Matar Al Rey

Capítulo 8

Los pasos llegaron antes que las voces, pesados, firmes, avanzando sobre la tierra con una claridad imposible de ignorar incluso a través de las paredes desgastadas de la casa. Asael los reconoció de inmediato, no por el sonido en sí, sino por lo que implicaban. No era el caminar despreocupado de un transeúnte ni el movimiento errático de alguien perdido; era un ritmo organizado, disciplinado, el tipo de avance que solo pertenecía a hombres entrenados para encontrar y capturar. Cada golpe contra el suelo parecía acercarse más, y con él, la certeza de que no estaban lejos de descubrirlos.

Cuando finalmente se detuvieron, el silencio no fue un alivio, sino una pausa tensa, cargada de expectativa. Luego, sin necesidad de órdenes audibles, los pasos se dividieron en distintas direcciones, como si cada uno de los soldados ya supiera exactamente qué hacer. Algunos se alejaron, otros rodearon la estructura, y unos pocos se aproximaron peligrosamente al lugar donde Asael y Amelie permanecían ocultos.

Uno de ellos se detuvo justo al otro lado de la pared, tan cerca que Asael pudo percibir la presencia como si la tuviera encima. El leve crujido de la madera y el desplazamiento de la tierra bajo sus botas marcaron su posición con una precisión inquietante. Luego, otro paso más, y la sombra del soldado se proyectó brevemente a través de la tela que cubría la ventana, apenas visible, pero suficiente para confirmar lo que temían.

Instintivamente, ambos se apretaron más contra la pared, reduciendo cualquier espacio que pudiera delatarlos, buscando desaparecer dentro de la propia estructura. La cercanía dejó de ser una elección y se convirtió en una necesidad absoluta. Asael contuvo la respiración, sintiendo cómo su propio pulso parecía demasiado fuerte, demasiado evidente, como si pudiera traicionarlo en cualquier momento.

—No creo que nadie viva en este lugar —se escuchó la voz apagada de uno de los soldados, amortiguada por la pared, pero lo suficientemente clara como para comprenderla.

Hubo un breve silencio.

Luego, los pasos comenzaron a alejarse, primero con cautela, como si aún evaluaran la posibilidad de regresar, y después con una seguridad creciente, dispersándose nuevamente en otras direcciones. El sonido se fue diluyendo poco a poco, pero no desapareció por completo, manteniéndose como un eco distante que impedía cualquier relajación inmediata.

Aun así, ninguno de los dos se movió.

El peligro no se había ido.

No del todo.

Y en ese estado suspendido, donde el tiempo parecía estirarse más de lo habitual, Asael permitió que su mente se desviara por un instante, no hacia la persecución ni hacia el castillo, sino hacia algo mucho más inmediato.

La cercanía.

Era incómoda.

Inevitable.

Y completamente ajena a todo lo que conocía.

No recordaba haber estado tan cerca de alguien desde hacía años, probablemente desde que tenía cinco, cuando las institutrices habían decidido que tanto él como Blair eran demasiado mayores para ciertos juegos y que, a partir de ese momento, debían comportarse como correspondía a su posición. Desde entonces, la cercanía física había sido reemplazada por la formalidad, por la distancia medida, por interacciones controladas donde cada gesto tenía un límite claro.

Blair había sido lo más cercano a un vínculo real, casi como una hermana, alguien con quien compartir el tiempo sin necesidad de pensar demasiado en lo que implicaba. Pero incluso eso había cambiado con los años, diluyéndose en una convivencia más estructurada, menos espontánea.

Amelie era distinta.

Completamente distinta.

Desde la primera vez que la había visto, incluso bajo una mirada cargada de desprecio, Asael no había tenido dudas de que era hermosa. Esa impresión inicial no había sido producto de la sorpresa ni de la novedad, sino de algo más directo, más inmediato. Sin embargo, tenerla así de cerca transformaba esa percepción en algo diferente, algo que no había anticipado.

Cada rasgo parecía cobrar una intensidad particular bajo esa proximidad forzada. Su piel era pálida, limpia de una forma que contrastaba con el entorno en el que vivía, recordándole por un instante a las muñecas de porcelana del castillo, aunque había en ella algo mucho más real, más vivo, que no podía compararse con un objeto inerte. No era una perfección distante, sino una presencia tangible, cercana.

Sus cejas, expresivas incluso en la quietud, suavizaban sus facciones de una forma inesperada, dándole un aire que, en otro contexto, podría haberse percibido como cálido, casi cariñoso, aunque Asael sabía que esa no era la forma en que ella lo miraba. Sus ojos, de un tono avellana profundo, no eran como los que estaba acostumbrado a ver en la corte. No eran vacíos ni complacientes. Observaban de verdad, con una atención que parecía atravesar lo superficial y detenerse en lo que había debajo.

Sus rasgos eran delicados, pero no frágiles, y sus labios, de un rojo natural, contrastaban suavemente con el resto de su rostro. La línea de sus clavículas se marcaba bajo la tela gastada de su vestido, una prenda que en algún momento había sido de un rojo intenso, pero que con los años se había desvanecido hasta convertirse en un tono indefinido, apenas cercano al rosa. Aun así, lejos de restarle presencia, esa sencillez parecía reforzar algo que Asael no lograba nombrar con precisión.

Su cabello estaba recogido, pero incluso así dejaba entrever una textura suave, desordenada de forma natural, como si no hubiera sido pensada para ser vista, sino simplemente para ser.

Era hermosa.

Pero no de la forma en que lo eran las mujeres del castillo.

No era una belleza construida para ser admirada desde la distancia, ni una que dependiera de adornos o expectativas. Había en ella algo más difícil de definir, algo que no invitaba solo a mirar, sino a quedarse, a observar un poco más, a no apartar la vista con facilidad.




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