A lo largo de mi juventud, incluso antes de concluir la escuela primaria, siempre hubo una idea rondando mi mente. El amor, al menos de manera romántica, no es para mí.
Nunca tuve la fantasía de crear una familia; esposa e hijos eran conceptos totalmente indiferentes para mí y, sin embargo, todo eso cambió poco después de cumplir diecisiete años. Cuando apareciste en mi vida.
Puedo recordar la primera vez que te vi con tanta claridad que difícilmente parece haber ocurrido hace trece años. En mi alma y memoria se siente como si hubiera ocurrido apenas ayer.
Yo estaba con mis amigos en el lugar en el que siempre nos juntábamos, todo transcurría como de costumbre hasta que un alboroto inusual en el grupo llamó mi atención.
La mayoría de quienes ahí nos reuníamos estaban rodeando a alguien con un particular interés y emoción; al acercarme para saber de quién se trataba vislumbré a quien creí era la mujer más linda y tierna que hubiera pisado la tierra en toda su vasta existencia.
Después de ese primer encuentro, algo extraño sucedió en mi interior; no sabía de qué se trataba o el por qué, pero me sentía diferente.
Ni siquiera tuve tiempo de presentarme o preguntar tu nombre cuando mis amigos ya me lo estaban diciendo casi a gritos: Brendita, ese era el nombre de aquella chica pequeña y tan delgada que transmitía una mezcla de ternura y fragilidad.
Ese día solo cruzamos un par de palabras pues ambos debíamos ir a clases y al finalizar el día no te volví a ver. Esa noche mientras regresaba a casa en compañía de mis amigos, entre pláticas y carcajadas, seguía pensando en ti. Aunque en ese momento creía que simplemente se debía a lo bonita que me habías parecido.
Al día siguiente, cuando llegué a la escuela, como era costumbre fui directamente a “la banca” (el lugar en el que me reunía con mis amigos) con la esperanza de verte de nuevo, sin embargo, no estabas ahí.
Supuse que el recibimiento de la tarde anterior, con todos rodeándote, había sido demasiado abrumador y que no volvería a encontrarme contigo, después de todo la preparatoria era demasiado grande y nuestros horarios de clase eran distintos.
Después de saludar me dirigí a mi clase de lectura y redacción. Más tarde cuando regresé a la banca me encontré con mis amigos y comenzamos a bromear sobre cualquier cosa que cruzara por nuestras jóvenes mentes.
Fue mientras fumaba un cigarro que algo distinto pasó: alguien cubrió mis ojos y preguntó:
—¿Quién soy?
Inmediatamente respondí:
—La pequeñita.
Pues, aunque me avergüence admitirlo, no recordaba tu nombre.
Conversamos algún tiempo hasta que llegó la hora de regresar a casa; en ese momento mientras nos despedíamos actué sin pensarlo ni un poco y te besé. Solo fue un “piquito”, pero eso fue suficiente para que mi corazón se acelerara como nunca lo había hecho y entonces hui lo más tranquilamente que mi cuerpo me lo permitió.
Al salir de la escuela vi a mis amigos y subí con ellos al camión y bromeamos todo el camino, todo continuó con normalidad hasta que volteé y tú estabas ahí. Me acerqué lo más normal que pude para platicar contigo y pedirte una disculpa por lo que había hecho, pero contrario a lo que esperaba me dijiste que no importaba.
Después de eso llegamos a calle siete (el lugar en el que tomaría otro transporte que me llevaría a casa). Una vez ahí volví a besarte sin siquiera preguntar si podía hacerlo, y para mi sorpresa correspondiste al beso.
El tiempo se detuvo por un instante y me olvidé de todo lo que nos rodeaba, solamente éramos tú y yo. Lamentablemente, tu transporte llegó y tuvimos que despedirnos, solo entonces me percaté de que no tenía forma de contactarte.
Recuerdo que todo eso pasó entre el jueves y el viernes, por lo que tendría que esperar hasta el lunes para hablar contigo de nuevo. El sábado mientras me encontraba en un rato de ocio navegando por Facebook ocurrió algo tan inesperado como sorprendente: tu perfil de FB apareció en mis sugerencias de amistad.
No lo dudé ni un segundo y envié una solicitud de contacto, y aún más sorpresivamente segundos después recibí un mensaje tuyo. Estuvimos hablando todo el fin de semana, de una infinidad de cosas que ya ni siquiera recuerdo y eso bastó para que decidiera pedirte que fueras mi novia.
El lunes entré a la escuela decidido a declararme y al llegar a la banca no te vi, así que pasé de largo y fui directo a mis clases; todo ese día me fue imposible concentrarme, no podía pensar en nada que no fuera declarar mis sentimientos formalmente, o al menos tan formalmente como lo haría un adolescente.
Cuando terminó mi última clase aún faltaba tiempo para que la escuela cerrara, así que me dirigí a mi lugar habitual y ahí estabas, tan linda y tierna como siempre.
Me acerqué a ti y lo dije:
—¿Quieres ser mi novia?
Respondiste que sí. La emoción me abrumó e hice la que podría ser la pregunta más estúpida de toda mi vida:
—¿Te puedo besar?
Después de aquel nueve de septiembre el tiempo avanzó tan rápido que me sería imposible describir todo lo que experimentamos a detalle, y aunque quisiera decir que solo hubo felicidad sé que no fue así, atravesamos conflictos y discusiones, que más allá de separarnos solo hicieron más fuerte nuestra relación. Hasta que llegó ese fatídico día.
Un día como cualquier otro nos encontrábamos en tu recámara hablando y riendo de cualquier tontería y con un gesto de seriedad casi sepulcral dijiste lo que nadie quiere oír: “tenemos que hablar”. Luego de escuchar eso me sentí aturdido y abrumado por lo que podría salir de tus labios.
No supe qué decir y solo asentí. Me hablaste sobre tus sueños y lo difícil que sería para ti perseguirlos estando anclada a una relación; eso me devastó pues, aunque no lo dijeras aún, ya sabía hacia dónde se dirigía todo. El inminente final de nuestra relación.
Fue entonces cuando me pediste terminar; querías concentrarte en la universidad y tu más grande sueño, que, si bien no era normal, tampoco me tomó por sorpresa. Querías incursionar en el mundo de la lucha libre, cualquiera pensaría que era una locura o incluso algo infantil, pero yo sabía que detrás de esa apariencia de fragilidad había una mujer fuerte y decidida.