Hace cuatro días recibí un mensaje en mi correo electrónico donde una editorial me invitaba a participar en un concurso que finalizaba dentro de cuatro meses a partir de ese día. Decía que el ganador sería premiado con la publicación de su libro. «Seré famoso», pensé.
Lamentablemente, hoy, cuatro días después, son las 10:00 p. m. y no puedo concentrarme. Tenía que escribir algo, pero por más que intentaba imaginarme diferentes situaciones, no podía concluir nada. Debía escribir una pequeña historia para poder participar en el concurso «Amor místico». La editorial exigía un relato donde el personaje principal fuese un mago y, además de eso, que hubiera un romance; algo poco práctico y difícil de imaginar. A partir de hoy, tengo 26 días para entregar al menos un capítulo. Tristemente, solo un título se visualiza en la pantalla de mi PC: ¿Sueño o realidad?
Me pongo de pie y estiro mi cuerpo. Creo que un café me inspirará, así que me dirijo a la cocina de mi humilde casa. Allí se encontraba mi mamá. Me dice que tiene un fuerte dolor de cabeza y no puede dormir. Le pregunto por el sobre de pastillas que tiene en la mano; me dice que son para dormir como un bebé.
—Debería acostarse ya, Yesi —me dice.
Le sonrío mientras tomo una olla y abro el grifo de la cocina.
—¿Quieres café, má?
—No, quiero que se vaya a dormir. Mire esas ojeras que tiene.
—Tranquila, me tomo el café y me voy a dormir —le digo guiñándole el ojo.
—Sí, eso me dijo hace dos días y aún no duerme nada. Pero usted ya está grande, usted verá... Mejor regálame un vaso con agua.
—Bien dicho.
Prendo el fogón de la cocina y coloco allí la olla. Enseguida me volteo, tomo un vaso de la platera y le sirvo el agua. Cuando giro, veo a mi madre cerca de la olla.
—¿Qué haces, mom?
—Nada, solo miraba si ya está el agua caliente.
Le alcanzo el vaso con agua, se toma su pastilla y se despide. Allí estoy yo, destapando una papeleta de café y agregándola al agua caliente. «Creo que el agua tiene un poco de cloro», pienso, «pero bueno, café es café».
Me acomodo nuevamente en mi puesto frente al escritorio de mi PC y poco a poco me lo voy bebiendo. Aún nada, no se me ocurre nada. Siento mis ojos pesados, empiezo a ver borroso y, como si de inercia se tratase, mi cuerpo cae encima del escritorio del computador. Mis ojos poco a poco se apagan, hasta quedar en total oscuridad.
—Oye, despierta, ya casi llegamos.
Abro los ojos. ¿Dónde estoy?
—¿Cómo que dónde estás? Estamos en el tren camino al colegio.
—¿Tren? Pero ¿qué dices? ¿Cómo puedo estar en un tren? Yo sé que en Kioto hay trenes, pero mis recursos no me permiten viajar en ellos.
—¿Kioto? ¿Qué es eso?
Rápidamente me siento en lo que parece ser un sofá cama. Enseguida, mi mirada se fija en quien me ha estado contestando: un muchacho de unos diecisiete años, delgado, de piel blanca y...
—Tus ojos... ¿Tus ojos? ¿Qué le ocurrió a tus ojos?
—Tranquilo, no es nada. Es tu primer día por estas tierras, ¿verdad? Me llamo Tim y mis ojos son de este color —rojos— porque en realidad soy ciego. Mi padre utilizó un hechizo y, gracias a ello, puedo ver.
—¿Hechizo? Pero ¿qué dices?
Estoy un poco asustado. Empiezo a mirar el lugar: es un cuarto pequeño para tres personas, con una ventana y una puerta. Me acerco a la ventana pensando que es lo más lejos que estaré de este tal Tim.
—¡Pero qué demonios! ¡Es verdad, estoy en un tren!
Mis manos reposan sobre el cristal de la ventana. Un instinto de miedo y alegría se mezclan en mi interior.
—¿De qué colegio vienes? —me pregunta Tim.
—Eh... pues la verdad, no lo sé.
Sentí que podía contarle la verdad, pero aún no confío mucho en él, y menos con esos ojos.
—¿Al menos tienes nombre? —pregunta nuevamente.
—Mmm, sí, me llamo...
Pero antes de contestar, puedo escuchar cómo alguien grita afuera:
—¡Me duele!
—¿Qué ocurrió, Tomy?
—Es... estaba jugando y me caí.
—Ya sabes que no debes andar corriendo. Mira, ve y entrégale este fax a la profesora Alondra.
—Jeje, ¡sí! Como digas, Lucas.
—Me llamo Kai... Kaifax —le digo a Tim, decidiendo usar otro nombre.
—¡Bienvenido, Kaifax! Déjame y te explico todo, porque creo que veo que estás un poco confuso. Este es mi segundo año en el colegio Gryffor, donde nos enseñan a controlar nuestro keni.
—¿Keni? ¿Qué rayos es un keni?
—¿Un? No, se dice el keni. Es nuestra fuente de poder. Todos nosotros tenemos uno y, dependiendo de cada persona, varía su tamaño. En pocas palabras, hacemos magia gracias a ello.
—¿Magia? ¿Hacemos magia?
—Sí, pues mira.
Enseguida alza su mano, da un chasquido con sus dedos y aparece una flama azul encima de ellos.
—Pero te vas a quemar, ten cuidado.
—No, para nada. Mira, pon tus dedos así y te pasaré mi flama.
Por alguna razón estoy dudando, pero mi mano derecha actúa sola: se eleva y coloca el dedo índice extendido hacia Tim. En el momento en que deja la flama en mi dedo, esta crece en abundancia. Una flama incontrolable.
—¡Ayuda!
—Oye, ¿no dijiste que eras nuevo en este lugar? ¿Cómo logras concentrar tal llamarada? Hace apenas dos semanas logré sacar esta pequeña llama.
—No entiendo. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué es este lugar? ¿Por qué no me quemo?
—Escucha esto, mira fijamente mi movimiento.
Un chasquido suena.
—La flama se desvanece, inténtalo.
Efectivamente, la gran flama que salió de mi dedo índice desapareció.
¡Bienvenido!
Usuario: YesidDiazR
Contraseña: ******
¿Desea continuar?
¿Qué es esto? Algo parecido a una ventana emergente se refleja. Pensé que esto era un sueño, pero está más asociado a un juego virtual...
—Mmm, sí... Quiero continuar.
Toda la habitación y Tim desaparecen. Un panel azul indicaba:
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