El reino de Asael fue, hace muchos años, dejado a su suerte. No siempre fue así. Hubo un tiempo, uno que ahora parece casi mítico, en el que cada rincón brillaba con una luz propia, en el que las risas se mezclaban con la música y las calles parecían latir al ritmo de una melodía constante, viva, inquebrantable. Era un reino donde el amor no solo existía, sino que se celebraba como una fuerza invencible, una presencia casi tangible que se manifestaba en cada gesto cotidiano, en cada encuentro, en cada promesa.
Quienes aún lo recuerdan hablan de ese tiempo como si se tratara de un sueño del que nadie supo despertar a tiempo. Un amor épico, dicen algunos, una historia que parecía destinada a perdurar... hasta que dejó de hacerlo.
Como todos los reinos que han sobrevivido al paso de los años, el de Asael no solo carga con piedra y arquitectura, sino con recuerdos. Recuerdos que se adhieren a los muros, que se filtran en las conversaciones en voz baja, que persisten en la mirada de quienes aún conservan fragmentos de lo que alguna vez fue. También carga con decisiones, con errores, con silencios, y, sobre todo, con las consecuencias inevitables de todo aquello.
Aún hay quienes aseguran recordar el sonido de las campanas en días de celebración, un sonido que no se limitaba a escucharse, sino que parecía sentirse en el pecho. Otros evocan mercados repletos, telas de colores intensos extendidas como mares sobre los puestos, aromas dulces y especiados que acompañaban el paso del tiempo desde el amanecer hasta la noche. Sin embargo, esos recuerdos han comenzado a desvanecerse, convirtiéndose en relatos incompletos que se transmiten más como anhelos que como nostalgias.
Han pasado más de veinte años desde la última vez que alguien del pueblo vio siquiera la silueta del rey. No hay apariciones públicas, no hay discursos, no hay señales de cercanía. Solo rumores, persistentes, repetidos, desgastados por el tiempo, traídos por criados que aseguran que sigue con vida, como si esa simple afirmación bastara para sostener su existencia.
Pero si el rey es una sombra, Asael es todo lo contrario.
De él sí se habla, y su nombre circula con facilidad en las zonas donde su presencia es permitida.
El príncipe Asael, único hijo del rey, heredero no solo del trono sino también del peso simbólico del reino, es una figura conocida en las calles cercanas al castillo, aquellas donde habitan los nobles y donde la vida aún intenta sostener una apariencia de orden. Su presencia nunca pasa desapercibida, no porque él lo busque, sino porque resulta inevitable.
Tiene el cabello castaño, lacio, cuidadosamente dispuesto, como si incluso en los detalles más simples existiera una expectativa que cumplir. Sus ojos celestes destacan con una claridad que no pasa inadvertida, y su mirada, aunque joven, parece contener una profundidad que muchos no esperan encontrar. Su rostro conserva rasgos que se atribuyen a su madre, una figura casi ausente en la memoria colectiva, mientras que su postura recuerda al rey en sus mejores años.
Hay algo en Asael que genera una reacción difícil de definir. Algunos lo observan con admiración, otros con curiosidad, y hay quienes lo miran con una emoción más compleja, una mezcla de expectativa y algo cercano a la incertidumbre.
Sin embargo, Asael nunca está solo. Siempre se encuentra escoltado, acompañado por criados atentos, vigilado incluso cuando no parece necesario. Donde él aparece, el ambiente cambia, como si su presencia alterara el equilibrio natural de los espacios.
Y aun así, su mundo tiene límites.
No puede alejarse de las calles principales. No puede decidir hacia dónde ir sin supervisión. No puede moverse con libertad dentro de aquello que algún día le pertenecerá por completo.
Creció sabiendo eso, aceptándolo en apariencia, pero nunca integrándolo del todo.
Porque Asael no solo vive, Asael imagina.
Sueña con ser rey, pero no por el poder ni por la posición, sino por la posibilidad de cambiar aquello que siente incompleto. Quiere devolverle al reino esa felicidad de la que tanto ha oído hablar, esa que nunca conoció y que, según los susurros, desapareció el mismo año en que él nació.
La idea no lo abandona.
Aparece en momentos inesperados, se instala en su mente, lo obliga a observar con más atención, a buscar respuestas donde nadie parece dispuesto a darlas.
No necesita que nadie le explique la historia completa para comprender lo esencial. Su nacimiento coincide con la muerte de su madre, con el encierro de su padre y con el inicio de la decadencia del reino.
Demasiadas coincidencias.
A sus diecinueve años, Asael ya no puede ignorar esas conexiones. No puede seguir aceptando las versiones incompletas que le han ofrecido durante toda su vida.
Quiere formar parte del reino de verdad. Quiere entender cómo funciona, qué lo sostiene, qué lo está debilitando. Quiere prepararse para el momento en que todo recaiga sobre él.
Pero cada intento de acercarse a esas responsabilidades termina en lo mismo: evasivas, excusas, silencios.
Y en ese silencio comienza a crecer una pregunta que no logra ignorar.
¿Qué hace realmente el rey?
Porque cuanto más observa, más evidente se vuelve algo que nunca antes había considerado: su padre no parece estar gobernando.
Esa idea abre otras preguntas, más profundas, más inquietantes, preguntas que no se atreve a formular en voz alta, pero que ya no puede evitar pensar.
Si el rey no gobierna, entonces ¿quién lo hace?
Y si alguien más lo hace... ¿por qué?
La curiosidad se transforma en necesidad. Asael ya no quiere solo entender, necesita hacerlo.
Esa mañana, el castillo despertaba como siempre, con la misma rutina, con los mismos movimientos previsibles, con la misma sensación de control absoluto. Asael, sin embargo, permanecía en su habitación con una inquietud distinta.
Observó el espacio que lo rodeaba, cada objeto en su lugar, cada tela perfectamente dispuesta, cada detalle pensado para ofrecer comodidad. Y aun así, todo le resultaba distante.
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Editado: 02.07.2026