Matar Al Rey

Capítulo 2

La brisa chocó contra el rostro del príncipe, desordenando su cabello con una persistencia casi incómoda, como si el viento se negara a dejarlo intacto. Por un instante, Asael pensó que aquel leve desorden podría favorecer su intento de pasar desapercibido, como si ese detalle bastara para alejarlo de todo lo que lo delataba. Sin embargo, la idea se desvaneció con la misma rapidez con la que había surgido. Sabía que no era suficiente. Cualquier campesino habría reconocido la tela de su ropa incluso en su estado más desgastado; no parecía un príncipe, pero tampoco alguien que perteneciera a ese mundo. Había algo en él, en su postura, en su forma de moverse, que no podía ocultarse con facilidad.

Aun así, continuó.

Bajó la cabeza con una discreción que no le era natural y comenzó a recorrer las calles principales, cuidando cada paso, cada gesto, cada mirada. Intentaba imitar lo que había observado durante años: la forma en que las personas comunes caminaban, cómo evitaban llamar la atención, cómo parecían fundirse con el entorno. Sin embargo, cuanto más lo intentaba, más consciente se volvía de la diferencia. Su cuerpo no respondía igual. Su andar era demasiado recto, demasiado medido, demasiado aprendido.

No bastaba con querer parecer.

Había cosas que estaban demasiado arraigadas.

Mientras avanzaba, su atención se dirigía a cada detalle, no como alguien que simplemente transita un lugar, sino como alguien que intenta comprenderlo. Sabía exactamente hacia dónde iba, y esa claridad era lo único que le daba cierta seguridad.

El mercado.

No el que conocía. No el que abastecía al castillo ni el que mantenía la ilusión de abundancia que rodeaba a los nobles. Su objetivo era otro, uno que siempre había estado fuera de su alcance, no por distancia, sino por decisión.

Había comprendido algo en los últimos días, algo que ahora se sentía casi evidente: un mercado puede revelar más sobre un reino que cualquier discurso, más que cualquier informe, más que cualquier versión oficial. En él se ve lo que realmente ocurre, no lo que se quiere mostrar.

En el mercado se ve el estado de los trabajadores, lo que pueden permitirse, lo que no, lo que comen, lo que dejan de comer, lo que venden aun cuando no deberían tener que hacerlo. Se ve el equilibrio real del reino, o su falta.

Porque los eslabones altos pueden mentir.

Pero los bajos no tienen ese privilegio.

Cuando finalmente llegó, lo que encontró no fue lo que esperaba.

O quizás sí, pero no con esa intensidad.

El mercado era un espacio amplio, abarrotado, pero no vibrante. Había movimiento constante, sí, pero no había vida en él, al menos no en la forma que Asael había imaginado a partir de los relatos. No había colores intensos ni voces elevadas que compitieran entre sí, no había risas ni discusiones acaloradas. Todo estaba contenido.

Demasiado contenido.

Las personas se movían con rapidez, con precisión, como si cada segundo tuviera un peso que no podían permitirse ignorar. No se detenían más de lo necesario, no hablaban más de lo imprescindible, no miraban más de lo que consideraban seguro.

Asael notó las miradas.

No eran abiertas ni directas, pero estaban ahí.

Breves.

Evaluadoras.

Y en muchos casos, cargadas de un desprecio silencioso que no necesitaba palabras para hacerse evidente.

Su ropa lo delataba.

No por su riqueza, sino por su falta de desgaste real. No tenía la suciedad acumulada de los días, ni los remiendos repetidos, ni las marcas del uso constante. Era una imitación, y ellos lo sabían.

Aun así, algo llamó su atención.

Nadie lo señalaba.

Nadie lo nombraba.

Nadie parecía interesado en quién era.

Y eso, de una forma inesperada, lo hizo sentirse aún más fuera de lugar.

En las calles principales lo observaban como alguien importante.

Aquí, apenas como alguien irrelevante.

Y esa diferencia no lo tranquilizaba.

Lo exponía.

Lo obligaba a enfrentarse a una realidad en la que su identidad no tenía valor.

Continuó avanzando, más despacio ahora, permitiéndose observar con mayor detenimiento. Los puestos estaban distribuidos sin un orden claro, sostenidos por estructuras inestables, cubiertos por telas desgastadas que apenas cumplían su función. No había intención de estética, solo de supervivencia.

Los alimentos eran escasos.

Cajones casi vacíos se repetían en la mayoría de los puestos, como una constante imposible de ignorar. Donde debería haber abundancia, había restos. Donde debería haber opciones, había ausencia.

El puesto de carne fue el que más lo impactó.

No por lo que ofrecía.

Sino por lo que revelaba.

Había huesos.

Casi únicamente huesos.

Pero no eran los huesos que él conocía, aquellos que en el castillo se descartaban sin pensar, que se acumulaban después de comidas completas. Estos eran distintos.

Estaban limpios.

Como si cada uno hubiera sido utilizado hasta el límite, como si no se hubiera permitido que quedara nada aprovechable en ellos.

Eran huesos trabajados por la necesidad.

La poca carne disponible apenas podía considerarse como tal. Tenía un color verdoso, una textura que resultaba difícil de aceptar incluso a la distancia. Eran fragmentos pequeños, finos, insuficientes para alimentar a alguien.

Asael sintió una incomodidad creciente.

No era solo rechazo.

Era una comprensión que llegaba tarde.

Pensó que no debían poder pagar por más, y esa idea, tan simple, se volvió insoportable.

Las verduras no ofrecían un mejor panorama. Algunas estaban marchitas, otras directamente en un estado que habría sido descartado en cualquier otro contexto. Su textura era viscosa, su aspecto irregular, pero aun así se vendían.

Porque no había alternativa.

Y entonces lo vio.

Un hombre.

Al principio pensó que era un anciano, pero cuanto más lo observaba, menos seguro estaba. Su cuerpo era frágil, demasiado delgado, con unas piernas tan marcadas que sus rodillas sobresalían de una forma inquietante, como nudos tensos bajo la piel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.