondió.
La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco. Sus pisadas eran firmes y pesadas al mismo tiempo, como las de un peso que no quería llevar.
Salió por la parte trasera del gimnasio hasta llegar al garaje y luego se subió a su vehículo.
El coche avanzaba por la ciudad con una calma que no tenía nada que ver con él.
Gael conducía con una mano en el volante, la otra apoyada en la ventanilla. Su mandíbula estaba tensa, pero su mirada era fría, distante.
Siempre era lo mismo.
Entrenar. Escuchar críticas. Ignorar. Irse.
Nada nuevo.
Su vida había sido así desde que tenía memoria, intentar no dejarse vencer por el pasado le resultaba casi agotador, y luchar con la ira que llevaba dentro para no terminar matando a alguien dentro del ring era mucho más difícil de lo que parecía.
Su teléfono vibró y tocó el botón en su volante para contestar colocando el altavoz en el auto.
—Habla —dijo sin interés y con un tono cansado de escuchar regaños, porque normalmente Christian siempre lo llamaba para quejarse de que no estaba haciendo bien las cosas.
—Necesito que vengas ahora —la voz de su manager era firme, pero rara—. Es importante.
Gael frunció el ceño.
—Estoy ocupado—mintió intentando librarse de una fastidiosa reunión que iba a terminar en lo mismo.
—No lo estás—le contradijo como si lo estuviera viendo.
Hubo silencio y Gael resignado, pero molesto
apretó un poco más el volante.
—¿Dónde?
******
Después de la conversación con Christian, su manager finalmente llegó al edificio, el cual era más elegante de lo que a Gael le gustaba admitir.
Entró sin saludar a nadie, porque a pesar de que la gente fingía amabilidad eso para él solo era una forma de verle la cara de idiota.
—Buen día señor Thomas, el señor Ferguson lo está esperando en...
—Sí, si, ya sé...—contestó cortante y avanzó. La asistente quedó absorta y apretó los labios viéndolo entrar a la oficina.
—Lo que tiene de guapo, lo tiene de Idiota—murmuró entre dientes.
Gael entró directo al piso indicado y abrió la puerta sin tocar.
Su manager ya lo estaba esperando.
—Llegas tarde —dijo sentado detrás de su escritorio.
—No soy tu empleado —respondió Gael, seco.
—Ojalá lo fueras —murmuró él, suspirando—, así me harías caso al menos una vez en tu vida.
Gael miró alrededor como buscando la respuesta a su llamada y esa reunión que a su parecer era innecesaria.
—¿Qué es esto?—cuestionó impaciente.
—Una solución.
—No tengo problemas—aclaró echándose en el asiento mientras que ponía los pies sobre su escritorio. Christian torció los ojos soltando un largo suspiro y se puso de pie abotonando su saco.
—Ese es exactamente el problema—expresó soltando una risa breve—, por eso me he visto en la obligación de buscar una solución para esto —continuó mientras avanzaba. Gael iba a responder algo sarcástico, pero pronto notó que no estaban solos en esa oficina, de hecho ni siquiera se había dado cuenta que esa mujer estaba ahí junto a la ventana de espaldas cuando entró a la oficina.
Y en ese momento de forma clara, la observaba intrigado.
Primero fue solo una presencia.
Alguien de pie cerca de la ventana, tranquila, observando la ciudad como si no estuviera involucrada en nada de lo que ocurría ahí dentro.
Cuando giró un poco la cabeza, Gael la notó bien. Alta, piernas largas, curvas donde deberían estar, mucha elegancia, pero a la vez una dureza que no parecía concordar con su excesiva belleza.
No era el tipo de mujer que pasaba desapercibida.
Por su puesto que no, ninguna mujer con ese porte podría ser invisible.Y eso le molestó más de lo que quiso admitir.
—No empieces —murmuró él sin quitarle los ojos de encima a ella—Ahora dime que rayos quieres de mí.
—No he empezado nada —respondió su manager—. Te he dicho que necesitamos resolver tu problema, y por eso he llamado a Artemis.
—No necesito una psicóloga que me diga: "y con eso como te sientes" ya hemos hablado de eso—contestó pedante y Artemis soltó una ligera risa, Gael la miro desconcertado como si no pudiera creer que esa mujer acababa de reírse de él.
Y dio un paso adelante.
Tranquila.
Segura.
—Gael Thomas —dijo ella, como si ya lo conociera de antes—No soy psicólogo, tampoco soy terapeuta para hacerte sentir mejor.
Él ladeó la cabeza.
—¿Entonces eres...?
—Artemis—hizo una pausa corta—Seré tu entrenadora—de nuevo hubo silencio y
luego, una risa.