Matar Al Rey

Capítulo 7

Los árboles se deslizaban frente a la ventana del carruaje como una sucesión constante de sombras y luz, formando un ritmo casi hipnótico que en otras circunstancias habría resultado reconfortante para Asael. Aquel camino le era conocido, tantas veces recorrido en trayectos sin urgencia, donde el movimiento del carruaje y el murmullo del entorno parecían suficientes para aquietar cualquier inquietud. Sin embargo, en esta ocasión, esa misma ruta se sentía distinta, más extensa, más pesada, como si cada tramo se alargara de forma imperceptible, resistiéndose a permitirle avanzar con la rapidez que ahora necesitaba.

Asael permanecía sentado, con la mirada fija en el exterior, observando el bosque mientras intentaba ordenar sus pensamientos. La reunión seguía presente en su mente con una claridad que no se desvanecía, cada palabra, cada mirada, cada silencio calculado regresando una y otra vez, obligándolo a reconsiderar todo lo que creía entender. La firma, el acuerdo, las implicaciones... todo formaba parte de un entramado que apenas comprendía en su totalidad. Aun así, por más que intentara estructurar una estrategia, sus pensamientos siempre terminaban conduciéndolo al mismo punto: debía llegar al castillo y encontrar a su padre antes de que fuera demasiado tarde.

Con el paso del tiempo, el paisaje comenzó a transformarse sutilmente. Los árboles, la disposición del terreno, incluso la forma en que la luz atravesaba el follaje adquirieron un carácter familiar que no necesitaba confirmación. Habían entrado en los territorios del reino de Asael. Aquello debería haberle generado una sensación de alivio, una certeza de cercanía, pero en lugar de eso, lo que sintió fue una tensión distinta, más difícil de justificar, como si algo en el aire hubiera cambiado sin previo aviso.

El carruaje se detuvo.

El movimiento fue gradual, pero lo suficientemente marcado como para sacarlo de su concentración. Asael frunció levemente el ceño, inclinándose apenas hacia adelante antes de dirigir la mirada hacia la ventana. Desde su posición pudo distinguir la silueta del conductor conversando con un guardia en el camino. No era inusual encontrar controles o advertencias en rutas transitadas, especialmente en tiempos inciertos, por lo que, en un primer momento, no le dio mayor importancia.

Pensó que quizás le estaban informando sobre algún robo reciente, alguna dificultad en el trayecto o incluso alguna indicación de seguridad. Sin embargo, los segundos comenzaron a acumularse y la conversación no terminaba. El intercambio parecía prolongarse más de lo necesario, y había algo en la postura de ambos hombres que no terminaba de encajar con una simple advertencia rutinaria.

La incomodidad creció.

Asael apoyó una mano contra el asiento, evaluando la situación durante un breve instante antes de tomar una decisión. No estaba en condiciones de perder tiempo en demoras innecesarias, no cuando cada momento podía significar una diferencia real en lo que estaba por ocurrir.

Abrió la puerta del carruaje y descendió con rapidez contenida, movido más por la impaciencia que por una verdadera intención de confrontar. Apenas sus pies tocaron el suelo, avanzó unos pasos, dispuesto a exigir una explicación clara sobre la detención.

Y entonces se detuvo.

No por voluntad propia.

Sino porque algo en el ambiente lo obligó a hacerlo.

Las miradas.

Los guardias que se encontraban allí lo observaron de una forma que Asael nunca había experimentado antes. No había respeto en sus ojos, ni reconocimiento inmediato, ni la habitual formalidad que acompañaba cada uno de sus movimientos dentro del reino. Lo que encontró fue algo distinto, algo más afilado, más duro, una mezcla de tensión y hostilidad contenida que lo atravesó con una claridad imposible de ignorar.

Era una mirada que no correspondía a un príncipe.

Era una mirada dirigida a otra cosa.

Uno de los guardias alzó levemente la mano y lo señaló, inclinándose hacia su compañero para murmurar algo que Asael no logró escuchar, pero cuya intención no necesitaba ser explicada. El gesto fue breve, pero suficiente para que el resto comenzara a reaccionar, ajustando su postura, tensando el ambiente de una forma que transformó por completo la situación.

Asael no se movió.

No todavía.

Sus ojos recorrieron el lugar con una atención renovada, intentando comprender lo que estaba ocurriendo sin precipitarse, pero la sensación que comenzaba a instalarse en su interior no era de duda.

Era de peligro.

Fue entonces cuando lo vio.

Detrás de uno de los guardias, parcialmente oculto por la disposición del grupo, había un rostro que le resultaba familiar. Un joven guardia, uno de los más recientes en integrarse a su escolta, alguien a quien había visto en más de una ocasión dentro del castillo. No era cercano, pero sí lo suficiente como para reconocerlo sin esfuerzo.

Sus miradas se encontraron.

Y lo que Asael vio en sus ojos no fue lealtad.

Fue miedo.

Un miedo claro, directo, imposible de disimular, que contrastaba con la rigidez que intentaba mantener en su postura. El joven no dijo nada, no podía hacerlo, pero en ese breve instante en que sostuvo la mirada, hizo algo más.

Movió los labios.

Sin sonido.

Sin gesto exagerado.

Apenas lo suficiente.

Asael frunció levemente el ceño, concentrándose, leyendo con atención ese movimiento silencioso, aislando la palabra que se formaba frente a él.

Y cuando la entendió, todo encajó.

"Corre."

El joven príncipe no necesitó más indicaciones. La palabra había sido suficiente, no solo por lo que significaba, sino por la forma en que había sido dicha, por el miedo que la sostenía. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente terminara de procesarlo, y en el siguiente instante ya estaba corriendo, impulsado por una urgencia que no admitía dudas. Agradeció, casi sin pensarlo, no llevar su vestimenta habitual, porque en ese momento cualquier detalle que lo hiciera menos reconocible podía marcar la diferencia entre escapar o ser alcanzado.




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