Miami nos recibió con aire húmedo y luces que no parecían dormir nunca. El taxi avanzó en silencio mientras yo miraba por la ventana, intentando ordenar mis pensamientos. Valentina revisaba su celular, pero sabía que estaba tan tensa como yo.
El hotel era enorme, elegante, con música suave y gente entrando y saliendo como si nada importante estuviera ocurriendo. Para mí, todo pesaba demasiado.
En recepción, el recepcionista tecleó unos segundos y luego levantó la vista
—Tenemos una habitación reservada para ustedes.
Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Una? —pregunté rápido.
Valentina también lo miró.
—Sí —confirmó él—. Cama king. Vista al mar.
Valentina aclaró la garganta.
—Debe haber un error.
El recepcionista sonrió con amabilidad.
—Es la reserva enviada por su empresa. Si desean cambiarla, puedo revisarlo mañana.
Asentí sin fuerzas.
Subimos en el ascensor sin decir palabra. El reflejo en el espejo mostraba dos personas tranquilas por fuera… y completamente desordenadas por dentro.
Al llegar a la habitación, la puerta se abrió revelando un espacio amplio, con una cama enorme al centro y una ventana que dejaba ver el océano iluminado.
—Puedo dormir en el sillón —dije de inmediato.
—No hace falta —respondió Valentina—. Podemos poner almohadas en medio.
Solté una risa nerviosa.
—Como si eso fuera a solucionar algo.
Nos miramos por unos segundos. Luego ambas desviamos la mirada.
Dejé mi maleta junto a la puerta y fui directo al baño. Necesitaba aire. Agua fría. Distancia.
Pero mientras me miraba al espejo, entendí algo:
no importaba la habitación, ni la cama, ni Miami.