El despertador sonó demasiado pronto.
Abrí los ojos y por un segundo olvidé dónde estaba. Luego recordé: Miami. El hotel. La presentación. Valentina.
Ella ya estaba despierta, sentada en la pequeña mesa junto a la ventana, revisando el computador. Tenía el cabello recogido de cualquier forma y una taza de café en la mano.
—Buenos días —dijo sin mirarme.
—Buenos días.
Me levanté despacio y fui al baño. El agua fría me ayudó a despejar la cabeza. *Concéntrate*, me repetí. *Es solo trabajo.*
Cuando salí, Valentina ya tenía todo ordenado: carpetas, tablet, apuntes. Siempre fue así. Meticulosa. Responsable. Admirable… y peligrosa para mi corazón.
—Repasemos una vez más la parte final —dijo—. Es la más importante.
Asentí y nos sentamos una frente a la otra. Hablamos con claridad, sin interrupciones. Cuando una se trababa, la otra completaba la idea. Funcionábamos bien. Demasiado bien.
—Si preguntan por el impacto digital —comenté—, podemos mostrar los datos comparativos.
—Ya los dejé listos —respondió—. Confío en ti para explicarlos.
La miré, sorprendida.
—Gracias.
—Siempre confié en ti —dijo, sin pensarlo.
El silencio se instaló.
Valentina bajó la mirada, como si se hubiera arrepentido de decirlo.
—Renata… —empezó—. Pase lo que pase hoy, quiero que sepas que estoy orgullosa de ti.
Sentí un nudo en la garganta.
—Lo mismo digo —respondí—. Hagámoslo bien.
Nos levantamos casi al mismo tiempo. Tomamos nuestras cosas y salimos de la habitación.
En el ascensor, mientras descendíamos, nuestras miradas se cruzaron en el espejo. No había reproches. No había celos.
Solo dos personas a punto de enfrentarse a algo importante…
y a todo lo que habían evitado sentir.