Matar Al Rey

Capítulo 9

Cuando la luz del día finalmente se retiró, cediendo su lugar a una oscuridad que no era inmediata sino progresiva, la casa pareció transformarse junto con el entorno. Las últimas franjas de claridad se deslizaron por las grietas de las paredes y desaparecieron sin dejar rastro, y lo que antes era un refugio precario se volvió algo más denso, más inquietante. El polvo suspendido en el aire, apenas visible antes, comenzó a confundirse con las sombras, y los pocos muebles que quedaban dentro proyectaban formas alargadas y deformes contra las paredes, figuras que parecían moverse con cada leve cambio de luz, como si la casa misma respirara en silencio.

El ambiente adquirió un carácter más lúgubre, no por lo que había en él, sino por lo que sugería. Cada rincón parecía ocultar algo, cada sombra parecía tener más profundidad de la que debería. Asael lo percibió de inmediato, aunque no lo expresó. No era el tipo de oscuridad al que estaba acostumbrado, aquella que en el castillo se disipaba con facilidad gracias a antorchas y lámparas. Esta era distinta. Más real. Más presente.

—Ya debemos irnos —anunció Amelie en voz baja, rompiendo el silencio sin alterarlo por completo.

No hubo discusión ni demora. Asael asintió levemente y se puso en movimiento detrás de ella, abandonando la casa con una última mirada rápida hacia el interior, como si intentara memorizar el lugar que, por un breve instante, había sido su único refugio.

El aire exterior era más frío, más limpio, pero también más abierto, más expuesto. Avanzaron por caminos de tierra que Asael no reconocía, senderos irregulares que serpenteaban entre construcciones cada vez más humildes. Las casas que los rodeaban eran pequeñas, muchas de ellas en condiciones similares a la que acababan de dejar, aunque algunas mostraban señales de vida en su interior. La luz del fuego se filtraba a través de ventanas y rendijas, proyectando un resplandor cálido que contrastaba con la oscuridad creciente del exterior.

Ese contraste no pasó desapercibido para Asael. Había algo en esas luces, en esa calidez contenida, que hablaba de vida, de resistencia, incluso en medio de la precariedad. No era el tipo de lujo al que estaba acostumbrado, pero tenía una presencia distinta, más auténtica, más difícil de ignorar.

Continuaron avanzando sin detenerse, dejando atrás las últimas casas hasta que el terreno comenzó a cambiar de forma más evidente. La transición hacia el bosque no fue abrupta, sino gradual, pero clara. Los árboles comenzaron a cerrarse sobre el camino, sus ramas entrelazándose en lo alto, filtrando la poca luz que aún quedaba y sumergiéndolos en una penumbra más profunda.

Allí, el silencio era diferente.

No estaba vacío.

Estaba lleno de sonidos.

El crujir de hojas bajo sus pies, el susurro del viento entre las ramas, movimientos sutiles que no siempre podían identificar con precisión. Asael sintió cómo su cuerpo respondía a ese entorno con una tensión que no podía controlar del todo. Cada sonido parecía más cercano de lo que era, cada movimiento en la oscuridad parecía tener intención.

La sensación de ser observado se instaló sin previo aviso, creciendo lentamente hasta volverse imposible de ignorar. No era una certeza, sino una percepción, pero lo suficientemente fuerte como para hacer que sus sentidos se mantuvieran en alerta constante. Por momentos, le parecía distinguir pequeños destellos entre la vegetación, reflejos breves, como ojos que lo seguían desde la distancia.

—¿Alguna vez has venido al bosque de noche? —preguntó Amelie sin detenerse, notando el cambio en su comportamiento con una facilidad que no necesitaba confirmación.

Asael soltó una leve exhalación antes de responder.

—Ni de día —admitió, sin intentar suavizarlo.

No tuvo tiempo de añadir nada más. Un movimiento brusco surgió desde un arbusto cercano, rompiendo la quietud con un sonido seco que lo hizo reaccionar de inmediato. Su cuerpo se tensó y dio un paso involuntario hacia un lado, sobresaltado por la repentina aparición de una pequeña figura que cruzó el camino con rapidez antes de desaparecer nuevamente entre la vegetación.

Durante un segundo, Asael no pudo identificar qué había sido.

Luego lo comprendió.

Un animal pequeño.

Quizás una ardilla.

Pero la reacción ya había ocurrido.

En ese movimiento inesperado, su cuerpo chocó contra Amelie, rompiendo la distancia que habían mantenido durante el trayecto. El contacto fue breve, pero lo suficientemente abrupto como para hacer que ambos se separaran casi de inmediato.

—Lo siento —dijo Asael al instante, con una mezcla de vergüenza y torpeza que no pudo ocultar, recuperando el equilibrio apenas un segundo antes de que su pie se enganchara con algo en el suelo.

Una rama.

El tropiezo fue inevitable. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, perdiendo estabilidad por un instante que pareció extenderse más de lo necesario, como si incluso el suelo estuviera decidido a jugar en su contra en ese momento.

El bosque no era un lugar que estuviera dispuesto a facilitarle las cosas.

Y Asael comenzaba a entenderlo.

Amelie se detuvo de pronto, girándose lo suficiente como para observarlo con una mezcla de paciencia y ligera resignación, como si ya hubiera anticipado que el ritmo del trayecto terminaría afectándolo tarde o temprano. Sin decir nada al principio, extendió la mano hacia él con un gesto firme, natural, como si no hubiera lugar para dudas ni para interpretaciones equivocadas.

—Será más fácil llevarte vivo así —comentó con tranquilidad, restándole importancia al gesto como si fuera una simple cuestión práctica—. Es una noche muy cerrada, debe ser el día libre de la luna.

El tono en el que lo dijo no contenía miedo ni inquietud, sino una familiaridad casi absoluta con el entorno. Para Amelie, la oscuridad no era una amenaza, sino una condición más del camino. Asael, en cambio, percibía cada sombra como una presencia posible, cada sonido como una advertencia.




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