—¡El reino! ¡El reino! ¡El reino! ¡El reino! ¡Se han apoderado del reino!
—Mmm... ¿Qué ocurre?
Me levanto lentamente de mi cama, aún dormido. Al otro lado, la cama de Tim está vacía.
—¿A dónde habrá ido?
Un grito desgarrador vuelve a escucharse:
—¡El reino!
Al parecer los demás también se han despertado; se podían oír sus voces alteradas. Me levanto, abro la puerta y veo a los demás haciendo lo mismo en el pasillo.
—¿Qué es todo este ruido? —dice el profesor Charls mientras se va acercando a la sala de donde proviene el grito. Todos vamos detrás de él.
—¿Qué ocurre, Tim? ¿Por qué haces tanto ruido? —le pregunta el profesor Charls.
—¿Qué ha pasado, hijo? —dice Timothy.
—El reino... invadieron el reino —dice Tim, quien sostiene un periódico entre sus manos temblorosas.
EL REINO HA CAÍDO ¿SERÁ NUESTRO FIN?
—Pero ¿qué dices, Tim? —dice el profesor Charls mientras le quita el periódico y lee los detalles en voz alta:
—«Al parecer, en horas de la madrugada, los dos semidevilloth innombrables han entrado al reino, el cual se encontraba bajo la custodia de algunos profesores. Al intentar hacerles frente a estos dos intrusos, los docentes han muerto de manera instantánea; sus cuerpos aparecieron en la entrada del Palacio donde se reúne el Gobierno mágico. El caos crece. Al parecer, nueve rehenes, entre estudiantes y trabajadores, se encuentran a disposición de los dos semidevilloth. El Gobierno aún no se pronuncia».
Al terminar de leer, el profesor Charls eleva la mirada y se sienta pesadamente en el mueble en donde habíamos aterrizado un día antes.
—Timothy, debemos hacer algo —dice la profesora Vayolett.
—No lo puedo creer... —dice Timothy, quien le quita el periódico y lee la noticia una y otra vez.
—No tenemos más tiempo, debemos empezar por lo más importante... Kaifax, prepárate. Te enseñaremos a utilizar tu poder —dice el profesor Charls mientras pone su mano en el hombro de Timothy, al cual ya le bajaban las lágrimas.
—No pensarás prepararlo y enviarlo a morir, Charls —responde la profesora Vayolett, alterada.
—No morirá si le enseñamos todo.
—Estás loco, Charls. Es muy joven para afrontar todo esto.
—¿Ves alguna otra salida? ¿Crees que no me preocupa? ¿Crees que no sé lo grave que es esto? Nuestros compañeros han muerto y todo es mi culpa por no haber actuado rápido.
—Cálmate, Charls, debemos analizar...
—¡Ya está decidido! ¡Kaifax, apresúrate! Si estás preparado, toma mi brazo.
Mi reacción ante todo esto fue muy lenta. Timothy lloraba, la profesora Vayolett se había derrumbado, Tim la abrazaba para consolarla, Lord Asher permanecía serio en una esquina y el profesor Charls me miraba como si mi existencia fuese la única solución a todo.
—Confío en ustedes.
Sentía en el pecho como si fuese la última vez que los vería. Miré a Tim y le sonreí.
—Nos veremos pronto, amigo.
Una explosión de papeles quemados apareció en la habitación. En un parpadeo, el profesor Charls y mi persona habíamos desaparecido.
—Es demasiada carga para él —alcanzó a decir la profesora Vayolett antes de que nos marcháramos.
—Debemos confiar en ellos —respondió Tim.
Timothy aprobó aquellas palabras asentando con su cabeza, mientras Lord Asher, con un semblante serio, sentenció:
—Piensan dejar el destino de todo en las manos de un joven tonto que no sabe controlar sus poderes... Ridículo.
Mis pies están húmedos. Hemos aparecido en un lago.
—Kaifax, este es el lago de la verdad.
—¿El lago de la verdad?
—Así es. Esta será tu primera prueba, Kaifax. Cuando yo salga del agua, tú te quedarás justo en medio de ella.
—¿Y qué quiere que haga? ¿Me doy un baño?
—Jaja, no, Kaifax. Deberás afrontar tu verdad en tu mente. Este lago te llevará a un lugar que solo tú verás, y tendrás que luchar contra ti mismo. ¿Estás listo?
—No... pero intentaré volver.
—Con eso me basta —respondió el profesor Charls, mientras daba su último paso fuera del agua.
Esas palabras se repetían en mi mente mientras todo a mi alrededor comenzaba a cambiar de forma drástica. De un momento a otro, me encontraba de vuelta en mi casa, en el mundo real, sentado frente a mi computador...
¿Ya regresé?, pensé extrañado.
Pero algo fuera de lo común me preocupó de inmediato: en la casa había un profundo y sepulcral silencio. Me pongo en pie, subo las escaleras y me aproximo a la sala. Allí, un individuo con una camisa negra, pantalón blanco y descalzo me esperaba. Se podía ver que de sus pies brotaba una sustancia espesa de color negro. Se encontraba de pie, mirándome fijamente... Esa persona era idéntica a mí.
—Hola, yo. ¿Cómo quieres que te diga? ¿Hola, Kaifax... o tal vez Yesi?
—¿Qué es todo esto? Pareciera como si hablara con un espejo. ¿Qué eres?
—¿Qué soy? Buena pregunta. Soy tú, pero digamos que un poco más adelantado. Represento el odio que hay en ti, las lágrimas, los malos momentos; represento el dolor que has sentido. Represento tus ojos, los cuales han visto varias cosas que nunca debieron ver... Eso soy.
—¿Y qué se supone que deba hacer? ¿Acaso debo destruirte para lograr pasar la prueba?
—Tú lo has dicho. Y solo porque creo que eres apuesto, te diré algo: los objetos materiales no me hacen daño.
—Eso lo comprobaremos.
En ese instante, agarré una silla de la sala y la arrojé con todas mis fuerzas contra él. Lamentablemente, el objeto lo atravesó por completo antes de estrellarse contra el suelo.
—Te lo dije.
—¡Rayos! ¿Por qué insistes en volver a hacerme sentir todo esto? ¿Por qué? ¿Por qué? Si ya lo habíamos superado... Todo quedó en el pasado, todo había muerto. Mi sonrisa iluminaba mis días y solo eso importaba.
—Ese es tu estúpido problema: solo pensaste que una tonta sonrisa podría ocultarlo todo, que podría eliminar el dolor que te causaron. ¿Crees que es suficiente sonreír mientras por dentro te haces excremento? Eso no logra nada. Ser feliz, sentir amor... es algo que no existe y que no vale la pena sentir. El mundo se va pudriendo a diario; se está acabando, y no porque el planeta esté fallando, sino porque nosotros estamos fallando. Y exactamente eso te pasa a ti: estás acabando contigo mismo con esa sonrisa tan falsa, manteniendo esperanzas, ilusiones y sueños. Te estás fallando a ti mismo por sonreír e intentar hacer feliz a los demás.
—Tienes razón, quizás me he concentrado demasiado en los demás y me olvido de mí mismo... Pero gracias a esa sonrisa que tanto críticas, es la que me permite elegir el lugar y las personas con las que yo quiero estar. Siempre debemos analizar y pensar que «de lo peor, lo mejor». Aprende a perdonar, cura tus heridas, llena cada agujero en tu interior, acepta lo que tienes, acepta de dónde vienes y, sobre todo, acepta lo que eres.
—Palabras... Palabras vacías. Solo crees lo que quieres pensar, lo que es mejor para ti, y no aceptas que lo mejor es alejarte. Vivir tu vida sin nadie. Vive solo, vive con tu dolor.
—Eres la parte que cada persona tiene en su interior; la parte que está haciendo que el mundo se vuelva un fiasco. Me da tristeza pensar que lo que sale de ti es lo que alguna vez pensé, o quizás es algo que fue acumulándose poco a poco... ¿Pero sabes cómo logré superarte? Te superé recordándome quién soy, creyendo que soy mejor que todo esto, que puedo soñar despierto. El estar agobiado y triste no cambia nada porque, por lo visto, el mundo de donde venimos tampoco es color de rosa, y este en el que estoy ahora tampoco lo es. Veo que es un mundo doloroso, un mundo que te golpeará cada vez que pueda, un mundo que te dejará en el suelo si no aguantas. Lo único que te hace avanzar es levantarte y seguir haciéndolo, porque se trata de qué tanto puedes aguantar mientras sigues avanzando.
Ese ser de odio, dolor y tristeza que aparentemente había salido de mi propio ser, comenzó a desvanecerse poco a poco. Con su desaparición, la luz volvió a inundar el espacio; alcancé a ver imágenes de niños corriendo, familiares y amigos reunidos, y me sentí genuinamente feliz... De pronto, una voz se oyó por encima de todo.
—Así que lo conseguiste, Kaifax.
Era la voz del profesor Charls. Me giré y, de golpe, me encontré nuevamente en la mitad del lago, observando al profesor de pie fuera del agua.
—Sí, lo logré, profesor Charls.
—Espera. Si quieres continuar con todo esto, debemos dejar algo claro.
—Sí, señor, lo escucho.
—Dime solo Charls.
—Es un honor llamarlo por su nombre, profesor... Charls, aunque no me lo esperaba.
—Es una muestra de confianza y amistad, amigo mío. Con esta prueba concluida, podemos seguir avanzando.
—Las pruebas que sean necesarias, profes... perdón, las que sean necesarias, Charls. Si esto ayuda a que mis habilidades mejoren, hagámoslo.
—Bueno, en cierta parte sí te ayudarán... Bueno, nos ayudará. Pero no me preguntes más; realicemos las pruebas y, al finalizar, responderé todo lo que quieras.
—Entiendo.
—Bien. La siguiente prueba es aprender a controlar tu keni al cien por ciento.
—Al fin algo fácil.
—Cuidado, no es tan fácil como dices. A mí mi tomó semanas enteras lograr controlarlo.
No sabía por qué, pero sentí que esto formaba parte de un reto personal. Era como si Charls me estuviera diciendo de manera indirecta: «Si te demoras más de una semana, eres un fiasco». «Lo conseguiré», me prometí mentalmente.
—Ya te enseñé a hacer fluir la flama verde. Ahora, el siguiente paso es que no te quemes; es vital este punto.
—Pero, Charls, no sé cómo hacerlo.
—Tranquilo, Kaifax. Primero lo haré yo y luego lo haces tú.
En ese momento, Charls hizo el chasquido y apareció su imponente flama azul. Poco a poco, esta comenzó a reducirse hasta quedar convertida en una pequeña y brillante flama verde. Me miró y me dijo:
—Esta es la primera fase. Ahora viene lo divertido.
La flama verde salía de su mano derecha. De un momento a otro, juntó ambas manos, dejando ver una línea intensa de luz verde entre ellas. Alzó su mirada y me sonrió:
—Apártate un poco... ¡Keni, liberación!
Un viento violento comenzó a rodear a Charls, mientras una luz color verde esmeralda brotaba de sus manos. Me sorprendió ver cómo esta luz intentaba rodearlo por completo, hasta consumirlo. Después de unos segundos de pura tensión, logré divisar al profesor: la flama verde estaba por todo su cuerpo, rodeándolo como una armadura. Era como si su keni estuviese vivo; parecía que unas garras se desprendían de la energía, como si una fiera salvaje se hubiera apoderado de él.
—Kaifax, esta es la fase más importante de todas, porque aquí es donde debes controlar tu keni. Debes enfrentarte a él y, cuando logres controlarlo, sabrás que no estás solo.
¿Qué querrá decir Charls con esto de que no estoy solo?, pensé.
Charls sonrió, al parecer intuyendo que yo quería ver una demostración real de ese poder. Se volteó, alzó su mano y una gigantesca ola de viento comprimido salió disparada hacia una montaña cercana; gran parte de la estructura de roca cayó a pedazos, por no decir que desapareció por completo. Estoy sumamente impresionado; en el mundo del cual vengo no se ven estas cosas. Siento un corrientazo eléctrico recorrer mi cuerpo e, inmediatamente, soy consciente de que yo también puedo lograr esto, de que tengo el poder para hacerlo.
—Inténtalo, Kaifax.
No necesité agradecerle. Llevado por la emoción, hice el chasquido y apareció mi gran flama azul. Quería que se redujera igual de rápido que la del profesor, pero al parecer necesitaría más práctica, puesto que me tomó el doble de tiempo. Al reducirla por completo, el miedo se apoderó de mi cuerpo al pensar que podía quemarme, pero mi espíritu se mantuvo fuerte. Tomé la muñeca de mi mano derecha con mi mano izquierda y empecé a intentar controlar este ardor y este dolor punzante que comenzaba a sentir.
—¡Ahhhhh! —grité con fuerza.
El aire que comenzó a remolinar alrededor de mis pies era impresionante. Algo en mi interior sabía que podía lograrlo, pero entonces ocurrió algo totalmente diferente a lo que le pasó a Charls. Se suponía que la flama verde debía permanecer reducida para luego juntar las manos, pero mi flama verde, en vez de disminuir, empezó a crecer descontroladamente, iluminando todo a nuestro alrededor.
Una voz sumamente fuerte y gruesa brotó directamente de la flama:
—¡Hazlo, muchacho! ¡Libérame!
—¡Kaifax, detente! —gritó Charls a lo lejos.
—¡No puedo! ¡No logro controlarlo!
—¡Maldición!
Charls se tomó la muñeca de su mano derecha y a toda prisa se acercó a mí. Una luz verde apareció en la palma de su mano y la colocó con firmeza sobre mi frente.
—¡Contenedor, diez por ciento! —exclamó Charls.
Pero nada ocurría; la flama de mi mano seguía incrementándose y expandiéndose. La cara del profesor mostraba una profunda sorpresa, pero yo sabía que no me dejaría solo y que intentaría ayudarme hasta el final. Nuevamente, presionando su mano contra mi frente, exclamó:
—¡Contenedor, cincuenta por ciento!
Como si fuera un remolino de viento inverso, la flama verde de mi mano se redujo drásticamente hasta desvanecerse por completo.
—¿Qué... qué fue eso? —pregunté completamente agitado—. Una voz... una voz me habló.
—Tranquilízate. También la escuché, Kaifax.
—¿También? ¿Pero por qué?
—Escúchame: la puedo oír porque soy un semidevilloth al igual que tú. ¿Acaso no te has preguntado por qué nos conocen como semidevilloth?
—La verdad no, pero bueno, ya que lo dice...
—Jaja. Nosotros, los cuatro semidevilloth, somos llamados así puesto que nuestro keni está vivo; tiene una personalidad propia.
—¿Eso quiere decir que la voz que escuchamos... es la voz de mi keni?
—Exacto. El keni es la fuerza vital que se le otorga a cada ser. En el caso nuestro, somos especiales ya que nuestra fuerza vital o keni proviene directamente de magos antiguos.
—¿Magos antiguos? ¿Cómo sabe eso?
—Sí, magos antiguos. Lo sabemos porque encontramos una forma de descubrir a qué mago perteneció nuestra fuerza vital. Es más, a los estudiantes que culminan su último año en la academia se les otorga este privilegio: el saber con qué mago del pasado están relacionados.
—Charls... si el keni o mago... bueno, si él me habló, ¿significa que yo puedo hablar con él directamente?
—Sí, exacto. Pero es algo muy difícil de lograr.
—¿Por qué?
—Porque al lograr llevarse bien y aceptarse el uno al otro, se desborda un poder que no se conoce, puesto que cada keni es completamente diferente. Y siendo sincero, la curiosidad de saber la descendencia de tu keni me tiene muy intrigado.
—Al igual que a mí, Charls. ¿Pero por qué la flama verde que brotó de mi mano no disminuyó y, en cambio, creció tanto hasta el punto en que tuviste que intervenir?
—Bueno, ya ves por qué tengo tanto interés en ti. Mira, que la flama aumentara mientras tratabas de que disminuyera es señal de dos cosas: primero, hay un poder oculto en ti que me atrevería a decir que es más grande que el mío; y segundo, aunque no lo vieras, sí lo controlaste al menos por unos instantes cuando no te rendiste. Tuve que intervenir porque es tu primera vez; en el momento en que te rindas y pierdas la concentración, la fuerza vital del antiguo mago intentará apoderarse de ti, y no queremos eso, Kaifax. Pero bueno, creo que por hoy fue suficiente. Mañana continuaremos. ¡Acamparus! —invocó Charls.
Una gran tienda de campaña apareció de la nada en el claro.
—Aquí descansamos hoy, el tiempo se nos fue muy rápido ya es hora de dormir, Kaifax. Entra.
Dentro de la tienda había dos camas separadas; el espacio era lo suficientemente amplio y cómodo.
—Con todas las explicaciones, se me olvidó darle las gracias. Sin usted, no sé cómo podría seguir con esto.
—No te preocupes, Kaifax. Lo hago porque creemos en ti. Descansa.
—Hasta mañana.