Match Perfecto

Capítulo 2

Capítulo 2 – El botón que nunca se pulsa

Braulio Montclair tenía el dedo suspendido sobre la opción de “Eliminar cuenta”. El botón rojo brillaba como una advertencia silenciosa en la penumbra de su estudio. Era un gesto simple: un clic, un adiós definitivo, la puerta cerrándose sin ruido. El whisky aún tibio en su mano desprendía un aroma ahumado que se mezclaba con el cuero del sillón y la noche filtrándose por los ventanales.

Pero algo lo detuvo.

No fue la pereza. Tampoco el alcohol. Fue una línea.

“Me alegra que no te hayas ido todavía.”

La había leído unos segundos antes. Scarlet V. Lo había escrito con naturalidad, sin adornos ni coqueteos evidentes. No era un halago ensayado ni una frase diseñada para atrapar. Era sencilla. Honesta. Y, por eso mismo, se sintió indefenso.

—Ridículo —murmuró, ladeando la sonrisa—. ¿Desde cuándo me afectan frases tan triviales?

Sin embargo, el dedo no descendió.

Lejos de ahí, Valentina di Rossa se recostaba en su sillón de terciopelo verde. El tejido suave rozaba la piel desnuda de sus piernas mientras hacía girar lentamente la copa de vino; el líquido escarlata dibujaba un círculo hipnótico. Estaba convencida de que “MontBlaze” no duraría mucho. Había algo en su tono que olía a despedida, a hombre cansado del ruido y de las máscaras.

Y, curiosamente, eso lo volvía más interesante.

“Por fin alguien que no parece desesperado”, pensó.

El teléfono vibró apenas entre sus dedos.

—¿Qué haces aquí todavía? —escribió.

Braulio dejó el vaso sobre la mesa; el hielo tintineó con un sonido seco.

—Estoy esperando que el sistema me dé una señal para irme.

Valentina arqueó una ceja. Una sonrisa lenta se dibujó en su boca.

—¿Y si la señal soy yo?

Él soltó una carcajada breve, genuina. La primera en semanas frente a una pantalla.

—Entonces tendré que quedarme.

El botón rojo siguió allí, ignorado.

Valentina no se detuvo.

—Entonces tomaré el crédito de que te quedas porque te gusta conversar… o porque te gusta el anonimato, como a mí.

Braulio sonrió otra vez. Dos veces en la misma noche era una hazaña.

—¿Por eso no tienes una foto real en tu perfil? —preguntó.

Valentina miró su avatar de cabello morado y delineado imposible.

—Te equivocas. Mi avatar es igual a mí.

—Dudo que tengas el cabello morado.

Ella soltó una risa suave, casi felina.

—Soy rebelde. Pero tú… no creo que seas “Mr. Músculo”.

Braulio apoyó la espalda en el sillón, divertido.

—Soy devoto del gym.

Escribió, borró, volvió a escribir.

—El morado es mi color favorito.

Valentina hizo una mueca.

—No me gusta la hipertrofia muscular.

—Ya entendí.

Hubo una pausa breve. Una respiración contenida a través de kilómetros de cables invisibles.

—Soy más del tipo que desarrolla el músculo cerebral —añadió ella.

Braulio observó la frase unos segundos. Sintió ese cosquilleo extraño, como si alguien hubiera golpeado suavemente una puerta que creía sellada.

No cerró la cuenta.

Valentina tampoco la borró. Ella leyó la última notificación y, contra toda lógica, sonrió. El experimento sociológico empezaba a perder su neutralidad académica.

La pantalla se iluminó con una notificación nueva, más brillante que las anteriores.

“Match perfecto”. El juego apenas comenzaba.




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