Mas Alla Del Ultimo Rey (sin editar)

ANTES NI DESPUES

El martillo de Gareth llevaba tres horas en el mismo ángulo cuando el grito de Helena atravesó el aire. Soltó la herramienta, cruzó el umbral de la herrería con las manos negras de hollín —dos hombres lo esperaban— y el primero le metió el codo en la garganta antes de que pudiera ver la cara del segundo. El golpe lo mandó de rodillas al barro. Intentó levantarse. El segundo lo agarró del pelo.

Lo arrastraron por el patio, las rodillas abrieron surcos en la tierra mojada, el grito de Helena llegaba desde algún lugar que todavía no podía situar. Lo tiraron a su lado.

Helena estaba de rodillas con los brazos retorcidos hacia atrás; un hombre detrás de ella los sujetaba por las muñecas con todo el peso del cuerpo. Tiraba hacia adelante sin cesar, los hombros forzados, los pies empujaban contra el barro sin encontrar dónde afirmarse. Desde el interior de la casa llegaba el llanto de Isabella, agudo y continuo, sin pausa para respirar.

—¡Isabella! —Helena tiró con tanta fuerza que el hombre que la sujetaba tropezó medio paso—. ¡Gareth! ¡Isabella está adentro!

Gareth intentó levantarse. Recibió una bota en las costillas y el aire salió de golpe. Escupió barro. Las llamas empezaban por la ventana del cuarto; la madera seca ardía con una rapidez que no dejaba margen, el humo negro salía en bocanadas espesas mientras el llanto de Isabella lo atravesaba todo —más alto que el crepitar de la madera, más alto que los golpes, más alto que cualquier cosa.

Se arrastró hacia Helena. Alguien le pisó la mano con todo el peso del cuerpo; los huesos crujieron sin romperse, pero el dolor lo clavó al suelo. Desde ahí vio a uno de los hombres salir de la casa, la caja de herramientas en los brazos, los documentos enrollados, la bolsa del dinero guardada bajo el tablón flojo. Metódico. Sabía exactamente dónde buscar.

—Por favor —dijo Gareth—. Hay una niña adentro. Déjenme entrar. Solo eso. Solo dejen que saque a mi hija.

El hombre que sostenía los documentos no levantó los ojos.

Las llamas alcanzaron el techo. La madera cedió con un sonido sordo y profundo; una columna de chispas subió al cielo que comenzaba a oscurecerse, y el llanto de Isabella se cortó.

Uno de los hombres se detuvo.

Se quedó inmóvil un momento —la caja de herramientas todavía en los brazos, los ojos fijos en la puerta que ardía—, y luego la soltó. Nadie le dijo nada a tiempo. Cruzó el umbral con el antebrazo contra la cara, y el humo lo cubrió.

Los otros sajones no se movieron.

Helena dejó de forcejear. Se quedó inmóvil de golpe, los brazos todavía retorcidos hacia atrás, los ojos fijos en la puerta que ardía, la espalda tensa contra el hombre que la sujetaba —que tampoco se movía, que respiraba encima de ella y no decía nada. Gareth levantó la cabeza desde el suelo. El fuego seguía. Las vigas crujían. Nadie habló.

El hombre salió dos minutos después.

Salió tosiendo, con la ropa chamuscada en el hombro derecho, y la tela del pecho enrollada hacia adentro formaba una especie de cuenco. Dentro estaba Isabella. Se acercó a Helena y se lo puso en los brazos. Luego sus ojos se posaron en los de ella.

—Lo siento —dijo.

Miró a Gareth. Solo un momento. Luego los otros sajones lo tomaron por los brazos y se lo llevaron a la fuerza sin que él opusiera resistencia, y Gareth no forcejeó tampoco, sino que alzó la barbilla un dedo —el tiempo justo para que Helena viera la línea de su mandíbula tensada hacia adentro, hacia el cuello, como quien recibe un golpe. Los hombres se fueron cuando ya no quedaba nada que tomar.

Helena bajó los ojos hacia Isabella.

La niña respiraba: los ojos cerrados, los dedos se movieron una vez, buscaron. Helena los tomó entre los suyos y apretó mientras el pecho de la bebé subía y luego bajaba más despacio, y luego subía una vez más —despacio, despacio—, y el peso del cuerpo pequeño contra su brazo fue lo último que cambió antes de que no cambiara nada más.

No soltó los dedos.

Gareth se arrastró hasta ellas. Se arrodilló en el barro, apoyó la frente contra la tierra fría y no la levantó.

****

Esa misma noche, mientras Isabella todavía estaba con ellos, Gareth entró a la casa y abrió el cofre del fondo. La espada llevaba años colgada allí, desde la última campaña, desde el juramento de no volver a usarla. No la limpió. La envainó como estaba —con la sangre seca de otro tiempo todavía en la guarda— y empezó a preparar el caballo en silencio.

Helena salió al umbral con los brazos cruzados sobre el pecho. No preguntó dónde iba. No preguntó cuándo volvía. Se quedó en el marco de la puerta mirándolo ensillar, y cuando Gareth terminó y fue a pasar junto a ella, ella le puso una mano en el pecho, una sola vez, sin presionar, y la retiró.

Gareth montó y salió sin mirar atrás.

Los encontró antes del mediodía del día siguiente, en el cruce del camino viejo que bajaba hacia el río, donde el grupo había acampado la noche sin apuro, convencidos de que no había nadie detrás. Gareth los contó desde el borde del bosque. Siete. Cuatro dormían todavía, dos junto al fuego, uno apartado que reconoció por la ropa chamuscada en el hombro derecho.

Esperó.




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