Afuera caía escarcha y el sirviente, con el cuello de la capa helado contra la nuca, tomó el conejo recién muerto, lo lavó con agua de lluvia recogida en barriles de roble, le cerró los párpados con la yema del pulgar y lo perfumó con resina de enebro. Lo envolvió en una mortaja de lino blanco. Las manos le temblaron cuando el hilo se enredó por primera vez, cuando los dedos buscaron el camino y no lo encontraron; tuvo que detenerse, buscar el nudo de nuevo, sin mirar hacia arriba. Ató los pliegues con cáñamo. Despacio. Apretó el nudo. Ginebra, desde el umbral, asintió apenas. El sirviente bajó los ojos al suelo y no los levantó.
El obispo irrumpió en el ala norte con el hisopo alzado, la mirada recorrió el bulto sobre la mesa de roble, luego el rostro de Ginebra, luego el lino otra vez, y se acercó con pasos que midieron la distancia como si el suelo pudiera ceder bajo un error de cálculo. Los dedos rozaron la tela antes de que pudiera detenerse. Ginebra se interpuso —no con palabras, sino con el cuerpo—, se plantó entre él y la mesa, las piernas la sostuvieron a duras penas bajo la túnica, el peso del parto todavía en las caderas, en las costillas, en cada parte de sí misma que había dado algo y no lo había recuperado.
—El frío del ala norte ya lo bendijo, padre —dijo—. Nada más puede hacerse sin romper el sello que protege al reino. Déjelo descansar.
El obispo detuvo el avance. Los dedos apretaron el borde de la mesa al retirarse, los nudillos blancos un instante. Luego soltó.
—Que el suelo lo reciba —murmuró.
El sirviente salió por el umbral principal con el bulto apretado contra el pecho. Era de noche. La nieve caía, y las antorchas del patio ardían en sus soportes de hierro, una tras otra a lo largo del muro, y el sirviente caminó de una a otra, se guió por esa cadena de fuegos pequeños, sin ir demasiado rápido ni demasiado lento, porque la velocidad también habla. El lino conservaba un calor que no debía estar ahí. Los habitantes del castillo lo observaron desde los umbrales sin hablar, los puños crispados sobre los mantos. Nadie preguntó.
Entonces Arturo apareció en lo alto de la escalera.
El sirviente lo vio. Siguió caminando, porque detenerse habría sido peor. Cada paso que lo acercó al rey le costó más que el anterior, el suelo entre ellos se hizo más corto sin que ninguno de los dos lo buscara; Arturo bajó despacio, se acercó sin decir nada, y apoyó la mano sobre el bulto —grande, pesado— e inclinó la cabeza. Sus labios se movieron en silencio. Mientras rezaba, la mano libre fue a buscar el pomo de la espada con ese gesto que los soldados hacen sin pensarlo cuando juran sobre los muertos. El sirviente lo vio. No respiró. Arturo retiró la mano, dio un paso atrás y apartó los ojos. El sirviente continuó andando sin volver la cabeza.
El bosque comenzaba donde terminaban las últimas antorchas, en el punto donde la nieve dejó de ser pisada. El sirviente se internó entre los árboles y contó los pasos desde el borde hasta el roble partido por el rayo. Allí se detuvo. Cavó primero con las manos, apartó la nieve, luego con el cuchillo del cinto rompió la tierra helada, los dedos se entumecieron hasta que dejaron de doler —que era peor que el dolor—. Cuando el hoyo tuvo profundidad suficiente, colocó el bulto con los dos brazos, despacio, con el mismo cuidado con que lo había cargado desde el castillo. Cubrió la tierra con capas de nieve hasta que la superficie quedó lisa, sin marca; tomó una rama caída y barrió sus propias huellas hacia atrás mientras retrocedía. No regresó por donde había venido. Rodeó el borde del bosque hacia el este, cruzó el arroyo helado por las piedras del vado y desapareció en la oscuridad con el cuello de la túnica manchado de tierra húmeda, la única marca que quedaba de él.
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Merlín salió del ala norte con el príncipe envuelto en lino. El cuerpo diminuto se movía apenas con cada respiración. Bajó por la escalera trasera hasta el pasadizo bajo la muralla sur —oculto tras enredaderas de hiedra negra, las hojas crujieron bajo sus botas con un sonido demasiado claro para esa hora— y en la oscuridad del patio su caballo lo esperaba. Montó con movimientos cuidadosos, apretó al niño contra su pecho hasta sentir el latido débil, y cabalgó al oeste.
Cabalgó toda la noche. La nieve le azotó la cara, el caballo resbaló sobre hielo oculto, y Merlín no aflojó los brazos: los codos cerraban el ángulo cada vez que el animal perdió pie y lo recuperó, el peso del niño se distribuyó contra su esternón como si la presión pudiera sustituir al calor.
La cabaña de Gareth y Helena humeaba en la distancia, luz amarilla en la ventana, y Merlín bajó del caballo con la torpeza de quien ha cabalgado horas, las rodillas no respondieron, los tobillos, de madera, y dio tres golpes en la puerta.
Gareth se incorporó de un salto y agarró el cuchillo de caza que guardaba bajo la almohada; al abrir y ver a Merlín en el umbral bajó el arma, aunque no la guardó. Helena no se movió de inmediato: permaneció entre las sábanas con los ojos fijos en la puerta, la mano buscó el cuchillo por el camino que los dedos conocían sin necesidad de mirar. Gareth abrió la puerta del todo. Merlín estaba en el umbral cubierto de escarcha hasta los hombros, los labios partidos, con algo envuelto en lino apretado contra el pecho.
—Merlín. ¿Qué ha ocurrido?
—Necesito entrar. Ahora, Gareth.
Gareth se apartó sin más preguntas. Merlín entró y dejó rastro de nieve derretida sobre las tablas del piso, colocó al niño sobre la mesa de roble, lo más cerca posible de las velas. Helena salió del dormitorio con una manta en los brazos y el pelo suelto sobre los hombros. Se detuvo al ver al bebé. Los ojos se fueron a Merlín y en ese instante leyó lo suficiente para no preguntar lo que ya sabía.