Después de arreglarnos, decidimos salir a explorar el hotel, ya que al día siguiente sería la presentación con la empresa. Queríamos despejar la mente.
Valentina y yo fuimos a la piscina. Ella se metió primero al agua y yo me quedé observándola desde el borde.
*¿Cómo puede ser tan hermosa?* me pregunté en silencio.
Al final entré yo también. Nadábamos sin decir mucho, hasta que, sin querer, chocamos. Nos quedamos quietas, flotando frente a frente. Nuestros ojos se encontraron y el mundo pareció detenerse.
Me acerqué sin pensar. Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón. Quería besarla. Lo sentía en cada latido.
Pero justo cuando estaba a punto de pasar, Valentina se apartó.
—Estás con Sofía —dijo con suavidad—, y lo respeto. Solo quiero que trabajemos bien.
Intentó sonreír.
Yo asentí, aunque algo dentro de mí se apretó.
Salimos de la piscina, nos cambiamos y fuimos a cenar. Durante la comida hablamos solo de trabajo. El ambiente se volvió más tranquilo, incluso ligero. Tiramos algunos chistes, reímos un poco… todo parecía estar bien.
Y eso me alegraba.
Pero aun así, no podía dejar de pensar en el momento de la piscina.
En lo cerca que estuvimos.
Y en lo lejos que decidió ponerse.
Porque a veces, lo que más duele no es el rechazo…
sino el autocontrol.