Hubo, hace mucho tiempo, un niño muy pequeño. Su nombre era Asael, príncipe de un reino que aún no comprendía, heredero de un mundo que todavía no le pertenecía más que en nombre. Tenía apenas cinco veranos de vida cuando una pesadilla se instaló en su mente con una fuerza que no parecía propia de un niño, como si algo ajeno, algo más antiguo que él, hubiese decidido abrirse paso en sus sueños.
No fue una imagen difusa ni un temor pasajero.
Fue una escena clara.
Persistente.
Demasiado real.
En ese sueño, el cielo no era un refugio, sino una amenaza. Una tormenta violenta se desataba sobre su cabeza, oscureciendo todo lo que alcanzaba a ver, como si el mundo entero hubiese sido cubierto por un manto de nubes cargadas de furia. Los relámpagos cortaban el cielo con una precisión inquietante, iluminando por breves instantes la inmensidad del mar que lo rodeaba, y cada trueno que los seguía no era solo un sonido, sino una presencia, una advertencia que parecía dirigida únicamente a él.
El reino de Asael, su reino, era golpeado sin piedad por aquella tormenta, como si la naturaleza misma hubiese decidido rebelarse contra él.
Y él estaba en medio de todo eso.
Solo.
El niño se encontraba en el mar, rodeado por olas que no se comportaban como agua, sino como criaturas vivas, cambiantes, decididas a arrastrarlo hacia un destino del que no podía escapar. Cada una de ellas se alzaba con violencia, elevándose por encima de su pequeña figura antes de caer con fuerza, empujándolo, hundiéndolo, desorientándolo.
Intentaba nadar.
Lo hacía con todas sus fuerzas, con esa determinación torpe pero intensa que solo un niño puede tener cuando no comprende del todo el peligro, pero sí siente su presencia. Sus brazos pequeños se movían con desesperación, cortando el agua una y otra vez, buscando avanzar, buscando acercarse a la costa que apenas lograba distinguir entre la lluvia y la oscuridad.
Allí, a lo lejos, la arena parecía una promesa.
Un lugar firme.
Un final posible.
Pero no importaba cuánto lo intentara.
No importaba cuánta fuerza pusiera en cada movimiento.
Algo no encajaba.
Porque cada vez que creía haber avanzado, cada vez que sentía que el esfuerzo lo acercaba un poco más, la distancia parecía aumentar. Como si el mar se extendiera ante él en lugar de retroceder. Como si una fuerza invisible, silenciosa, lo empujara hacia atrás sin tocarlo realmente.
Era una lucha desigual.
Y el niño lo sentía, aunque no pudiera nombrarlo.
Las olas no solo lo golpeaban, también lo cegaban. El agua salada se mezclaba con la lluvia, dificultándole abrir los ojos, obligándolo a confiar en una dirección que apenas podía mantener. A veces, en medio de los relámpagos, lograba ver algo más allá de la costa: las rocas.
Altas.
Puntiagudas.
Se alzaban como dientes afilados frente al castillo, formando una barrera natural que protegía, pero que también amenazaba. El mar no solo intentaba arrastrarlo hacia su profundidad, sino también empujarlo contra esas rocas, como si cualquiera de los dos destinos fuera igualmente inevitable.
Asael seguía nadando.
No porque creyera que iba a lograrlo, sino porque no sabía hacer otra cosa.
Porque detenerse significaba hundirse.
Porque rendirse no era una opción que su mente pudiera contemplar.
Y, sin embargo, había algo más.
Una sensación.
Una certeza que no provenía de lo que veía, sino de lo que sentía.
Como si no estuviera solo en esa lucha.
Como si algo, o alguien, lo estuviera observando desde algún punto que no podía identificar. No era una presencia visible, ni una figura clara entre la tormenta. Era más bien una conciencia, una mirada que no necesitaba ojos para hacerse notar.
No era ayuda.
Pero tampoco indiferencia.
Era algo distinto.
Algo que lo mantenía en ese lugar, en ese esfuerzo interminable, sin permitirle avanzar, pero tampoco dejándolo caer del todo.
Sus brazos comenzaron a doler.
El cansancio se instaló en su cuerpo con una rapidez que no correspondía a su edad, como si el sueño mismo exigiera más de lo que podía dar. Cada movimiento se volvió más pesado, más lento, menos efectivo. El agua ya no respondía igual, y su respiración, entrecortada, se volvía cada vez más difícil de sostener.
Aun así, siguió intentando.
Siguió nadando hacia una costa que parecía retroceder con cada esfuerzo.
Siguió luchando contra un mar que no se comportaba como debería.
Siguió avanzando en un lugar donde avanzar no era posible.
Y, en algún punto, incluso sin entenderlo, comenzó a sentir que aquella tormenta no era solo un escenario.
Era un mensaje.
Uno que, en ese momento, era demasiado pronto para comprender.
Entonces la vio.
Entre la violencia del mar y la confusión de la tormenta, en ese límite inestable entre lo que podía percibir y lo que apenas lograba imaginar, apareció una silueta en la playa. No fue un destello ni una forma difusa, sino una presencia clara, definida contra el fondo gris del cielo y la arena oscurecida por la lluvia. Era una mujer delgada, de cabello castaño, envuelta en un vestido que el viento agitaba con insistencia, como si también él intentara arrancarla de ese lugar.
No debería haber podido reconocerla.
No a esa distancia.
No en medio de esa oscuridad.
Y, sin embargo, algo en su mente, algo que no dependía de la lógica ni de la memoria consciente, le dijo con una certeza absoluta que esa mujer era su madre.
La mujer extendía los brazos hacia él, abierta, firme, como si lo estuviera esperando desde antes de que el sueño comenzara. Su expresión, aunque lejana, transmitía una calma que no correspondía al caos que la rodeaba. La tormenta azotaba la costa con la misma violencia con la que lo empujaba a él en el mar, y aun así, ella no parecía afectada por ello. No se protegía, no retrocedía, no dudaba.
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Editado: 10.08.2026