Más cerca de lo que imaginas

Tranquilidad

Al volver a la oficina me sentí más tranquila. Habíamos hecho un poco las paces y eso me calmaba. Fui a la sala de ideas y la encontré sola, escribiendo en la pizarra.
—¿Qué haces? —le pregunté, intentando sonreír.
—La propuesta. ¿Te acuerdas de lo que hiciste en la tablet? —dijo—. Estaba bien, pero faltaba algo. Mientras lo pensaba, me di cuenta de que podríamos agregar esto y así ganar a la empresa. Mira.
Se giró y comenzó a explicarme, señalando la pizarra.
—Sí, tienes razón —admití—. Faltaba eso… pero también podríamos agregar esto otro.
Nos pusimos a trabajar juntas y, sin darnos cuenta, pasó la hora.
—Se nos pasó el tiempo —dijo ella, mirando el reloj.
—Sí —respondí sonriendo—. Me voy a casa, estoy cansada.
—Te llevo —dijo de inmediato.
—No te preocupes, pido un Uber —contesté, para no molestarla.
—Yo te llevo, vamos —insistió, tomando suavemente mi muñeca.
No discutí.
Llegamos al auto y me subí.
—¿Sabes? —dijo mientras manejaba—. Me acordé de cuando una vez te caíste del columpio.
—¡Qué vergüenza! —respondí riendo—. Sí, me acuerdo…
Empezamos a conversar. Reímos. Hubo miradas largas, silencios cómodos. Pero sabía que no iba a pasar nada. Quería verla solo como compañera de trabajo… o al menos eso me repetía.
Cuando llegué a casa, me acosté.
Y antes de dormir, pensé en lo extraño que era sentirse en paz con alguien que, durante tanto tiempo, fue una herida.




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