La puerta del restaurante se cerró detrás de nosotras con un sonido seco.
El murmullo del equipo quedó adentro, mezclado con risas falsas y copas chocando.
Afuera, la noche era fría.
El grupo empezó a dispersarse: algunos llamaron taxis, otros encendieron cigarrillos, alguien bromeó sobre el vino.
Yo caminé unos pasos para alejarme.
Valentina me siguió.
—Renata —dijo, sin levantar la voz.
No me detuve.
—No es un buen momento —respondí.
—Nunca lo es contigo —replicó.
Me giré de golpe.
—¿Conmigo? —pregunté, incrédula—. Tú apareces después de años, te sientas frente a mí como si nada, y ¿soy yo el problema?
Ella apretó la mandíbula, cuidando que nadie escuchara.
—No te sentaste ahí por casualidad —dijo—. Tampoco yo.
—Claro que no —respondí—. Tu padre se encargó de eso.
Valentina bajó la mirada un segundo.
—No empieces con eso.
—¿Con la verdad? —me acerqué un poco—. En el colegio me ignorabas. Hoy me das órdenes. No cambió tanto el guion.
—No te doy órdenes —dijo, tensa—. Y no sabes nada de lo que pasó entonces.
—Lo sé todo —respondí—. Sé lo que duele ser invisible.
Hubo un silencio pesado. El vapor de nuestras respiraciones se cruzó en el aire.
—No fue por desprecio —murmuró Valentina—. Fue por miedo.
Solté una risa corta.
—Siempre tienes una excusa elegante.
Ella dio un paso más cerca. Demasiado.
—¿Crees que es fácil crecer siendo la hija de alguien que nunca está conforme? —susurró—. ¿Crees que no aprendí a esconderme?
—Yo no podía esconderme —dije—. A mí me veían… solo para pasar de largo.
Un auto pasó, rompiendo el momento. Desde la puerta, alguien gritó nuestros nombres.
—Nos están esperando —dijo Valentina.
Asentí.
—Sí —respondí—. Y mañana también. Y pasado.
Me giré para irme, pero su voz me detuvo una última vez.
—No quiero que esto sea una guerra.
La miré por encima del hombro.
—Entonces no actúes como si siempre tuvieras el poder.
Nuestros ojos se encontraron otra vez.
Rabia. Dolor. Algo más, peligroso.
Caminamos de regreso al grupo en silencio.
Lado a lado.
Sin tocarnos.
Y aun así, demasiado cerca.