En el castillo del reino de Asael, lejos del bullicio controlado de los salones principales, un criado se inclinaba ante el rey con la prudencia de quien sabe que cada palabra puede ser interpretada como un error. Su voz, apenas un murmullo, se deslizaba en el silencio pesado de la estancia, relatando con cautela la invitación que el joven príncipe había recibido. No se atrevía a alzar demasiado el tono, como si incluso las paredes pudieran volverse testigos incómodos de lo que estaba diciendo. El rey lo observaba sin expresión, inmóvil, como una figura tallada en piedra, pero detrás de esa quietud, algo comenzaba a moverse.
—¿Hay alguna prueba de lo que me afirma? —preguntó finalmente, y su voz no fue elevada, pero sí lo suficientemente fría como para cortar cualquier posibilidad de duda.
El criado no dudó en responder. Con manos firmes, aunque no exentas de tensión, extendió la carta que había sido entregada al príncipe, presentándola con una reverencia medida, cuidando cada gesto como si su propia seguridad dependiera de ello, porque lo hacía.
El rey tomó el documento sin apresurarse, como si el tiempo no tuviera dominio sobre él, y comenzó a leer en silencio. Sus ojos recorrieron cada línea con una atención que no dejaba escapar detalle alguno, y a medida que avanzaba, la falta de expresión en su rostro no indicaba ignorancia, sino todo lo contrario. Comprendía demasiado bien lo que tenía entre manos.
El motivo de esa reunión no necesitaba explicación.
Era evidente.
Tan evidente que le resultaba difícil aceptar que Asael no lo hubiera visto de la misma forma.
¿Qué clase de asunto, qué decisión de peso para el reino, podía discutirse sin la presencia del rey, pero sí con la del príncipe?
No había muchas respuestas posibles.
Y todas conducían al mismo punto.
Un derrocamiento.
La idea no lo sorprendió.
Pero sí lo irritó.
Asael, su único heredero, se había presentado a una reunión convocada por reyes extranjeros, una reunión que claramente no respetaba el orden establecido, y lo había hecho sin consultarlo, sin informarle, sin siquiera insinuar sus intenciones. La imagen comenzó a formarse con una claridad incómoda: su hijo, sentado frente a esos hombres, compartiendo palabras, acuerdos, tal vez incluso decisiones que no le correspondían.
A sus espaldas.
Confraternizando con las víboras de los reinos vecinos, aquellos mismos que durante años habían observado con interés cada debilidad, cada grieta, esperando el momento adecuado para intervenir.
El rey mantuvo la carta entre sus manos unos segundos más, en silencio, como si el simple contacto con el papel confirmara lo que ya sabía. No había sorpresa en su interior.
Había cálculo.
—Señor —intervino entonces una voz, rompiendo la quietud con cautela.
Era uno de los guardias presentes, un hombre de alto rango cuya presencia no respondía solo a la formalidad, sino a una cercanía que pocos tenían con el monarca. Formaba parte de su escolta personal, alguien cuya palabra no era dicha a la ligera.
El rey no levantó la vista.
—¿Sí? —respondió, con la misma frialdad que había mostrado antes, sin otorgarle aún su atención completa.
El guardia dio un paso al frente, manteniendo la postura firme, aunque el contenido de lo que estaba por decir exigía una precisión que no admitía errores.
—Disculpe la indiscreción —comenzó, midiendo cada palabra—, pero esta mañana el príncipe fue visto en las afueras del castillo, acompañado por una joven cuyas actividades... están en tela de juicio.
Hubo un breve silencio, no por duda, sino por elección.
El guardia sabía que no podía hablar de más, pero tampoco podía omitir lo esencial.
—La pureza de su alma es, como mínimo, cuestionable —añadió finalmente, manteniendo el tono serio, sin intención de dramatizar, pero tampoco de suavizar lo dicho.
El rey no respondió de inmediato.
Su mirada permaneció fija en la carta, pero ahora ya no leía.
Pensaba.
Las piezas comenzaban a encajar de una forma que no le resultaba conveniente, pero sí coherente. La ausencia del príncipe, la invitación, los reinos vecinos, y ahora esa información adicional, aparentemente menor, pero que en ese contexto adquiría un matiz distinto.
No era solo una reunión.
No era solo una coincidencia.
Era movimiento.
Y Asael estaba en el centro de él.
El rey dejó escapar un leve suspiro, apenas perceptible, antes de doblar la carta con una precisión casi mecánica. Sus dedos no temblaron, su expresión no cambió, pero algo en la forma en que sostuvo el papel revelaba una decisión que comenzaba a tomar forma.
No preguntó más.
No necesitaba hacerlo.
Porque, en su mente, la situación ya no era una incógnita.
Era una amenaza.
Y como toda amenaza debía ser contenida antes de que creciera demasiado.
¿Y si Asael no había ido en busca de poder, sino de respuestas? La idea cruzó la mente del rey con una rapidez inesperada, instalándose por un instante en un lugar que no solía conceder espacio a la duda. No era una posibilidad absurda. De hecho, era casi inevitable. Asael siempre había sido un joven observador, inquieto, con una curiosidad que rara vez se conformaba con lo superficial. En eso se parecía demasiado a su madre, y ese paralelismo, lejos de resultarle reconfortante, solo hacía que todo se volviera más incómodo.
El rey desvió la mirada hacia algún punto indefinido de la estancia, como si al hacerlo pudiera ordenar mejor sus pensamientos, pero estos no se presentaban con claridad, sino como fragmentos que chocaban entre sí. No le sorprendía que Asael quisiera entender, que cuestionara, que buscara respuestas donde nunca se le habían dado. Lo que no lograba aceptar era el lugar al que había acudido para encontrarlas.
Porque no eran personas cualquiera.
No eran consejeros neutrales ni aliados confiables.
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Editado: 20.07.2026