Los días siguientes fueron tranquilos. Demasiado.
Valentina y yo trabajábamos bien, sin roces, sin silencios incómodos. Solo ideas, café y tardes largas frente a la pantalla.
Hasta que apareció **Sofía**.
Sofía era nueva en el área digital. Creativa, directa, con una sonrisa que no pedía permiso. Desde el primer día noté cómo me miraba, cómo buscaba sentarse cerca de mí en las reuniones, cómo encontraba cualquier excusa para hablarme.
Al principio no le di importancia.
Pero Valentina sí.
Una tarde, mientras revisaba unos bocetos, Sofía se apoyó en mi escritorio.
—Oye, Renata —dijo—, ¿me ayudas con esto después del trabajo? Podríamos ir por un café.
Antes de que respondiera, sentí una presencia a mi lado.
—Renata ya está ocupada —dijo Valentina, sin mirarla—. Tenemos que cerrar la propuesta hoy.
Levanté la vista, sorprendida.
—Valentina, yo—
—Después vemos lo tuyo, Sofía —interrumpió, con una sonrisa tensa.
Sofía me miró, divertida.
—No sabía que tenías agenda tan llena —dijo—. Será otro día.
Se fue, pero antes de hacerlo me guiñó un ojo.
Valentina no dijo nada.
Pero su mandíbula estaba tensa.
Más tarde, en la sala creativa, no aguanté más.
—¿Te pasa algo? —le pregunté.
—No —respondió rápido—. ¿Por qué?
—Porque no tienes que hablar por mí.
Se giró.
—No me gusta cómo te mira —dijo, sin rodeos.
Me quedé en silencio.
—No tienes derecho a ponerte celosa —respondí al fin—. No somos nada.
Eso fue lo que más le dolió.
—Lo sé —dijo bajando la voz—. Y eso es lo peor.
No supe qué decir.
Desde ese día, Sofía lo intentó más.
Y Valentina… dejó de fingir que no le importaba.
Y yo quedé justo en medio, preguntándome desde cuándo había vuelto a ser tan fácil perder el control.