Al voltearse, Asael se encontró nuevamente frente a un paisaje que conocía de memoria, pero que ahora le resultaba extrañamente ajeno. Las casas que se alzaban ante él eran aquellas que siempre había visto, las pertenecientes a los nobles, construcciones firmes, bien cuidadas, con fachadas impecables que parecían resistirse al paso del tiempo. No había grietas visibles, no había techos hundidos ni paredes a punto de ceder. Todo estaba en su lugar, como si la decadencia que había visto minutos antes no pudiera atravesar ese límite invisible.
El contraste fue inmediato y brutal.
El sendero serpenteante que se extendía frente a él, cuidadosamente diseñado, lo guiaba directamente hacia la imponente entrada del castillo. Era un camino pensado para impresionar, para ordenar, para mostrar estabilidad. Cada curva, cada árbol dispuesto a los costados, cada detalle parecía formar parte de una imagen que debía sostenerse a cualquier costo.
Asael avanzó por ese camino con pasos firmes, pero su mente estaba lejos de allí.
Demasiado lejos.
Los guardias de los jardines fueron los primeros en notarlo. Sus expresiones cambiaron apenas lo reconocieron, pasando de la rutina a una sorpresa que no lograron ocultar del todo. No era solo el hecho de verlo llegar, sino cómo lo hacía. Solo. Sin escolta. Sin aviso.
Era algo que no encajaba.
Los guardias de la entrada principal reaccionaron de forma similar. Algunos se miraron entre ellos por un breve instante, como si buscaran una explicación en el otro, pero ninguno dijo nada. Se limitaron a abrirle paso con la formalidad que les correspondía, aunque la inquietud era evidente.
Asael apenas lo notó.
Estaba demasiado absorto en sus propios pensamientos como para detenerse en esas reacciones.
Porque ahora ya no había espacio para dudas.
Tenía que enfrentarlo.
Tenía que enfrentarse a su padre.
Las preguntas comenzaron a acumularse con una intensidad que no le permitía ignorarlas, organizándose en su mente sin orden, superponiéndose unas con otras, exigiendo respuestas que nunca había tenido.
¿Hace cuánto tiempo había dejado al reino a su suerte?
La idea le resultaba cada vez más difícil de aceptar, no porque fuera improbable, sino porque comenzaba a sentirse demasiado posible.
¿Hace cuánto tiempo que no había información real, comprobable, sobre el estado del comercio, sobre los tratados, sobre las condiciones de los pobladores?
Todo lo que había dado por sentado ahora se tambaleaba.
¿Qué había pasado con los acuerdos que sostenían al reino?
¿Seguían existiendo?
¿Había alguien ocupándose de ellos?
¿O simplemente se habían desmoronado en silencio?
Pero por encima de todas esas preguntas, había una que lo perseguía con más fuerza que cualquier otra.
¿Por qué?
¿Por qué había dejado caer de esa forma un reino que, según todos los relatos, había amado profundamente?
Y más aún...
¿Por qué se lo había ocultado?
Esa última idea fue la que más lo desestabilizó.
No se trataba solo de abandono.
Se trataba de silencio.
De ocultamiento.
De una verdad que había sido cuidadosamente apartada de él durante toda su vida.
Asael apretó levemente la mandíbula mientras atravesaba los pasillos del castillo. Todo le resultaba familiar, cada rincón, cada puerta, cada tapiz, pero algo había cambiado.
No en el castillo.
En él.
Porque ahora veía todo con otros ojos.
Los sirvientes que se cruzaban en su camino se inclinaban con respeto, como siempre, pero él no podía evitar preguntarse cuánto de ese respeto era real y cuánto era simplemente parte de un sistema que se sostenía por costumbre.
¿Cuántos de ellos sabían?
¿Cuántos de ellos habían visto lo que él acababa de descubrir?
¿Y cuántos habían guardado silencio?
Cuando finalmente llegó a los aposentos de su padre, no dudó.
Levantó la mano y llamó a la puerta.
Una vez.
Luego otra.
El silencio fue la única respuesta.
Esperó unos segundos, conteniendo una inquietud que crecía con rapidez, y finalmente abrió la puerta sin recibir permiso.
Lo que encontró no fue lo que esperaba.
Las penumbras dominaban la habitación, incluso a esa hora del día, como si la luz evitara entrar por completo. El aire se sentía pesado, cargado, y el desorden era evidente. No era un caos absoluto, pero tampoco era el orden que uno esperaría del espacio de un rey.
Había objetos fuera de lugar.
Papeles sin organizar.
Rastros de abandono.
Pero no había rastro de él.
Asael avanzó unos pasos dentro de la habitación, recorriendo el espacio con la mirada, como si el rey pudiera aparecer en cualquier momento.
No lo hizo.
La ausencia fue inmediata.
Y desconcertante.
Salió de la habitación con el ceño levemente fruncido y comenzó a recorrer los lugares donde usualmente podía encontrarlo. La biblioteca fue el primero.
Nada.
El salón principal, amplio y silencioso, tampoco ofrecía respuestas.
El comedor, preparado como siempre, impecable, pero vacío.
Cada espacio que recorría confirmaba lo mismo.
No estaba.
La sensación que comenzó a crecer en su interior no era solo frustración.
Era algo más cercano a la inquietud.
Como si esa ausencia no fuera casual.
Como si hubiera algo más detrás.
Finalmente, se detuvo frente a una de las criadas que se encontraba en el pasillo. Ella se tensó apenas lo vio acercarse, adoptando de inmediato la postura que le correspondía.
—¿Han visto al rey? —preguntó Asael, esta vez con una firmeza que no dejó lugar a evasivas.
—No, alteza —respondió ella con rapidez, inclinándose con respeto—. No desde el desayuno.
Su voz fue correcta, medida, pero hubo algo en la forma en que evitó sostener la mirada que Asael no pudo ignorar del todo.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, la criada se retiró, casi con prisa, como si permanecer allí un segundo más fuera indebido.
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Editado: 02.07.2026