El sol del séptimo día no se alzó sobre Gryffor; fue arrastrado hacia el horizonte por una nube espesa de ceniza que aún flotaba sobre el Palacio de Gobierno. La batalla de la noche anterior había dejado el patio central como un escenario de desolación, con las columnas de mármol fracturadas y la hierba convertida en parches de tierra calcinada por el Keni Verde.
Kaifax estaba de pie en medio de aquel desastre, con la respiración pesada y las manos aún vibrando con los restos de energía de la Llama de la Dinastía. El segundo SemiDevilloth había huido hacia las sombras de las mazmorras subterráneas tras ver caer a su compañero, dejando atrás un silencio opresivo.
—¿Kaifax? —La voz de Tim era apenas un hilo, pero estaba ahí. Él se giró lentamente y allí estaba Tim, quien ayudaba a Lala a ponerse de pie.. El vestido blanco de Lala estaba desgarrado y manchado, pero sus ojos azules, aunque cansados, buscaban los de él con una intensidad nueva. Charls se acercó a ellos, cojeando ligeramente de la pierna izquierda, pero con la cabeza alta. Su mano derecha buscó el hombro de Kaifax, apretándolo con una fuerza que decía más que mil palabras.
—Lo hiciste, hijo —dijo Charls, ignorando el caos a su alrededor—. Los SemiDevilloth están en retirada, pero esto apenas comienza. El sello de Rafter se ha debilitado por el impacto de tu keni, y ahora toda la estructura del palacio está inestable.
Kaifax miró el edificio. Grietas gigantescas, brillantes con una luz esmeralda que parpadeaba intermitentemente, recorrían los muros del palacio desde los cimientos hasta las torres más altas. El sistema no dejaba de arrojar notificaciones en su campo visual, una cascada de advertencias que ignoró para centrarse en la realidad frente a él.
> [¡Alerta de Estado del Mundo!]
> Estructura del Reino: Inestable (Daño estructural 40%)
> Sello de Rafter: Al 15% de su integridad original
> Objetivo Prioritario: Evacuación y Refuerzo del Sello
—No podemos dejar que Rafter escape —sentenció Kaifax, sintiendo cómo su propia sangre reaccionaba a la inestabilidad de la magia del reino—. Si el sello cae, no solo será el fin del gobierno, sino la destrucción de Gryffor. Charls, necesito que guíes a los rehenes y a Lala hacia el parque Maki. Si el palacio colapsa, el flujo de energía será absorbido por la falla que abrimos ayer.
La dando un paso hacia él, ignorando las advertencias de su propio cuerpo agotado—. Le tomo la mano y le apretó con fuerza, queriendo expresar su preocupación y su desacuerdo con lo que acaba de decir.
Kaifax la miró. Había pasado días ocultando su identidad, huyendo de un destino que, como le habían revelado, estaba escrito en su misma sangre. Ahora, la carga era suya.
—No voy solo —respondió Kaifax, señalando a Tim—. Tim, tú conoces los pasadizos de servicio mejor que nadie. Necesito que cubras el descenso de Charls y Lala. Yo iré por la cámara del subsuelo. Es el punto de anclaje de Rafter. Si logro estabilizar el Keni Verde ahí abajo, el sello se reparará solo.
—Es un suicidio —intervino Tim, pero en su rostro no había miedo, sino la determinación de un hermano—. Pero si es la única forma de que tú y Lala tengan un lugar donde vivir mañana, adelante.
El grupo se dividió bajo la luz gris del amanecer. Mientras Charls y Tim escoltaban a Lala hacia la salida segura del palacio, Kaifax se sumergió nuevamente en la oscuridad del edificio. Los pasillos, que antes le resultaban familiares, ahora se retorcían como si el mismo palacio estuviera vivo y tratara de rechazarlo.
Al llegar a la cámara subterránea, el baúl negro estaba abierto de par en par. Ya no había un sello de contención; en su lugar, una fisura en el suelo del tamaño de un brazo escupía un humo negro y denso que olía a olvido. La presencia de Rafter no era una voz, era una presión física que le oprimía los pulmones.
Kaifax caminó hasta el borde de la fisura. La interfaz parpadeó, mostrando su saldo de K-Coins: $505,854,545,543.
—¿Crees que puedes comprar tu salvación, pequeño heredero? —la voz de Rafter no venía de fuera, sino de su propia consciencia, un siseo que le recorría la espina dorsal—. Toda esa riqueza... todo ese poder de sistema... no es nada frente al vacío que dejé en tu padre cuando te perdiste en el mundo de los humanos.
—Mi padre me rescató —respondió Kaifax, forzando a sus manos a brillar con el color verde esmeralda de su legado—. Y hoy, voy a sellar tu lengua para siempre.
Kaifax no usó el sistema. Ignoró las sugerencias de compra de armas legendarias y defensas divinas. Cerró los ojos, visualizó la estructura del Keni Verde que Charls le había enseñado en el lago y, en lugar de expulsarlo, lo dejó caer hacia la fisura, conectándolo con los cimientos de Gryffor. Fue un proceso lento, doloroso; sintió cómo la magia del reino tiraba de su propia esencia, tratando de usarlo como un puente.
El palacio comenzó a temblar. El séptimo día estaba viendo el nacimiento de un nuevo equilibrio, pero el precio era el desgarrador agotamiento de Kaifax, quien sentía que cada gramo de su ser se derramaba en la tierra del reino.
—¡Kaifax, suelta el flujo! —el grito de Charls llegó desde lejos, a través de los corredores—. ¡Si sigues así, te consumirá!
Pero Kaifax no soltó. Con una última llamarada esmeralda que iluminó todo el subsuelo, selló la fisura. El silencio volvió a reinar, absoluto y pesado. El palacio dejó de vibrar. Kaifax cayó de rodillas, con el rostro pálido y las manos quemadas por el esfuerzo, mientras la pantalla del sistema se desvanecía lentamente ante sus ojos, dejando solo la realidad, su padre, y el reino que, por fin, empezaba a sanar.