Me llamo Renata, tengo 26 años y me encanta el diseño gráfico. Trabajo en una agencia de marketing y publicidad, y ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.
Un día cualquiera, cuando llegué a la agencia, nuestro jefe apareció diciendo que necesitaba hablar con todo el equipo. Pero antes de hacerlo, nos anunció que iríamos a una cena. Quedamos todos confundidos, ya que nunca nos llevaba a comer.
Mientras nos mirábamos entre nosotros, comenzaron los susurros. Algunos decían que el jefe iba a presentar a alguien nuevo, alguien que supervisaría varios proyectos importantes.
Y sin saberlo, ese día estaba a punto de cambiarlo todo.
Llegamos al restaurante con mi amiga virginia y vimos que el director reservó un restaurante grande, de esos donde las risas suenan huecas y las copas brillan demasiado.
Éramos todo el **equipo de marketing**: creativos, ejecutivos, diseñadores. Nadie entendía por qué tanta formalidad para una simple bienvenida.
Yo me senté al final de la mesa.
Y entonces la vi.
Esa chica entró junto al director.
No caminaba detrás de él.
Caminaba **a su lado**.
Las conversaciones se apagaron apenas unos segundos. Lo suficiente para que mi estómago se cerrara.
Ella estaba igual. Demasiado igual.
—Bueno, chicos —dijo el director con una sonrisa medida—. Quería que comenzáramos este proyecto como corresponde.
Valentina tomó asiento frente a mí, separada solo por platos y copas.
No me miró de inmediato.
Como en el colegio.
—Les presento oficialmente a Valentina Valdés —continuó—. Ella supervisará el proyecto junto al equipo creativo.
Ahí algunos entendieron.
Otros ya lo sabían.
Yo levanté la vista justo cuando ella me miró por primera vez.
Fue un choque silencioso.
Nada amable.
Nada neutral.
—Renata, ¿cierto? —dijo ella, en voz profesional, como si no me conociera.
Como si no hubiera pasado nada entre nosotras.
—Sí —respondí—. Mucho gusto.
Mentí con elegancia.
Las conversaciones volvieron poco a poco. Risas, comentarios sobre la ciudad, el vino.
Pero entre nosotras, el aire estaba tenso.
—¿Trabajaron juntas antes? —preguntó alguien desde el otro lado de la mesa.
El director respondió antes que cualquiera:
—Se conocen desde hace años.
Valentina tensó la mandíbula.
—Del colegio —aclaró ella.
—Ah —dijo alguien—. Qué chico es el mundo.
Yo apreté la copa con fuerza.
—Sí —respondí—. Demasiado.
El director golpeó suavemente su copa para llamar la atención.
—Justamente por eso los invité a todos —dijo—. Quiero que lo sepan desde hoy: este proyecto es prioridad absoluta.
Hizo una pausa.
—Y he decidido que Valentina y Renata trabajen juntas liderando la parte creativa y estratégica.
Las miradas volaron.
Algunos sonrieron.
Otros observaron con curiosidad.
Yo sentí el peso caerme encima.
Valentina me miró de reojo. Esta vez sin máscara.
—Será un desafío —dijo ella.
—Siempre lo es —respondí—. Cuando el pasado no se queda atrás.
El director no escuchó… o fingió no hacerlo.
—Confío en ustedes —concluyó—. Y espero que esta cena sirva para dejar cualquier diferencia fuera del trabajo.
Fuera del trabajo.
Como si fuera posible.
Cuando la cena avanzó y el ruido aumentó, Valentina se inclinó apenas hacia mí y susurró:
—No sabía que ibas a estar aquí.
La miré por primera vez sin disimular.
—Yo tampoco sabía que ibas a ser imposible de evitar otra vez.
No respondió.
Solo levantó su copa.
Brindamos con sonrisas falsas, rodeadas de gente, aplausos y risas que no nos pertenecían.
Y entendí algo con claridad dolorosa:
No solo nos habían reunido.
Nos habían puesto en exhibición.
Y esta vez, no había forma de escapar.