Más cerca de lo que imaginas

Aeropuerto

El aeropuerto estaba lleno.
Valentina y yo hicimos el check-in sin cruzar palabra. Caminamos una al lado de la otra, demasiado cerca para ignorarnos y demasiado lejos para tocarnos. En el avión, el destino se burló de nosotras: asientos juntos.
Ventana para ella.
Pasillo para mí.
Perfecto.
Me acomodé sin mirarla. Saqué los audífonos y fingí interés en el celular. El avión comenzó a rodar y el ruido de los motores llenó el silencio que habíamos construido.
—Renata… —dijo Valentina en voz baja.
No respondí.
—No voy a insistir —continuó—. Solo quiero que el viaje sea profesional.
Asentí, sin mirarla.
—Eso es lo que quiero yo también —dije.
Mentí.
Durante el despegue, el avión se sacudió levemente. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba. Nunca me gustaron los aviones. Valentina lo notó.
Sin pedir permiso, estiró la mano y tomó la mía.
—Tranquila —susurró—. Ya pasó.
Por un segundo no la solté. Su mano seguía siendo un lugar conocido. Seguro.
Luego reaccioné y la retiré despacio.
—Estoy bien —dije, más fría de lo que quería.
Valentina miró por la ventana. Apretó la mandíbula.
—No quise incomodarte.
—Lo sé.
El silencio volvió.
Horas después, cuando las luces del avión se apagaron, sentí su respiración calmada. Dormía. Yo no. Miré su perfil iluminado por la luz tenue y pensé en lo injusto que era querer a alguien que siempre llega tarde.
Cerré los ojos.
Pero Miami se acercaba.
Y con él, todo lo que había evitado sentir.




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