El ala norte olía a sangre y a cera quemada. Morwen llevaba toda la noche junto a Ginebra, y lo único que podía hacer era permanecer cerca: vigilar que las sirvientas cumplieran su tarea sin descuido, asegurarse de que nadie en esa habitación fallara esta noche.
Las sirvientas trabajaban en silencio, cada una ceñida a su tarea con la concentración de quien sabe que un error aquí no se corrige después. Una retorcía el paño empapado sobre el cuenco; el golpe húmedo volvía cada vez que el paño se enfriaba, y Ginebra contaba los golpes, se aferraba a ese ritmo como otras mujeres se aferran a cualquier cadencia cuando el dolor no da tregua. Que contara todo lo que quisiera, mientras el cuerpo siguiera trabajando.
La voz de Ginebra se había consumido antes de que la segunda vela se apagara, convertida en jadeo ronco que le raspaba la garganta con cada exhalación, los labios partidos, la espalda se arqueaba y caía contra el jergón empapado. Tres velas consumidas ya. Demasiado tiempo para una primeriza, y la partera seguía sin hablar.
Morwen se arrodilló. Puso la mano abierta sobre el vientre, sintió la tensión subir y apretar bajo la piel, algo que empujaba desde adentro con una urgencia sin salida todavía. Esperó. Cuando la contracción cedió, retiró la mano despacio, se puso en pie y no miró a Ginebra a la cara porque había sentido dos cabezas.
El ala norte había sido elección de Merlín. Ginebra no lo había entendido entonces, en el calor de sus aposentos, con el verano todavía pegado a las piedras. Lejos del obispo y su incienso, lejos de las cortesanas que escuchaban detrás de las puertas: solo en ese silencio de escarcha y piedra vieja el pacto con las bestias del alba tendría alguna oportunidad. El dolor le bajó por la nuca hasta los hombros. Abrió la boca buscando aire. El ala norte se lo dio de golpe, un frío que cortaba al entrar, que le llenó los pulmones hasta las costillas. Con eso bastó.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta. No con los nudillos. Con el bastón: tres golpes secos y espaciados que resonaron en las losas. Morwen levantó la vista desde el rincón donde mantenía el brasero encendido y miró a la reina, a la espera.
Ginebra inclinó la cabeza hacia la derecha. Apenas. Morwen ya estaba en movimiento.
Cruzó la habitación y entreabrió la puerta lo suficiente para interponer su cuerpo entre el pasillo y el interior. El aire del corredor entró de golpe, por las costuras de la ropa y los huecos entre los dedos.
—El obispo —anunció Morwen en voz alta, para que la reina pudiera oír.
Ginebra no respondió. Cerró los ojos un instante y cuando los abrió el gesto ya estaba hecho: la cabeza apenas se inclinó hacia la derecha, un movimiento tan leve que solo Morwen sabía leer.
—La reina no puede recibir visitas, excelencia —dijo Morwen, sin moverse del umbral—. Los dolores son muy fuertes. Cualquier cosa que traiga, yo misma se la haré llegar.
Luego, los dedos del obispo aparecieron por la rendija con un pergamino enrollado en cinta de cera negra, el sello todavía caliente, recién fundido, preparado antes de que nadie lo pidiera.
—Para la reina —dijo la voz—. Es urgente.
Morwen tomó el pergamino sin rozarle los dedos, con ese cuidado deliberado de quien quiere que el gesto se vea y se entienda, y esperó hasta que los pasos del obispo se alejaron despacio por las losas antes de cerrar la puerta y volverse hacia Ginebra con el brazo extendido.
Ginebra lo tomó con los dedos que aún temblaban del último empuje, su abdomen se sacudía por oleadas sordas que no daban tregua, y lo abrió con la lentitud que impone el cuerpo cuando la mente quiere ir más rápido.
Las letras eran pocas. Inconfundiblemente claras:
«Arturo cabalga con sus hombres hacia las colinas de Caerleon. Los pictos han cruzado el río con antorchas y hachas. El rey no volverá antes de la luna menguante.»
Ginebra arrugó el pergamino entre los dedos hasta hacerlo una bola compacta y lo apretó hasta que la cera se le clavó en la palma. Las tres cartas sin respuesta. Los meses de silencio. Y este mensaje tan exacto y tan oportuno. Un rey no llega tarde por accidente; llega tarde porque alguien se asegura de que no tenga razones para llegar a tiempo. Pero el sello caliente, preparado antes de que nadie pidiera nada: eso era otra cosa. Eso significaba que el obispo sabía. Sabía que ella estaba de parto, sabía que había gemelos en el vientre. La pregunta no era cómo lo sabía. Era desde cuándo. Y, qué otra cosa sabía que ella todavía ignoraba.
Lo soltó sobre el jergón mientras la camisola de lino se le pegaba al vientre empapado y los músculos del abdomen se contraían en oleadas hasta las costillas.
—Empuje —ordenó la Pantera.
La voz de la anciana cortó el aire sin compasión. De palmas nudosas y uñas rotas por el trabajo, ella le hundía el brazo hasta el codo, buscaba, guiaba, mientras la otra mano, aferrada a la rodilla de la reina, le clavaba los dedos en la piel y forzaba la pierna a permanecer abierta, aunque los músculos del muslo temblaran con espasmos que le subían hasta la cadera.
Ginebra empujó con todo el cuerpo: los talones se clavaron en la paja, los dedos rasgaron los tallos húmedos, los tendones del cuello se marcaron bajo la piel. Un gruñido seco le salió de las entrañas. Solo presión. Solo fuerza bruta.