Matar Al Rey

Capítulo 5

El lugar de la reunión se encontraba en un club dentro del reino más cercano, una decisión que, al menos en términos prácticos, Asael agradeció. La distancia no era excesiva, lo que le permitió llegar con relativa rapidez en carruaje, evitando así prolongar innecesariamente una espera que ya de por sí cargaba con una tensión difícil de ignorar. Durante el trayecto, el movimiento constante de las ruedas sobre el camino apenas lograba distraerlo de sus pensamientos, que volvían una y otra vez a las imágenes que había visto esa misma mañana, mezclándose ahora con la incertidumbre de lo que estaba por enfrentar.

Al llegar, el edificio no dejó lugar a dudas sobre el tipo de lugar en el que se encontraba. Era un club de nobles, de aquellos que no necesitaban anunciar su exclusividad porque esta se percibía en cada detalle. La estructura era sólida, imponente sin ser ostentosa, y las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas oscuras que impedían ver hacia el interior, como si lo que ocurriera allí no debiera ser observado por ojos ajenos. No era un concepto desconocido para Asael; en su propio reino existía un lugar muy similar, uno al que los nobles acudían para apostar, beber y entregarse a placeres que rara vez eran mencionados en voz alta.

Asael solo recordaba haber estado allí una vez, y ese recuerdo era difuso, casi ajeno. Había sido demasiado joven para comprender lo que realmente ocurría en ese entorno, y en aquel entonces, cualquier interés que pudiera haber tenido se veía eclipsado por algo mucho más simple y auténtico: los paseos con Blair. En comparación, la idea de compartir espacio con hombres mayores, consumidos por rutinas repetitivas y silencios pesados, nunca le había resultado particularmente atractiva.

Apenas cruzó el umbral del club, el aire lo golpeó con una familiaridad incómoda. El olor era inconfundible, una mezcla persistente de alcohol y humo que parecía adherirse a la piel como una capa invisible, difícil de remover incluso después de varios baños. No importaba cuánto se intentara limpiar, ese tipo de lugares dejaba una marca, una sensación que no se iba con facilidad y que, de alguna manera, siempre terminaba recordando dónde había estado.

Fue conducido sin demora hacia el salón principal, donde la reunión ya se encontraba en curso. La sala era amplia, dominada por una larga mesa de roble oscuro que se extendía en el centro, rodeada por figuras que, a primera vista, representaban poder en distintas formas. Había guardias apostados con discreción, nobles que observaban con atención medida y, por supuesto, los cuatro reyes que habían firmado la carta que lo había llevado hasta allí.

Asael tomó asiento en uno de los extremos de la mesa, una posición que no parecía casual. Desde allí podía verlos a todos, pero también era visto por todos, una disposición que lo colocaba en el centro de la atención sin necesidad de palabras. La conversación continuaba como si su llegada no hubiera alterado el curso de lo que ya se estaba discutiendo, lo que le permitió escuchar sin interrumpir.

Al principio, los temas parecían los habituales: tratados, acuerdos comerciales, tensiones menores que formaban parte del equilibrio constante entre reinos. Sin embargo, a medida que avanzaba la conversación, el tono comenzó a cambiar. Las menciones se volvieron más específicas, más insistentes, y poco a poco un tema comenzó a imponerse sobre los demás.

Pestes.

Plagas.

La forma en que hablaban de ello no era alarmista, pero sí lo suficientemente seria como para dejar en claro que no se trataba de un problema menor. Asael comenzó a prestar más atención, sintiendo cómo una incomodidad creciente se instalaba en su interior a medida que las piezas comenzaban a encajar de una forma que no le gustaba en absoluto.

Fue entonces cuando lo mencionaron.

El reino de Asael.

Las condiciones de sus pobladores.

La alimentación.

El estado de los animales.

Cada palabra parecía confirmar lo que él había visto apenas unas horas antes, pero ahora desde otra perspectiva, una que no solo hablaba de sufrimiento interno, sino de consecuencias que se extendían más allá de sus fronteras. Según lo que discutían, esas mismas condiciones habían generado plagas que ya no se limitaban a su reino, sino que comenzaban a propagarse hacia los territorios vecinos.

La idea lo golpeó con una fuerza distinta.

No era solo abandono.

Era riesgo.

Un riesgo que ahora involucraba a otros.

Asael sintió cómo su postura se tensaba ligeramente, aunque hizo un esfuerzo consciente por mantener la compostura. No podía permitirse mostrar debilidad en ese momento, no allí, no frente a esas miradas que parecían analizar cada uno de sus gestos.

La conversación continuó unos minutos más, pero ya no necesitaba escuchar mucho más para entender hacia dónde se dirigía.

—Necesitamos una confirmación de que se está trabajando en un cambio dentro del reino de Asael, príncipe Asael —anunció finalmente uno de los reyes, dirigiéndose a él con una claridad que cortó cualquier posibilidad de evasión.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí lo suficientemente denso como para obligarlo a responder.

Asael tomó un leve respiro antes de hablar, organizando sus palabras con cuidado, consciente de que cada una de ellas tenía un peso que no podía ignorar.

—Comprendo perfectamente, señor —respondió, manteniendo un tono firme—. Trabajaremos en ello de forma inmediata. Informaré al rey y...

No pudo terminar.

—No estás comprendiendo, príncipe —lo interrumpió el rey sin elevar la voz, pero con una autoridad que hizo que Asael se detuviera de inmediato—. Si eso hubiésemos querido, nos habríamos reunido con el rey.

Las palabras fueron directas.

Y no dejaban margen de interpretación.

Asael tragó saliva con discreción, intentando que el gesto pasara desapercibido, aunque la sensación en su garganta fue imposible de ignorar. En ese momento comprendió que la reunión no era una cortesía, ni una advertencia suave.




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