Al llegar a mi casa, no podía creer lo que estaba pasando.
Valentina… ¿por qué tenías que aparecer justo ahora?
Yo estaba feliz, sanando lo que rompiste, reconstruyéndome poco a poco… y de pronto vuelves.
Valentina y yo fuimos compañeras de colegio.
Ella era la popular.
Yo, la menos popular. La rara.
Empezamos a hablar por un trabajo escolar y, sin darme cuenta, comenzamos a juntarnos cada vez más. Me hacía sentir vista, importante. Pero entonces pasó algo que lo cambió todo.
Comenzaron a circular rumores. Decían que yo era bisexual.
Y de pronto todos me miraban distinto, como si hubiera algo mal conmigo. Nunca entendí por qué. Vivimos en un mundo nuevo, ¿qué importa si te gustan los hombres o las mujeres? Eso no debería definir quién eres.
Mientras los rumores crecían, Valentina se fue alejando.
Le pregunté muchas veces si estaba bien, si estaba molesta conmigo, si había hecho algo mal. Pero ella solo me ignoraba.
Si soy sincera, en ese tiempo me enamoré profundamente de ella.
Y eso me confundía aún más, porque a veces me daba señales de que yo también le gustaba… pero luego se besaba con chicos frente a mí. Me trataba como algo importante y después me soltaba, como si no significara nada.
No la entendía.
Y esa incertidumbre me estaba rompiendo.
Una vez, en la biblioteca, terminó de romperme el corazón.
### Recuerdo
La biblioteca estaba casi vacía.
Solo se escuchaba el tic-tac del reloj viejo y el suave roce de las páginas al pasar.
Yo estaba sentada al fondo, como siempre.
Cuaderno abierto. Lápiz entre los dedos. Fingiendo concentración.
Sentí su presencia antes de verla.
Valentina no hacía ruido al caminar, pero el ambiente cambiaba cuando entraba a un lugar.
Se detuvo frente a mi mesa.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla.
Levanté la vista y asentí.
Se sentó. Demasiado cerca.
Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa y contuve la respiración.
Durante unos segundos no pasó nada.
Ella no miraba los libros.
Me miraba a mí.
—Me estás mirando distinto —dijo al fin.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—No sé de qué hablas —respondí.
Apoyó los codos sobre la mesa.
—Sí lo sabes.
El silencio cayó pesado.
Tragué saliva.
—No quiero incomodarte —susurré—. Yo solo…
No terminé la frase.
Valentina se inclinó un poco hacia adelante.
No lo suficiente para tocarme.
Lo suficiente para intimidarme.
—No hagas eso —dijo—. No conmigo.
Bajé la mirada hacia mis manos temblorosas.
—¿Eso qué? —pregunté en voz baja.
Apretó la mandíbula.
—Mirarme como si esperaras algo.
Cerré los ojos un segundo.
Cuando los abrí, decidí no huir.
—Me gustas —dije—. No era mi intención decirlo así, pero… me gustas.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotras.
Valentina se levantó de golpe.
La silla raspó el suelo y el bibliotecario nos miró desde lejos.
—Olvídalo —dije, herida.
Alcé la vista.
—Valentina…
—No —me interrumpió—. No me pongas en esta posición.
No gritó.
No insultó.
Solo cerró el rostro, como una puerta.
Tomó su mochila y se fue sin mirar atrás.
Yo me quedé sola.
El reloj siguió avanzando.
Las páginas siguieron pasando en otras mesas.
Cerré el cuaderno.
Desde ese día me ignoró el doble, hasta nuestra graduación.
Ahí se acercó a mí… pero yo la ignoré.
Porque lloré demasiadas noches por ella.
Porque nunca supe si fui alguien importante…
o solo su juguete.