Mas Alla Del Ultimo Rey (sin editar)

LA SOMBRA DEL OBISPO

Pasaron cinco días antes de que el obispo Cerdic diera su primer paso. El invierno no cedió. El silencio del ala norte se había vuelto insoportable, una presencia física que se acumuló en los rincones como polvo, como ceniza, como todo lo que no se dice en voz alta y termina por ocupar el espacio de los vivos. Ginebra no había dormido, contó las exhalaciones de Gibeth hasta que las antorchas en el bosque sagrado rompieron la oscuridad del alba.

Desde la tronera vio las antorchas moverse entre los árboles, lentas, ordenadas, con esa deliberación que no es la de los cazadores sino la de quienes ya habían encontrado lo que buscaban y no tenían prisa porque el miedo trabaja por ellos. Los hombres cavaban con los guantes empapados de barro negro que les calaba entre los dedos hasta la piel, y el frío les trepaba por los huesos hasta la pelvis, pero nadie se detuvo. Sentían la mirada desde arriba.

Cerdic no se ensuciaba las manos. Permanecía envuelto en una capa negra tan pesada que los bordes se agitaban con el viento sin que él se inmutara, los ojos pequeños y hundidos bajo las cejas blancas siguieron a los soldados con la parsimonia de quien esperó décadas y aprendió que la paciencia es la única forma de poder que no se puede confiscar. El olor a incienso emanaba de él y compitió con el tufo a tierra removida y raíz podrida. Nadie hablaba. Solo el golpe de las palas. El jadeo. El crujido del hielo bajo las botas cuando alguien cambió el peso de un pie al otro.

—Excelencia. —La voz del capitán tembló. No era por el frío.

Cerdic no giró la cabeza.

—¿Qué hay bajo la tierra, capitán?

—Huesos, señor. Pero... no son humanos.

El obispo se volvió entonces con ese movimiento suave que tenía para todo —sin prisa, sin esfuerzo visible, como si el cuerpo le obedeciera a una velocidad distinta a la del resto de los hombres— y se acercó al hoyo y miró hacia abajo. Allí, entre el barro revuelto, yacía el esqueleto pequeño de un conejo. Las costillas frágiles brillaron bajo la luz gris. El hueso, blanco.

Cerdic sonrió.

—Un príncipe enterrado como bestia —murmuró—. O una bestia enterrada como príncipe. Alguien ha mentido a la Corona. Y quién miente a la Corona miente a Dios.

Se limpió una mota de polvo imaginaria de la manga. Un gesto lento. Nadie en el claro se movió mientras lo hacía.

—Traigan al sirviente. Al que llevó el bulto. —Una pausa breve, casi tierna—. Saben que su alma ya me pertenece.

No tardaron. Tres soldados lo encontraron en la posada del camino norte, bebía cerveza sin prisa, los ojos fijos en el fuego, ajeno a todo, o hacía el ajeno, que en ese momento era lo mismo. No entendió lo que ocurría hasta que le pusieron las manos encima. Entonces fue tarde.

Las mazmorras olían a humedad y hierro oxidado. El sirviente colgaba de las argollas con las puntas de los pies apenas rozando la tierra sucia, los ojos abiertos buscaron en la penumbra algo que no iba a aparecer, la baba le corrió por la comisura hasta manchar el pecho de la camisa con esa lentitud indiferente que tienen los líquidos cuando el cuerpo ya no puede ocuparse de ellos. Cada golpe en el vientre le vació los pulmones sin dejarle aire para gritar. Solo para sobrevivir al siguiente. No había nadie que fuera a buscarlo —eso lo supo desde antes de que lo colgaran, desde el momento en que oyó el nombre del obispo en boca del soldado y comprendió que ya no era un hombre sino una pregunta que alguien necesitaba responder. Las lágrimas le arrastraron la suciedad por las mejillas, se mezclaron con el moco y la sangre seca de un corte que nadie había limpiado.

—Por favor... —suplicó, la voz quebrada—. No sé nada. Enterré lo que me dieron.

Cerdic se acercó sin apresurarse. No llevaba armas. Llevaba un crucifijo de madera negra, pulido por el uso, frío siempre, y lo tomó con dos dedos y lo acercó al rostro destrozado del hombre con la delicadeza con que se sostiene algo sagrado o algo frágil, que para él eran la misma cosa.

—Mientes —dijo.

El tono era suave. Casi paternal. El sirviente dejó de sollozar un instante, como si la suavidad fuera peor que el golpe, y lo era.

—No me mientas, hijo. Mientes al Cielo. Y el infierno no es fuego, como creen los ignorantes: el infierno es frío, es la soledad eterna de un alma que sabe que fue rechazada y no puede hacer nada, absolutamente nada, para deshacer lo que hizo.

El sirviente sacudió la cabeza. Los ojos se le iban hacia atrás.

—La reina... la reina ordenó...

Cerdic levantó la mano. El guardia se detuvo.

El obispo se acercó despacio al sirviente, hasta que su aliento le rozó la frente. Cuando habló, la voz había recuperado toda su suavidad.

—¿La reina ordenó? —repitió—. Qué interesante, hijo. Cuéntame exactamente qué ordenó la reina.

El sirviente abrió la boca. Los dedos se cerraron sobre nada. Sus rodillas cedieron un momento antes de que las argollas lo sostuvieran.

—No sé nada más. Solo que me dieron el bulto y me dijeron dónde llevarlo.

La suavidad desapareció.

—¿Quién te lo dio? ¿Quién te habló en nombre de la reina? ¡Habla, o tu carne será comida por las ratas antes de que tu alma llegue al juicio!




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