Matar Al Rey

Capítulo 10

Asael alzó la mirada hacia la puerta con una atención renovada, como si en ese umbral se concentrara de pronto todo lo que estaba en juego. Vera no estaba sola; detrás de ella, ligeramente en penumbra, se distinguían otras figuras femeninas, algunas de las mismas con las que había compartido la mesa hacía apenas unos momentos. La transición entre el calor del comedor y la quietud de la biblioteca había sido abrupta, pero la presencia de aquellas mujeres lograba tender un puente entre ambos espacios, como si trajeran consigo una continuidad que no dependía del lugar, sino de la intención.

Había algo en la postura de Vera que imponía calma sin necesidad de exigirla. No era autoridad rígida ni dominio explícito, sino una forma de estar que organizaba el ambiente a su alrededor. Asael lo percibió con claridad, y no le resultó difícil comprender por qué Amelie la había señalado como una figura central dentro de aquella comunidad. Había en ella un matiz casi maternal, no en el sentido protector que infantiliza, sino en uno más amplio, más profundo, como si estuviera acostumbrada a sostener decisiones difíciles sin perder la claridad.

—Podemos guiarte por el bosque hasta el castillo —explicó Vera mientras avanzaba unos pasos hacia el interior de la biblioteca, acortando la distancia con Asael sin invadir su espacio—, y ayudarte con los guardias una vez adentro.

Su voz era serena, pero no blanda. No prometía sin medir las consecuencias, ni adornaba lo que ofrecía. Cada palabra parecía elegida con precisión, como si ya hubiera considerado todas las variables antes de hablar.

Asael no respondió de inmediato. Observó a Vera, luego a las figuras que la acompañaban, y finalmente dejó que su mirada regresara a Amelie por un breve instante, como si buscara en ella una confirmación silenciosa. No la encontró como una señal explícita, pero sí como una presencia firme, suficiente para sostener lo que estaba ocurriendo.

—Pero no pretendo mentirte sobre nuestro objetivo —añadió Vera, deteniéndose a una distancia prudente—. Queremos la caída del rey.

La frase no fue pronunciada con odio ni con dramatismo. Fue directa.

Inevitable.

Asael sintió cómo algo se tensaba dentro de él, no por sorpresa, sino por la claridad con la que aquello que ya intuía tomaba forma definitiva.

—¿Caída en qué sentido? —preguntó, alzando ligeramente una ceja, no como gesto de desafío, sino como una necesidad genuina de precisión.

No necesitaba rodeos.

Y no los hubo.

—Queremos matar al rey —intervino Circle desde la puerta, adelantándose apenas, con una naturalidad que hacía aún más contundente la afirmación.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí suficiente para que el peso de esas palabras se asentara.

Asael tragó saliva, sintiendo cómo la realidad se reordenaba una vez más frente a él. No era la primera vez que escuchaba algo así en ese día, pero eso no lo hacía más fácil de aceptar. Cuatro reyes le habían ofrecido lo mismo horas antes, envuelto en acuerdos y beneficios, y ahora las brujas, desde un lugar completamente distinto, llegaban a una conclusión similar por motivos que no tenían nada que ver con tratados ni comercio.

¿Cuántos enemigos podía tener su padre?

La pregunta no necesitaba respuesta inmediata.

Estaba empezando a verla por sí mismo.

Y, lo que resultaba más inquietante, comenzaba a comprenderlos.

No de forma total, no justificándolo todo, pero sí lo suficiente como para que el rechazo automático ya no fuera posible. Las brujas no hablaban desde la ambición, sino desde la memoria. Habían sido perseguidas, ejecutadas, obligadas a abandonar el lugar donde alguna vez habían sido aceptadas. Habían sido reducidas a la sombra del bosque por una decisión que no parecía haber tenido vuelta atrás.

Por una decisión de su padre.

Asael bajó la mirada un instante, permitiéndose ese pequeño espacio de introspección antes de volver a alzarla. No podía ignorar lo que había escuchado. No podía fingir que nada de eso tenía fundamento.

Pero tampoco podía aceptar sin más lo que le proponían.

En sus planes, la idea de asesinar a su padre no existía.

No había lugar para eso.

No todavía.

—Entiendo sus motivos —dijo finalmente, con una calma que le costó sostener, pero que logró mantener—. Y no voy a fingir que no los comprendo.

No era una concesión.

Era una verdad.

—Pero yo no vine aquí para eso.

La frase no fue dura, pero sí firme.

—Necesito llegar al castillo antes de que alguien más lo haga —continuó, dejando que la urgencia tomara forma en sus palabras—. Si lo matan esta noche, no habrá nada que explicar, nada que reparar.

Su mirada se endureció apenas, no contra ellas, sino contra la situación misma.

—No busco protegerlo de las consecuencias de lo que hizo —añadió—, pero sí evitar que todo termine de la peor forma posible.

El silencio volvió a instalarse, distinto esta vez.

Más denso.

Asael dio un paso hacia Vera, no como gesto de confrontación, sino de decisión.

—No tengo otra forma de llegar a tiempo —concluyó—. Así que, si su ayuda sigue en pie... la aceptaré.

La propuesta estaba hecha.

Pero las condiciones, aunque no dichas en su totalidad, comenzaban a delinearse por sí solas.

Y, por primera vez desde que había salido del castillo, Asael no estaba reaccionando a lo que ocurría.

Estaba eligiendo.

—¿Y los guardias de la entrada? —preguntó Asael, y esta vez no hubo duda en su tono. Sus ojos, firmes, reflejaban una determinación que no había estado presente horas atrás, cuando aún caminaba sin comprender del todo el mundo que lo rodeaba.

La pregunta no era menor. El castillo no solo era su hogar, también era una fortaleza, un lugar donde cada acceso estaba vigilado, donde cada movimiento era observado. Entrar sin ser visto no era una tarea sencilla, y mucho menos en las condiciones en las que se encontraba ahora.




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