Asael asintió casi de forma automática, sin detenerse a analizar del todo las palabras de Vera, sin saber con certeza si aquello había sido un pedido cargado de confianza o una advertencia disfrazada de expectativa. En ese momento, la diferencia dejaba de importar. No había tiempo para interpretaciones finas ni para dudas prolongadas, solo para actuar.
Apretó la mano de Amelie con más fuerza y tiró de ella, marcando el camino sin necesidad de decir una sola palabra. Ambos comenzaron a subir las escaleras con rapidez, sus pasos resonando con fuerza sobre los escalones de piedra. El aire parecía más denso allí dentro, como si el castillo mismo se hubiese vuelto consciente de su presencia.
Al llegar al nivel superior, el movimiento se detuvo de golpe.
Dos guardias los esperaban.
No hubo advertencia previa, ni margen para esquivar el encuentro. Estaban allí, firmes, ocupando el paso, como si hubiesen sido colocados exactamente en ese punto para interceptarlos. La reacción fue inmediata, casi instintiva. Uno de ellos avanzó hacia Asael y lo sujetó del brazo con una fuerza que no dejaba espacio para dudas sobre su intención.
El contacto fue brusco.
Real.
Asael sintió la presión en su brazo y, por un segundo, algo dentro de él dudó. No por miedo, sino por el peso de lo que estaba a punto de hacer. Aquellos hombres llevaban el uniforme de su castillo, aunque no fueran leales a él, y aun así, el conflicto no desaparecía del todo.
Pero no era el momento.
No podía serlo.
Forcejeó.
No con técnica refinada ni con la precisión de un soldado entrenado, sino con una mezcla de impulso, desesperación y una determinación que no había tenido necesidad de usar hasta ese día. El movimiento fue torpe, pero efectivo. Aprovechó el desequilibrio momentáneo del guardia, giró con fuerza y empujó, utilizando el propio impulso del hombre en su contra.
El resultado fue inmediato.
El guardia perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, su cuerpo golpeando la barandilla antes de desaparecer por encima de ella. El sonido de la caída se perdió en el vacío de la escalera, seguido por un impacto seco que Asael no quiso imaginar en detalle.
No era momento de detenerse.
No era momento de sentir culpa.
No ahora.
Giró apenas el rostro, buscando a Amelie, y la encontró luchando con el segundo guardia, cuyos movimientos eran más controlados, más insistentes. No había tiempo para evaluar la situación con calma. Asael reaccionó con lo primero que tuvo a su alcance.
Un portavelas de pie.
Lo tomó sin pensar demasiado, sintiendo el peso del metal en sus manos, y lo levantó con una fuerza que no sabía que tenía. El golpe fue directo, contundente, y el sonido que produjo al impactar contra el guardia resonó con una claridad que dejó poco lugar a dudas sobre su efecto.
El hombre cayó.
Inconsciente.
Amelie se liberó de inmediato, retrocediendo un paso mientras recuperaba el equilibrio, y Asael, aún con el objeto en la mano, dejó que el aire volviera a llenar sus pulmones por un breve instante.
Los aprendizajes de Vera.
La idea cruzó su mente con una rapidez sorprendente.
No había sido casualidad.
No del todo.
Pero tampoco había tiempo para detenerse en eso.
Se miraron apenas un segundo, suficiente para confirmar que ambos seguían allí, y luego continuaron.
El pasillo que se extendía frente a ellos era largo, iluminado por antorchas que proyectaban sombras irregulares sobre las paredes. Asael lo conocía bien. Sabía a dónde conducía, sabía qué puertas lo atravesaban, sabía cuál era su destino.
Pero también sabía que no estaban solos.
Los pasos detrás de ellos no se habían detenido.
Se acercaban.
Cada vez más.
El sonido de la persecución se volvía más claro, más cercano, marcando un ritmo que no podían ignorar. No importaba cuán rápido corrieran, la distancia no parecía suficiente para garantizar una ventaja real.
Y entonces, Amelie habló.
—Ve, yo te cubro.
Su voz no tembló.
No hubo duda en su tono.
Asael redujo la velocidad por un instante, lo suficiente para mirarla, para intentar encontrar en su expresión algún indicio de incertidumbre que le permitiera negarse, que le diera una excusa para no separarse.
Pero no lo encontró.
Había confianza.
Determinación.
Y algo más difícil de definir, algo que no necesitaba palabras.
Dudó.
Solo un momento.
El suficiente para sentir el peso de la decisión.
Asintió apenas, como si ese gesto bastara para aceptar lo que implicaba dejarla atrás, y luego volvió a correr, esta vez solo, impulsado por una urgencia que ya no tenía espacio para dividirse.
El pasillo parecía alargarse frente a él, como si la distancia entre él y su objetivo se resistiera a acortarse. Sus pasos golpeaban el suelo con fuerza, su respiración se volvía más pesada, pero no se detuvo.
Y entonces lo escuchó.
El mismo sonido.
Ese destello contenido en un instante.
No lo vio pero lo reconoció.
Era el mismo que había atravesado el aire cuando Circle había hecho caer a los guardias en el piso inferior. No había duda. La magia se abría paso una vez más, detrás de él, en el lugar donde Amelie se había quedado.
Una parte de él quiso detenerse.
Volver.
Ver.
Entender.
Porque, por más que lo negara, había algo en esa idea que lo atraía, que despertaba una curiosidad que no lograba ignorar por completo.
Pero la otra parte...
La que había crecido en ese mismo castillo.
La que conocía lo que estaba en juego.
Sabía que no podía hacerlo.
Su única opción estaba adelante.
Y no podía fallar.
La puerta de madera se alzaba frente a él, imponente, cerrada, marcando el final de ese corredor y el inicio de algo que aún no sabía cómo enfrentar.
No se detuvo porque ya no había nada que lo hiciera retroceder.
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Editado: 31.08.2026