Capítulo 1 – El primer desliz
Valentina di Rossa nunca había creído en las aplicaciones de citas. Para ella eran vitrinas digitales donde la gente se disfrazaba de lo que no era: héroes de gimnasio con abdominales filtrados, poetas improvisados con frases copiadas, empresarios de cartón con relojes prestados, románticos sin corazón.
Sin embargo, aquella tarde, mientras el sol descendía en un naranja espeso sobre los ventanales de su apartamento —en la torre más exclusiva de la ciudad— y el aire acondicionado murmuraba con un zumbido constante, decidió abrir una cuenta. No por fe en el amor, sino por pura curiosidad.
—Un experimento sociológico —se dijo, ajustando la pulsera de oro en su muñeca; el metal frío le rozó la piel—. Nada más.
¿Curiosidad? ¿El anonimato que le ofrecía? ¿O todas las anteriores?
Creó un perfil casi por desafío.
Alias: Scarlet V.
El nombre le supo a vino tinto y peligro. Llenó los demás campos con una mezcla calculada de mentiras y verdades. Dudó antes de confirmar; su dedo flotó sobre la pantalla brillante unos segundos más de lo necesario. Finalmente, presionó.
La aplicación tardó unos instantes en hacer su “magia”. El círculo de carga giró con una lentitud irritante. Luego, casi de inmediato, aparecieron varias sugerencias… y un solo “match”.
Rodó los ojos.
—Claro. Mi alma gemela en diez segundos —murmuró con escepticismo.
Aun así, sonrió apenas al leer la descripción del perfil de su supuesta media naranja.
Al otro lado de la ciudad, Braulio Montclair, heredero de una de las familias más influyentes del país, estaba harto. El aroma ahumado del whisky le quemaba suavemente la garganta mientras sostenía el vaso entre los dedos. Había pasado meses en aquella misma aplicación, respondiendo a mensajes que parecían escritos con la misma plantilla insípida: “Hola, ¿qué tal?” o “Me encanta viajar”.
Esa tarde, con el ceño fruncido y la corbata ligeramente aflojada, decidió que era el momento de cerrar su cuenta.
—Se acabó el circo —murmuró, deslizando el pulgar por la pantalla hasta el botón de configuración.
Había abierto la cuenta en un momento de rebeldía silenciosa. Para él, las aplicaciones eran superficiales y predecibles, una pérdida de tiempo. Sin embargo, allí estaba.
Iba a cerrar sesión cuando apareció una notificación.
“Match.”
El destino —caprichoso y con un sentido del humor retorcido— cruzó sus caminos en ese preciso instante.
La pantalla de Valentina mostró un perfil con un alias enigmático: MontBlaze. Ella arqueó una ceja. La luz del atardecer le delineó el gesto afilado.
—Vaya, alguien con pretensiones de superhéroe —pensó, divertida.
Braulio, por su parte, recibió la notificación: Nuevo perfil: Scarlet V.
El nombre le arrancó una sonrisa ladeada.
—Seguro es otra aspirante a femme fatale —se dijo, aunque algo en ese alias le dejó un leve cosquilleo de intriga bajo la piel.
El primer mensaje fue breve, casi accidental.
—Hola —escribió ella, sin pensarlo demasiado.
El sonido sutil del teclado virtual fue el único testigo.
Braulio dudó. El hielo tintineó contra el cristal cuando dejó el vaso sobre la mesa. Estaba a segundos de borrar todo… pero respondió.
—Hola. Justo estaba a punto de irme de aquí.
Valentina rio en silencio; el sonido apenas vibró en su garganta.
“Qué dramático”, pensó.
—¿Y por qué? —preguntó, dejando caer la ironía como un anzuelo.
—Porque no es lo que esperaba y más de la mitad miente —contestó él—. Aunque admito que tu alias me hizo quedarme un minuto más.
Ella sintió un cosquilleo inesperado, un calor leve que le subió por el pecho. No era común que alguien la hiciera sonreír con tan pocas palabras.
“Scarlet V”, pensó él. Tiene algo de misterio… algo de fuego.
“MontBlaze”, pensó ella. Suena arrogante, pero… interesante.
Mientras intercambiaban frases ligeras, ambos ocultaban pensamientos más profundos.
Valentina, escéptica, se repetía que no debía confiar en nadie detrás de una pantalla. Aun así, sus dedos regresaban al teclado con una rapidez casi ansiosa.
Braulio, cansado, se decía que no valía la pena ilusionarse. Sin embargo, el silencio entre mensaje y mensaje comenzaba a pesarle más de lo que quería admitir.
Cada palabra escrita abría una grieta diminuta en sus convicciones.
El algoritmo, como un dios travieso, los empujaba a seguir.
—¿Qué te gusta hacer? —preguntó ella.
—Escapar —respondió él, con humor seco.
Ella rio; el sonido fue más libre esta vez.