Matame porque me muero

1

El anillo quemaba contra mi piel. A veces, en el silencio de la mañana, creía escuchar el tintineo de la cadena de plata contra mi esternón, recordándome que seguía aquí. No debería estarlo. Si los planes de mi padre en Bangkok se hubieran cumplido, ahora estaría sentado en una oficina de cristal, supervisando logísticas de exportación y fingiendo que mi existencia tenía un propósito corporativo.
Pero Bangkok estaba a miles de kilómetros, y yo estaba aquí, en un país cuyo nombre aún se sentía extraño en mi boca, frente a una secundaria que olía a desinfectante barato y a café quemado.
—Profesor Arun, bienvenido.
La directora me presentó en la sala de maestros con un entusiasmo que me resultó agotador. Las miradas de mis nuevos colegas se posaron en mí. Sabía lo que veían: un extraño de rasgos asiáticos, con las manos ligeramente callosas por las cuerdas del violín y el piano, alguien que parecía demasiado joven o demasiado serio para estar ahí.
—Es nuestro nuevo profesor de música —continuó ella—. Toca prácticamente todo: guitarra, batería, bajo... un prodigio.
Asentí por cortesía, apretando discretamente el anillo bajo mi camisa. No era un prodigio. Solo era alguien que usaba el ruido de la batería para acallar sus pensamientos y la melodía del piano para no olvidar cómo respirar.
El resto de la mañana fue un desfile de rostros borrosos y horarios de clase. Para el mediodía, necesitaba un respiro. Aproveché el cambio de hora para refugiarme en la sala de maestros, esperando encontrar un poco de silencio y un vaso de agua.
Creí que la sala estaba vacía.
El sol de la tarde entraba por la ventana, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Cerca de los casilleros, una mujer estaba de espaldas. Me detuve en seco cuando noté lo que estaba haciendo.
No tenía cabello.
Su cráneo era una silueta pálida y delicada bajo la luz. Entre sus manos sostenía algo de color castaño oscuro: una peluca lacia. La acomodaba con una urgencia que me hizo retroceder un paso, pero el sonido de mis zapatos sobre el linóleo me delató.
Ella se giró con un jadeo, cubriéndose la cabeza con la pieza de cabello de forma desordenada. Su rostro era joven, de una belleza frágil, pero sus ojos... sus ojos estaban llenos de un terror puro, el tipo de miedo que solo conocen los que guardan un secreto que pesa más que el mundo.
—Tú... —su voz tembló mientras terminaba de ajustarse la peluca castaña con dedos torpes—. Eres el nuevo.
Me quedé mudo. Mi garganta, esa que hace tres meses había intentado cerrarse para siempre, se sentía seca.
—Yo solo quería agua —logré decir, mi acento tailandés marcándose más debido al nerviosismo.
Ella dio un paso hacia mí, ignorando el vaso que yo sostenía. Se acercó tanto que pude oler un rastro dulce en ella... ¿vainilla?
—Por favor —susurró, su voz ahora era un ruego apretado—. Por favor, no digas nada. Nadie aquí lo sabe. Si se enteran de que tengo cáncer, me mandarán a descansar. Me obligarán a irme a casa a... a esperar. Y yo no quiero esperar.
La miré. Ella tenía una sentencia de muerte que no había pedido. Yo tenía una cadena en el cuello porque había intentado buscar la mía.
—No... no diré nada —respondí de forma atropellada, casi tropezando con mis propias palabras—. Yo... guardo secretos. Soy bueno en eso.
Mía exhaló un suspiro que pareció desinflar toda su postura. Se acomodó un mechón castaño detrás de la oreja, tratando de recuperar la máscara de normalidad.
—Gracias, profesor de música. Soy Mía, de inglés.
Se dio la vuelta y salió de la sala antes de que pudiera decir algo más. Me quedé solo, con el vaso de agua tibio en la mano, sintiendo que el anillo en mi pecho pesaba un poco menos, ahora que sabía que no era el único en ese edificio que estaba fingiendo estar vivo.
Llevaba un mes en ese lugar y, por primera vez en años, el ruido en mi cabeza se había silenciado un poco. Enseñar música no era como dirigir las empresas de mi padre en Bangkok; aquí, si cometías un error, solo era una nota falsa, no una pérdida de millones.
Mía y yo manteníamos una distancia segura. Un "buenos días" en el pasillo, una nota compartida en la sala de maestros. Yo cumplía mi promesa: no decía nada, pero mis ojos la buscaban inconscientemente cada mañana para asegurarme de que su peluca castaña seguía en su lugar, señal de que seguía de pie.
Una noche, mientras preparaba la clase para los de primer grado, buscaba en YouTube tutoriales de canciones rítmicas sencillas. El algoritmo, en uno de esos giros extraños del destino, me mostró una miniatura que me detuvo el pulso.
"Cómo usar sombras cálidas cuando el día es gris - El tocador de Mía"
Hice clic. Apareció ella. Estaba en una habitación iluminada por un aro de luz que se reflejaba en sus pupilas. Se veía diferente: más relajada, casi feliz. No hablaba de quimioterapia, ni de hospitales. Hablaba de brochas y de cómo el color melocotón le daba vida al rostro.
Hola a mis cinco suscriptores —dijo con una risita, y mi corazón dio un vuelco—. Hoy me siento con ganas de brillar, aunque afuera esté lloviendo.
La vi abrir un paquete de galletas de vainilla y comer una mientras explicaba cómo delinearse los ojos. Me quedé hasta el final del video, siendo el espectador silencioso de su refugio. No pude evitarlo: me suscribí. Fui el número seis.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.