—Despierta, Kaifax. Despierta.
—Un momento... —dije, mientras bostezaba.
—Hoy será un buen día —dice Charls, asomándose por la entrada de la tienda—. Desayuna y nos vemos afuera.
Volteé hacia mi derecha y una vajilla llena de pan, chocolate, torta y jugo me esperaba. Al salir, Charls comenta:
—Es la receta de mi abuela.
—¿Qué receta?
—La torta, Kaifax. Es receta de mi abuela.
—Ah, sí... muy deliciosa —respondí con sarcasmo.
—Bueno, Kaifax, esta será la última prueba —dice Charls.
—Exactamente la última prueba —añade la profesora Vayolett.
—Profesora, ¡qué alegría verla!
—Lo mismo digo, Kaifax. Espero que estés listo.
—Digamos que espero no defraudarlos.
—Iniciamos entonces, Charls.
—Perfecto, hagámoslo —responde Charls.
Ambos profesores se juntan y colocan sus manos una encima de la otra. Enseguida, una luz verde ilumina el suelo; es una luz impresionante. Rápidamente se desvanece y una pequeña varita queda en el suelo.
—¿La última prueba? ¿Aprender a parecer ramas?
—Jajá, no, Kaifax. Pero ya que lo dices, ven, acércate e intenta coger esa rama—dice la profesora Vayolett con una sonrisa.
Haciéndole caso, me acerco e intento tomarla, pero, como si de una explosión se tratase, salgo expulsado varios metros hacia atrás.
—¿Pero qué demonios es eso?
—Te lo dije.
—Esto... Esto es el poder. Esto es lo que los semidevilloth quieren. Es la vara del poder. Ni juntando el poder de los cuatro semidevilloth lograremos comparar el poder que descansa dentro de esta vara —dice el profesor Charls; su rostro mostraba asombro, como si fuera la primera vez que la veía.
—Es un poder que cualquiera desea y, por lo visto, es codiciado por muchos, ¿verdad, profesor?
Como si acabara de despertar, responde:
—Ah, sí... sí, tienes razón, Kaifax. Bueno, lo que queremos explicarte hoy junto a Vayolett es la forma ideal para hacer que esta te acepte.
—¿Que me acepte? ¿Acaso tiene vida propia?
—Así es. Ella decide a quién servirá.
—¿De qué forma me aceptará?
—En primer lugar, debes saber que los dos semidevilloth la pueden tener ya que usaron magia negra muy avanzada para intentar dominarla. Por esta razón la vara está con nosotros. Aún no se ha presentado el primer caso en el que la vara acepte a un mago, pero con todo lo que ha pasado no tenemos de otra. Debes aprender...
—¿Estás seguro, Charls? Yo entiendo que Kaifax tiene un gran poder, pero es joven y no entenderá todo... —dice Vayolett.
—Él podrá —asegura Charls.
El profesor Charls confía en mí y eso me llena de orgullo, aunque no tenía idea de lo que debía hacer.
—Kaifax, para poder manipular la vara debes intentar hacer aparecer la flama verde. Con este poder controlado estarás a un paso de lograr manipularla por completo.
—Entendido.
De mi chasquido aparece la flama color azul y, rápidamente, la flama verde. Ya empiezo a ver cuánto he avanzado.
—No me quema... ¡No me quema!
—Excelente, mantenlo, Kaifax.
Luego de unos minutos, Charls dice:
—Es hora, Kaifax. Intenta tomar la vara.Poco a poco me acerco. Cada paso se siente más pesado que el anterior, como si el aire alrededor de la vara se volviera denso, una barrera invisible que intenta rechazarme.
Pff...
Un sonido sordo, como una explosión de energía pura, me expulsa hacia atrás violentamente. Me sorprende que, a pesar del gran golpe y la fuerza del impacto, mi cuerpo —que ahora está cubierto por la flama verde— no tiene ni un solo rasguño. Esa resistencia me fortalece; mi espíritu, antes dudoso, ahora arde con la determinación de conseguir lo que parecía imposible.
Nuevamente, me pongo en pie y me acerco hacia mi objetivo. Esta vez, cada fibra de mi ser está en sintonía con la flama verde. Ignoro la presión, ignoro el peso en el aire, y extiendo mi mano firme.
Y esta vez, lo logro.
Mis dedos cierran el puño sobre la vara. El contacto es eléctrico, un choque que recorre mis venas como si el objeto hubiera estado esperando mi llegada.
—Es imposible —dice Vayolett.
Extiendo mi brazo y empuño la varita.
—¡Imposible! —Sorprendida, la profesora Vayolett no lo podía creer.
—Te lo dije, Vayolett. Es el indicado —afirma Charls.
Se sentía un poder increíble corriendo por mis venas. Tenía la vara en mi mano derecha y sentía como si pudiese hacer cualquier cosa.
—Suéltala, Kaifax. Suéltala ahora —dice Vayolett.
Siento que algo se apodera de mí y ese algo no quería que yo soltase la vara; debía eliminar a los intrusos. Mi mano se extiende y apunta directamente hacia Vayolett.
—¿Qué haces, Kaifax? ¡Suéltala! —dice Charls, atravesándose entre Vayolett y la vara.
—¡Ella me la quiere quitar! ¡Ella quiere el poder!
—Debes controlarte, Kaifax. Ese no eres tú, ¡lucha!
—¡Deadblack!
—¡Scudo! —grita Charls.
El rayo choca contra el escudo de Charls y lo desvanece.
—Es imposible... nunca habían dañado tu escudo —dice Vayolett.
—¿Entiendes por qué creo en Kaifax? Desde que lo vi supe que él era el elegido. Supe que él era nuestra salvación.
Un remolino de aire negro se apodera de mí; siento cómo empieza a elevarme.
—¿Qué pasa? Déjame... ¡déjame, maldito niño!
—¡Lucha, Kaifax! —grita Vayolett.
El aire negro estalla y caigo al suelo.
Me despierto en una cama; ambos profesores me observan.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Vayolett.
—Bien, pero ¿qué pasó?
—¿No recuerdas nada, Kaifax? —dice Charls.
—Solo recuerdo... ¡Pude tocar la vara!
—Así es, lo hiciste —dice Charls.
—Pasa algo, ¿profesora Vayolett?
—No, nada... ¿Por qué?
Su rostro expresa una preocupación profunda.
—Claro que lo expresa, Kaifax. ¿Acaso no te dijo...?
El codo de Charls golpea a Vayolett levemente para silenciarla.
—Bueno, Kaifax, diste un gran paso. Espero que sigas así y puedas llegar a manipular del todo la vara.
La obsesión de Charls es evidente, y Vayolett lo sabía; su rostro gritaba el pánico que le producía todo esto.
—Charls, no lo hagas. No le des esa carga.
—Calla, Vayolett. Solo confía en él.
—Yo confío en él, pero estoy empezando a desconfiar de ti, Charls —dice Vayolett.
—¿Desconfianza? ¿Por qué?
—Debes saberlo, Kaifax.
—¡Calla, Vayolett! No digas más.
—¡Él debe saberlo! Kaifax, Charls cree tanto en ti porque...