El sol de mediodía castigaba el camino de tierra y le quemaba la nuca a Gareth. Williams iba sobre sus hombros, las manos aferradas a su frente, la cabeza giraba de un lado al otro sin perderse nada, el polvo se metía entre los dedos descalzos con cada paso que su padre daba sobre la tierra seca. El peso del niño era pequeño, cálido, una confianza sin matices, y le pesaba en la conciencia más que cualquier espada. Habían ido al mercado por clavos y cuero para las riendas, una tarea mundana que ocultaba una verdad peligrosa, y Williams mordisqueaba un pan duro con mandíbulas que aún no terminaban de crecer, las migas le caían sobre la túnica basta.
Una vibración ascendió por las suelas de Gareth, ruedas de madera pesada sobre roca, el resoplido húmedo de caballos cansados. Giró la cabeza con la lentitud calculada de quien ha aprendido a no mostrar pavor. Una carreta negra venía desde el este, flanqueada por dos guardias cuyas túnicas olían a incienso rancio y cera vieja. Conocía esas túnicas. Conocía ese tufo. La carreta se detuvo cuando el obispo lo reconoció, y Cerdic inclinó la cabeza desde el asiento, los labios se curvaron sin calor, el gesto de un hombre que acostumbra ser reconocido y que espera, además, que ese reconocimiento cueste algo. Gareth sostuvo su postura, apretó la mano de Williams hasta que el niño alzó la vista, confundido, soltó la mano y le posó la palma sobre el hombro. Presionó.
—Quédate quieto. No digas nada.
Williams asintió sin entender, tragó el resto del pan. La carreta había chirriado al detenerse, los ejes necesitaban grasa, el polvo flotaba en el aire denso como algo vivo. Uno de los guardias desmontó con un movimiento fluido, abrió la portezuela, y una mano pálida, cargada de anillos que brillaron demasiado bajo el sol, se extendió desde dentro antes de que bajara el obispo Cerdic: alto, delgado de una manera que no era constitución sino costumbre de nunca comer lo suficiente para parecer mortal, la túnica negra le colgaba de los hombros como ropa sobre un clavo. Los ojos pequeños y hundidos trabajaban con el cálculo de quien cuenta monedas mientras bendice a los pobres, y cuando las pupilas se posaron en Gareth y la cabeza se ladearon, la sonrisa torcida que le partió la boca mostró dientes manchados de vino.
—Gareth. Gareth el Fiel. ¿Cuántos años, querido amigo? El tiempo no ha sido amable contigo.
Gareth no sonrió. Inclinó la cabeza apenas, lo suficiente para no ser descortés, no tanto como para parecer sumiso, la espalda recta y los músculos tensos bajo la tela gruesa. El olor a ceniza quemada persistía en su memoria, tres días de distancia, el mismo sol que ahora le quemaba la nuca había iluminado el humo negro sobre el valle, y apretó los dientes hasta que el dolor en la mandíbula le devolvió el presente.
—Obispo Cerdic. El tiempo pasa para todos por igual.
El obispo se acercó. El olor a incienso y vino agrio llegó con él, demasiado cerca, demasiado deliberado. Gareth contuvo el impulso de retroceder, mantuvo los pies firmes en el polvo caliente.
—Escuché de tu desgracia. Sajones, ¿verdad? Quemaron tu granja. Te quitaron todo. Una tragedia común en estos tiempos de caos. —Hizo una pausa, la dejó caer—. También murió tu hija en ese incendio, ¿cierto? ¿Cómo se llamaba?
Gareth tardó un instante en responder. El nombre pesaba en la lengua.
—Isabella.
El obispo inclinó la cabeza con una lentitud estudiada, la misma lentitud de quienes han convertido el fingir en hábito.
—Isabella. Que Dios tenga su alma. Reza por ella, Gareth. La oración consuela lo que el tiempo no puede.
—Gracias, obispo —dijo Gareth. La voz le salió plana, sin gratitud.
—Así es. Pero seguimos vivos. La tierra nos da lo necesario.
El obispo asintió con la parsimonia de quien nunca ha perdido nada y tampoco imagina que pueda perderlo.
—La misericordia del Señor es infinita. Aunque su justicia —otra pausa, más cargada— es implacable. Me sorprende, sin embargo, que no hayas buscado el amparo de la Iglesia en tu hora más oscura. La casa del Señor siempre está abierta para los que cargan con el pecado.
Gareth lo miró. Sabía lo que había debajo de esas palabras: no una oferta, sino una trampa, una invitación a confesar, a doblar la rodilla, a poner el cuello donde el obispo pudiera verlo con comodidad.
—Estoy perdonado, obispo.
Cerdic enarcó una ceja, leve, casi imperceptible.
—¿Sin pasar por la Iglesia? Qué curioso camino el tuyo, Gareth.
—Mi Dios me acompaña. No necesito intermediarios para encontrarlo.
El obispo dejó de sonreír. No del todo, pero lo suficiente para que el cambio fuera visible: una tensión nueva en los músculos de la cara, algo se endureció detrás de los ojos como agua que empieza a helar.
—Cuidado con tus palabras, viejo amigo. No quisiera pensar que estás contra la Iglesia. Ese es un camino con pocas salidas.
—No estoy contra nadie, obispo. —La voz de Gareth salió sin bordes—. Solo creo de otra manera.
Cerdic lo estudió un momento, buscó fisura, debilidad, algo a lo que aferrarse, y no encontró nada. Gareth le sostuvo las pupilas sin esfuerzo, sin desafío tampoco, con la serenidad de un hombre que ya decidió hace mucho tiempo qué terreno pisa. El obispo exhaló despacio. Una sonrisa nueva, más pequeña, más fría, le cruzó los labios, bajó la vista hacia Williams, y antes de que esos ojos se clavaran en el niño, antes incluso de que el gesto llegara a su término, el peso del aire cambió y Gareth posó la mano sobre la cabeza de Williams. Un movimiento involuntario. El cuerpo se interpuso antes de que el pensamiento lo ordenara.