La habitación estaba en silencio cuando volvimos. Solo se escuchaba el murmullo lejano de la ciudad entrando por la ventana entreabierta y el sonido del aire acondicionado.
Valentina dejó su bolso sobre la silla y se sentó en el borde de la cama. Yo fui directo al baño, necesitaba un momento a solas. Me miré al espejo y suspiré. Todo el día había sido una prueba de autocontrol.
Cuando salí, ella ya estaba acostada, del lado de la ventana, mirando el techo.
—Buenas noches —dijo en voz baja.
—Buenas noches —respondí, apagando la luz principal.
Me acosté en mi lado, dándole la espalda. La cama era demasiado grande… y aun así sentía su presencia demasiado cerca. Cada pequeño movimiento se notaba. Cada respiración.
—Renata —susurró de pronto.
—¿Sí?
Hubo una pausa.
—Gracias por hoy. Por mantener las cosas tranquilas.
Cerré los ojos.
—Es lo mejor —dije—. Para las dos.
—Lo sé.
El silencio volvió a caer, pero ya no era incómodo. Era denso. Pesado.
En algún momento, sin darme cuenta, me giré. Ella también. Quedamos frente a frente, separadas por apenas unos centímetros. No nos tocábamos. No hacía falta.
—Buenas noches —repetí, más suave.
Valentina me miró unos segundos más, como si quisiera decir algo… pero no lo hizo. Solo asintió y cerró los ojos.
Yo tardé mucho más en dormir.
Porque estaba ahí, tan cerca, respirando el mismo aire…
y aun así, tan lejos.
Y entendí que la noche no dolía por lo que pasó,
sino por todo lo que pudo pasar y no pasó.