Matar Al Rey

Capítulo 12

Nunca había visto el castillo desde el bosque.

Esa certeza lo golpeó con una intensidad inesperada en cuanto los árboles comenzaron a abrirse lo suficiente como para dejarle ver la silueta que había sido, durante toda su vida, el centro de su mundo. Desde las ventanas de sus aposentos, desde los jardines cuidados, desde las calles principales donde se le permitía caminar, el castillo siempre había sido una presencia cercana, casi obvia, algo que no necesitaba ser observado con detenimiento porque simplemente estaba allí.

Pero desde el bosque... era distinto.

La estructura de piedra se alzaba imponente contra la oscuridad de la noche, recortada con claridad bajo un cielo que ya amenazaba tormenta, pero que conservaba ese tono profundo que hacía que todo pareciera más lejano, más silencioso. Las torres se elevaban como guardianes inmóviles, y las pequeñas ventanas, iluminadas desde dentro, parecían ojos dispersos en la fachada, como si el castillo mismo estuviera despierto, atento, vigilante.

Era precioso.

Y, al mismo tiempo, distante.

Por primera vez, Asael no lo vio como su hogar.

Lo vio como algo ajeno.

—Mira, allí está la entrada de los criados —mencionó Vera en voz baja, señalando hacia un punto más discreto de la estructura, donde una puerta lateral rompía la continuidad de los muros principales.

La vela que había guiado su camino durante todo el trayecto había sido apagada metros atrás, antes de que el bosque se abriera por completo. Ahora, la única luz que los alcanzaba era la del propio castillo, filtrándose a través de las ventanas y proyectando sombras largas e irregulares sobre el suelo.

Asael entrecerró los ojos, acostumbrándose a distinguir las formas sin ayuda directa. Reconoció la entrada de inmediato. Era un acceso secundario, utilizado por el servicio, menos vigilado que las puertas principales, pero no por ello desprotegido.

—¿Cómo entraremos con el guardia allí? —preguntó, manteniendo la voz baja—. No hay cambio de guardia hasta el amanecer.

No era una suposición.

Era información.

Conocía los turnos.

Conocía los hábitos.

Y sabía que ese detalle jugaba en su contra.

—Síganme —pidió Vera, sin mostrar preocupación.

No hubo discusión.

El grupo avanzó con cuidado, desplazándose entre sombras, utilizando cada irregularidad del terreno como cobertura. No corrían, no se apresuraban de forma torpe; se movían con una precisión que no parecía improvisada, como si cada paso hubiese sido practicado muchas veces antes, aunque Asael sabía que no era así.

Se detuvieron a una distancia prudente de la entrada.

El guardia permanecía en su puesto, erguido, con la lanza apoyada a un lado, observando el entorno con una atención que, en ese momento, parecía suficiente.

Hasta que dejó de serlo.

Vera levantó una mano, y en un gesto que Asael no alcanzó a comprender del todo, una pequeña luz comenzó a formarse frente a sus dedos. No fue un destello abrupto ni una llama como la de una vela, sino algo más suave, más orgánico, como si hubiese tomado la forma de una luciérnaga, pero con una intensidad mayor, suficiente para destacar en la oscuridad.

La luz flotó unos segundos, casi inmóvil.

Luego se desplazó.

El guardia la vio de inmediato.

Era imposible no hacerlo.

Su postura cambió apenas, inclinándose hacia adelante con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Dio un paso hacia un costado, luego otro, alejándose lo suficiente de su posición original como para observar mejor aquello que no encajaba con lo que esperaba ver.

Fue suficiente.

Vera se movió.

No hubo advertencia ni preparación visible. Su cuerpo reaccionó con una velocidad que Asael no habría creído posible, atravesando la distancia que los separaba en cuestión de segundos. El objeto que llevaba en la mano, el soporte de una de las velas de la entrada, se convirtió en un arma improvisada que descendió con fuerza precisa.

El impacto fue seco.

Controlado.

El guardia cayó al suelo sin emitir más que un sonido breve, inconsciente antes de poder comprender lo que había ocurrido.

El silencio regresó casi de inmediato, como si nada hubiera interrumpido la quietud del lugar.

Asael observó la escena con atención, registrando cada detalle sin perder la compostura, pero tomando nota de forma casi automática. La facilidad con la que habían neutralizado al guardia no le pasó desapercibida, y una idea se instaló en su mente con la claridad de algo que no podía ignorar.

La seguridad del castillo era insuficiente.

Y él lo sabía.

—Ustedes tres quédense aquí para ayudarnos a salir —ordenó Vera, señalando a tres de las brujas que la acompañaban.

No hubo objeciones. Las elegidas asintieron y tomaron posiciones cercanas a la entrada, preparadas para cubrir la retirada si era necesario.

El resto avanzó.

Eran aproximadamente diez, contando a Asael y Amelie, y el grupo se deslizó hacia el interior del castillo con una coordinación que comenzaba a resultar inquietante en su eficacia.

Al cruzar el umbral, el aire cambió.

El olor, la temperatura, incluso el sonido.

Todo le resultaba familiar.

Y, sin embargo, no lo sentía igual.

Asael tomó la delantera de forma natural. No necesitaba indicaciones dentro de esos muros. Conocía cada pasillo, cada giro, cada atajo que no aparecía en los recorridos habituales. Avanzó con rapidez, pero sin descuidar el sigilo, consciente de que cualquier error podía delatarlos.

Las brujas lo seguían sin cuestionar, confiando en su guía con la misma naturalidad con la que habían confiado en Vera en el bosque.

El castillo, que durante años había sido su refugio, ahora se convertía en un territorio incierto.

Y no tardó en confirmarlo.

Al girar por uno de los corredores principales, Asael se detuvo apenas, lo suficiente para observar sin ser visto. A unos metros de distancia, dos figuras custodiaban una intersección que debería haber estado ocupada por guardias de su propio reino.




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