—¿Estás listo, Tim? Nos vemos allá.
—Claro que sí.
Aparezco gracias a mi capa en la entrada del salón de clases y, al momento, Tim aparece al lado mío.
—¿Hoy con quién nos tocará? —le pregunto a Tim mientras me siento al lado suyo.
—Con nada menos que con el profesor...
Una bola de fuego aparece en la mitad del salón y explota, llenando todo el lugar con papelitos quemados en sus bordes.
—Buenos días —dice el profesor Charls.
—Buenos días —respondemos todos al unísono.
—En mi clase aprenderán a defenderse, aprenderán a controlar su keni, aprenderán a usar su magia y de mi clase saldrán hechos magos —finaliza con una sonrisa.
El profesor Charls decía cada una de sus palabras con tal claridad que era muy fácil creerle; la mayoría de la clase parecía ilusionada solo con escucharlo.
—Mi compañera Vayolett me informó que hay un nuevo alumno con nosotros, el señor Kaifax, ¿verdad?
La clase completa se gira y me dirige sus miradas.
—Sí, señor.
—Me alegra tener talento extranjero. Bueno, lo digo porque es la primera vez que lo veo, al menos en este reino. ¿De dónde viene?
—Ehh... bueno, yo vengo de...
Realmente me quedé en blanco; no sabía qué decirle y no podía confesarle que me había despertado en medio de un tren dirigiéndose hacia este reino. Para la sorpresa de todos, Lala se pone en pie, se acerca al profesor Charls y le entrega un pequeño papel. El profesor lo lee y dice:
—Ya tendremos tiempo de charlar, ¿verdad? Quiero que se pongan en pie todos.
Al hacerlo, el profesor exclama:
—¡Moverus!
Todas las sillas, mesas y bolsos de la clase salen disparadas hacia un rincón del salón; por suerte, el lugar es lo suficientemente grande para estas actividades. El profesor empieza a caminar entre nosotros mientras nos dice:
—Quiero ver el estado de su keni, la fuerza con la que implementan un hechizo. Por favor, reúnanse todos y formen una fila.
Mientras el grupo realiza la petición del profesor, este, sin pronunciar palabra alguna, hace aparecer dos especies de maniquíes y los eleva hasta colocarlos detrás de él.
—Perfecto. ¿Alguno sabe cuál es la forma más fácil de ver qué tan poderoso es el keni de un mago?
Tim eleva su mano.
—A ver, Tim, dime.
—Con el chasquido —contesta Tim.
—Correcto, correcto. El chasquido es la manera más común para conocer el keni del enemigo y, según esto, podemos luchar o retirarnos en una batalla.
El profesor hace el chasquido y una gran flama sale de sus dedos; me atrevería a decir que estaba a la par con la mía.
—Ya todos saben hacerlo, así que pase cada uno al frente y realícelo —ordena el profesor.
La primera en hacerlo es Lala, de cuyos dedos brota una gran flama que diría que era la mitad de la del profesor Charls. Poco a poco fueron realizando el ejercicio cada uno de los compañeros hasta llegar al último.
—Excelente. Tim, pasa. Kaifax, eres el último —dice el profesor.
Camino lentamente; tenía miedo de la reacción del profesor y de la de mis compañeros, pero sabía que debía hacerlo. Así que levanté mi mano derecha y con mis dedos hice el chasquido. Tenía razón: la flama del profesor estaba igual a la mía. Una flama azul brotó de mis dedos dejando a todos sorprendidos, pero mi mirada se dirigió al profesor; su reacción de asombro fue demasiado obvia.
—Dé... déjame decirte, Kaifax, que en mis años como profesor jamás había visto que un estudiante tuviese un keni de tal magnitud —al final sonríe, se acerca, observa la llamarada azul y pasa su mano en medio de ella—. Increíble. Por favor, al finalizar la clase te quedas un momento —me dice en voz baja.
Al volver a la fila de la que había salido, la mayoría de los compañeros me veían algo sorprendidos.
—Pongan atención. De la misma forma, uno por uno se va a acercar y este maniquí será su oponente. Deben decir con voz fuerte: ¡Deadblack! Con este ejercicio probaremos el control de su keni y la voracidad con la que usan la magia. Todos con las manos atrás, no quiero accidentes. Repitan conmigo: ¡Deadblack!
—¡Deadblack! —decimos todos al unísono.
—Perfecto. La idea es destruir al maniquí; debe quedar así.
El profesor nos sorprende a todos con un rápido giro.
—¡Deadblack!
El maniquí cambia por completo y queda hecho polvo.
—Qué fácil, profe —dice Tim.
—Jaja, ya veremos qué tal lo haces, Tim —le dice el profesor mientras aproxima el otro maniquí.
Nuevamente Lala pasa al frente. Se acerca al maniquí y, sin pronunciar palabra alguna, mueve sus labios. un rayo negro sale disparado al maniquí, el cual queda intacto pero con manchas negras tipo carbón. Así avanzó toda la clase; por el momento, el único que logró quitarle un brazo fue Tim, quien estaba un poco molesto porque el profesor se había burlado de su acto.
—Y pensabas que era fácil —le dice el profesor.
Culminando la fila estaba yo; era mi turno. Respiro, cierro los ojos y, al abrirlos, exclamo:
—¡Deadblack!
El maniquí sale disparado hacia la pared pero, antes de chocar contra ella, explota, dejando una mancha negra en la superficie. Mis compañeros aplauden y yo me quedo sorprendido, porque en mi mente estaba el recuerdo de aquel tipo que había atacado a Lala; si no estoy mal, él también había utilizado este hechizo. Busqué a Lala y le sonreí. El profesor se pone en pie y me aplaudes.
—Tenía el presentimiento de que iba a ser algo interesante tu actuación —me dice en voz baja. Luego se voltea y se dirige a toda la clase—: Nos vemos la próxima clase, y ojo: las prácticas solamente serán en mi aula.
Me quedo sentado en mi puesto y el profesor Charls en el suyo; éramos los únicos que lo estábamos, el resto salía de pie poco a poco. Tim sale del salón y, al ver que no lo seguía, se asoma y trata de decir algo que no puedo entender porque la puerta se estaba cerrando. El profesor apuntaba su dedo hacia ella; era él quien la había cerrado.
—Kaifax, ¿de dónde vienes?
—Ehh... yo... —pensé que la mejor forma de salir de todo esto era mentirle—. Profesor, vengo del sur. Estaba buscando algo que no recuerdo, puesto que alguien me golpeó la cabeza y mi memoria se borró.
—¿Del sur, eh? ¿Te importaría dejarme comprobarlo?
—Ehh... ¿a qué se refiere?
—A que me dejes comprobarlo. Tengo el poder de ver tu mente, Kaifax, solo poniendo mi mano en tu cabeza.
—Adelante —le dije, pensando en que no vería nada, ya que mi único recuerdo de este mundo era desde el tren.
Enseguida, el profesor levanta sus manos y las coloca en mi cabeza cerrando sus ojos. Parecía como si estuviera viviendo mi historia por los movimientos raros de su cabeza.
—Está bien, te creo, Kaifax. Pero dime, ¿cómo es que un muchacho de dieciocho años tiene la misma fuerza que mi keni? Si tuvieras mi edad, cuarenta y siete, lo entendería, pero no conozco a la primera persona que a tu edad tenga esa magnitud de keni. Para los demás, tu digamos "rango" es de aprendiz, pero para mi concepto, eres un mago puro.
—Como le dije, profesor, mis recuerdos fueron borrados. Ese poder no sé de dónde proviene.
El profesor me mira y, de un momento a otro, realiza el chasquido. Su flama azul aparece y dice:
—Mira fijamente la flama, Kaifax, y disminúyela a esto.
La flama azul se empieza a reducir y no solo eso: su color azul se empieza a desvanecer dándole inicio a un color verde. La gran llamarada de unos 35 cm se reduce a 7 cm, realmente hermosa esta nueva forma de keni; creo que me perdí viendo lo fantástico de este color. El profesor apaga la llamarada y dice:
—Escucha, Kaifax: no permitas que nadie más se dé cuenta de tu poder. Quiero verte cada dos días en mi despacho, ¿entendido?
—Sí, señor —le respondí. Todo era tan rápido que no entendía nada, pero por alguna razón sabía que podía confiar en él.
—Ahora quiero que intentes convertir tu flama en esa llama verde; luego contestaré todas tus dudas.
Intento concentrarme en mi gran flama azul, la cual aparece tras hacer el chasquido. La miro fijamente, al igual que el profesor lo hace. Poco a poco la flama empieza a disminuir hasta llegar al color verde, pero...
—¡Ahhh, me quemo!
Por alguna razón me quemé, lo cual nunca había ocurrido con la flama azul.
—Interesante, muy interesante. Te preguntarás por qué te quemó esta nueva forma de chasquido o flama, como quieras decirle. Como ya te había dicho, el chasquido es la mejor forma de saber el poder del contrincante. El noventa por ciento de las personas tiene su flama azul de unos 15 cm, pero el otro diez por ciento, como tú y como yo, poseemos dos tipos de keni: el azul nos muestra el estado y la magnitud del keni, y el verde nos muestra qué tan rápido vas a morir.
—¿Voy a morir?
—No, no tú; tu contrincante. Poseer el segundo keni te hace ser medio devilloth.
—¿Qué? ¿Tener este keni me hace ser un devilloth (demonio)?
—Ser no, Kaifax; te hace lograr tener el poder de un devilloth. Y te preguntarás por qué tanto interés, y la respuesta es muy simple: en todo este mundo solo existíamos cuatro personas y, con tu llegada, ahora somos cinco los que poseemos este poder. Si tú investigas, verás que los cuatro tenemos un puesto importante en la historia; por eso es muy importante que tengas un buen maestro, de eso dependerá tu camino en este mundo. Los cuatro semidevilloth, como nos llaman, somos adultos y nos ha costado tener este don, así que tú debes desarrollar al máximo tus habilidades.
—¿Semidevilloth? ¿Acaso quiere que me una a ustedes?
—En estos momentos, el grupo se ha separado en dos bandos. Mira, Kaifax, una gran guerra está por llegar, donde habrá muchas muertes si no lo evitamos.
—Pero ¿cómo así que divididos? ¿Qué ocurre? ¿Quiénes conforman los grupos? ¿Qué es todo esto?
—Sí, realmente es algo muy largo de contestar y difícil de creer. Pero yo, como ya te dije, soy uno de esos cuatro semidevilloth y tengo un pacto con mi otro compañero. Los otros dos, de los cuales no te puedo decir sus nombres, creen que el poder lo es todo y, según eso, se debe regir la ley del más fuerte. ¿Entiendes por qué me interesó en ti?
—Sí, señor... Quiere que yo reciba clases suyas para sacar a flote mi habilidad y unirme a ustedes para luchar contra los otros dos semidevilloth, ¿verdad?
—Correcto, Kaifax.
Lo miro, sonrío y digo:
—Está loco, profesor. Disculpe, pero debo retirarme.
Y sin decir más palabras, salgo del salón, hago el chasquido, enciendo la capa y desaparezco.
Llego a la habitación compartida con Tim, pero su cama está vacía. «¿No ha llegado?», pienso. Bueno, me dispongo a intentar hacer el sello que nos había dejado la profesora Vayolett, aunque no tenía ni idea; pero como Tim no estaba, al menos debía adelantar algo para que luego me ayudara, porque con todo esto del profesor Charls no pude hablar con Lala para reunirnos.
Después de un par de horas, llega Tim.
—Hola, ¿dónde estabas metido?
—Estaba... bueno, creo que puedo confiar en ti, Kaifax. Estaba reunido con mi padre y algunos... amigos.
—¿Anduvieras de vago y cómo saliste de acá con tu capa? ¿No se supone que no podemos usarla mientras tengamos nuestros horarios?
—Son los privilegios que tienen los profesores —dice Tim.
—¿Saliste con la ayuda de un profesor?
—Es mejor que te sientes, Kaifax. Te diré lo que sucede.
—Pues me gustaría saberlo.
—Mi padre creó un pequeño grupo llamado la Resistencia.
—Pero ¿por qué?
—Kaifax, hay un grupo que quiere conquistar este reino y, obviamente, querrán extenderse.
—Bueno, si es cierto, para eso está el Gobierno.
—Escucha: el Gobierno no tiene posibilidades contra ese grupo, sería una pérdida de sangre en vano.
—Me quieres decir que el Gobierno no podrá contra un grupito que quiere causar caos, Tim? Jaja, es muy tonto, ¿sabes?
—Puede parecerlo, pero aparte del poder que tienen los integrantes de este grupo, ellos tienen algo que nosotros no; algo que el Gobierno conoce perfectamente y la Resistencia igual.
—¿Qué es?
—No lo sé, apenas tengo un par de semanas como integrante de la Resistencia.
—Espera. Tú hace un momento dijiste que saliste del reino con ayuda de un profesor; eso quiere decir que el profesor que te acompañó hace parte de la Resistencia.
—Eres muy bueno deduciendo. Y sí, es cierto: algunos profesores hacen parte de la Resistencia.
«Es cierto todo lo que me dijo el profesor Charls», pensaba mentalmente.
—¿Conoces algo sobre los semidevilloth? —le pregunté a Tim.
—Sí, claro. La mayoría ha escuchado la historia de los cuatro legendarios semidevilloth, los que trajeron la paz y la destrucción.
—¿Paz? ¿Destrucción?
—Sí, los cuatro se dividieron. Al parecer, dos de ellos querían dominar el mundo y los otros dos querían tener una vida ordinaria, y al separarse, el caos apareció: las muertes, los secuestros, las torturas, etc.
Con todo esto en mente, me pongo en pie y digo:
—Creo que ya tengo suficiente por hoy y mira la hora, debemos dormir. Hasta mañana, Tim.
—Hasta mañana.