Matar Al Rey

Capítulo 3

Asael carraspeó suavemente, todavía sosteniendo la mirada de la joven, quien no parecía tener ninguna intención de apartarla. Había algo en la forma en que lo observaba que lo incomodaba más de lo que estaba dispuesto a admitir, no porque fuera hostil de manera evidente, sino porque era directa, demasiado consciente, como si estuviera evaluándolo sin ningún tipo de filtro.

—Creo que sí —confirmó finalmente, desviando la mirada apenas un segundo hacia los lados, como si eso pudiera ayudarlo a orientarse—. ¿Podrías ayudarme?

La joven no respondió de inmediato. En lugar de eso, dio un paso hacia él con una seguridad que contrastaba con todo lo que Asael había visto hasta ese momento en aquel lugar. No dudó, no vaciló, no mostró respeto alguno por la distancia que normalmente se mantenía frente a alguien como él. Se acercó lo suficiente como para invadir su espacio sin pedir permiso y lo observó de arriba abajo con una franqueza que rozaba la insolencia.

Antes de que Asael pudiera reaccionar, ella extendió la mano y tomó entre sus dedos la tela de su abrigo, frotándola levemente, como si estuviera comprobando algo. Su gesto no fue brusco, pero sí lo suficientemente firme como para dejar en claro que no le preocupaba en lo más mínimo la reacción que pudiera provocar.

Luego volvió a mirarlo, esta vez con una desconfianza mucho más evidente.

—¿Eres de la realeza? —preguntó, clavando sus ojos en los de él, sin rodeos.

La pregunta lo tomó por sorpresa, no tanto por su contenido, sino por la forma en que fue hecha. No había respeto, ni duda, ni siquiera curiosidad genuina. Era una pregunta directa, casi acusatoria.

—Sí... —respondió Asael, sintiendo por primera vez desde que había salido del castillo una especie de inseguridad que no lograba disimular del todo.

La joven no apartó la mirada. Recorrió cada rasgo de su rostro con atención, como si estuviera confirmando una sospecha que ya tenía antes de formular la pregunta.

—¿Eres... el príncipe? —añadió después, con un tono apenas más contenido, aunque no menos firme.

Asael asintió en silencio. Durante un instante creyó percibir un cambio en su expresión, algo mínimo, casi imperceptible, como si la dureza de su mirada se suavizara apenas por un segundo. Pero fue tan breve que no pudo asegurarlo.

—Asael —se presentó, intentando recuperar algo de la formalidad que le resultaba familiar, aunque en ese contexto sonó casi fuera de lugar.

La joven soltó una pequeña exhalación, que no llegó a ser una risa, pero que tampoco pasó desapercibida.

—Sí, ya todos saben tu nombre —respondió, y esa simple afirmación hizo que Asael sintiera un leve calor en el rostro, una mezcla de incomodidad y vergüenza que no esperaba—. Soy Amelie.

No hubo ceremonia en su presentación, ni intento de suavizar el tono. Simplemente lo dijo, como si no tuviera mayor importancia, y acto seguido comenzó a caminar sin mirar atrás, como si diera por hecho que él la seguiría.

Y Asael lo hizo.

No porque se lo ordenara, sino porque no parecía haber otra opción.

Durante unos segundos caminaron en silencio, un silencio que no era cómodo, pero tampoco violento. Asael intentaba procesar todo lo que acababa de ocurrir, mientras observaba el entorno con una atención constante, intentando no perderse nuevamente.

—¿Sabe acaso el rey que el príncipe juega con los pobres? —preguntó Amelie de repente, sin detenerse, sin cambiar el ritmo de su paso.

La frase lo golpeó con más fuerza de la que esperaba.

—El príncipe no sabía que los pobres eran tan pobres —respondió Asael, con un intento de firmeza que no logró ocultar del todo la pesadez que sentía.

Amelie giró levemente la cabeza, lo suficiente como para mirarlo de reojo.

—Algo me hace pensar que el príncipe ya es bastante mayorcito como para vivir en su burbuja —replicó, sin suavizar en absoluto el tono, como si no viera motivo alguno para hacerlo.

Asael no respondió de inmediato. No porque no quisiera, sino porque no encontró una respuesta que no sonara vacía.

—La gente se muere de hambre desde hace tiempo —continuó ella—, pero parece que recién ahora te das cuenta de que vas a heredar este... basurero.

No utilizó la palabra con cuidado.

La dejó caer.

Y Asael la sintió.

—No es un basurero —respondió finalmente, más bajo, pero con una firmeza que no había mostrado hasta ese momento—. Solo necesita a alguien que se preocupe por él.

Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas demasiado, pero una vez dichas, no quiso retirarlas.

Amelie volvió a mirarlo, esta vez con algo distinto en la expresión. No era aprobación, pero tampoco era el mismo desprecio inicial. Había curiosidad.

Lo observó unos segundos más antes de volver la vista al frente.

—Todos aquí odian al rey —dijo después—, y por extensión, te odian a ti.

La frase quedó suspendida en el aire, sin dramatismo, sin exageración, como un hecho que no necesitaba explicación.

Asael sintió cómo esas palabras se asentaban en su interior con un peso distinto al de todo lo que había visto hasta ese momento. No era solo lo que decía, sino la naturalidad con la que lo hacía.

—No tengo permitido estar aquí —respondió finalmente, con una mezcla de frustración y necesidad—. Me mintieron durante todo este tiempo, ¿de acuerdo? Pero eso no cambia lo que quiero hacer ahora. Quiero que las cosas mejoren para ustedes, de verdad. En cuanto vuelva al castillo, tengo demasiadas preguntas que hacerle a mi padre, y voy a empezar a trabajar en ese cambio, sea rey de inmediato o no.

Esta vez no bajó la voz.

No dudó.

No intentó suavizar lo que decía.

Amelie lo observó nuevamente, más detenidamente, como si intentara decidir qué hacer con esas palabras. No parecía convencida, pero tampoco lo descartó de inmediato.

Finalmente, se encogió de hombros.

—Está bien —dijo, sin entusiasmo, pero tampoco con rechazo—. Vas a tener mucho trabajo.




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